Prepararse para la muerte

JAIROaLARCO

Jairo Alarcón Rodas

Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡Vive, vive, vive!. Era la muerte.

Jaime Sabines

Algunas culturas y civilizaciones han considerado y consideran que la vida es una preparación para la muerte, de modo que resaltan, en cierta forma, la trascendencia hacia la muerte como lo más relevante en la existencia humana. Luego, ello significa que la muerte es la graduación, el despertar o la puerta de entrada hacia la verdadera dimensión de la existencia. Por lo que, más allá de la vida, hay algo mucho más valioso de lo que el vivir en este mundo representa.

La muerte, en este caso, resulta ser un premio para aquellos que han sabido conducirse en la vida, es una prueba para determinar si son merecedores de una estancia plena en la eternidad. Sin embargo, tal suposición esconde una sutil o clara muestra de dominación por parte de aquellos que esclavizan en la vida, bajo la promesa de un paraíso tras la muerte.

Para Ludwig Feuerbach, la creencia en la vida celestial es una creencia en la inutilidad e insignificancia de esta vida. De ahí que sectores interesados ofrecen la gloria eterna a cambio de un infierno en esta vida. Eso es lo que hacen creer la mayoría de las religiones, desvirtuando con ello el valor que se le debe otorgar a la vida.

El idealismo, al dividir la realidad en dos principios independientes: uno material y sensible, y otro espiritual e inteligible, en donde este último (las ideas, la razón o el alma) tiene la primacía, le da, hasta cierto punto,un valor secundario a la corporeidad humana, relacionada con la materia. Dentro de tal planteamiento, se puede corromper la materia, es decir, el cuerpo, mas no el espíritu. De ahí el valor significativo del alma sobre lo corpóreo en la naturaleza humana, dentro de su visión de la realidad.

Pero es innegable que el ser y el estar en la vida, para todo ser vivo,  cobra sentido a través de su corporeidad, es ese el vehículo que les permite tomar y aportar de su entorno y, en el caso de los seres humanos, disfrutar y padecer los acontecimientos que, para estos, no se limita a lo estrictamente biológico.

Sobre ese criterio, también se parte de la opinión de que, en la existencia humana, pervive un dualismo del que toda persona está constituida, es decir, por dos sustancias fundamentalmente distintas e independientes: el cuerpo (físico y material) y la mente o el alma (inmaterial y pensante). Aspectos de distinta naturaleza, de calidades diferentes, las que, al unirse, patentizan lo que es la existencia humana.

Curiosamente, para los sumerios, la muerte era un tránsito inevitable hacia una existencia sombría, gris y sin alegría en el inframundo, por lo que revalorizar la vida, para ellos, era de esencial importancia. Para estos, al no existir un «cielo» o una recompensa idílica en el más allá, el único momento para ser feliz, prosperar y disfrutar era el presente.

En cambio, la muerte, para los habitantes del antiguo Egipto, significaba el transitar y el comienzo de un viaje hacia la vida eterna, en el que se debían sortear toda una serie de obstáculos, a partir de toda una serie de conjuros y estratagemas, a partir de las cuales se podía eludir la muerte.

Los órficos y el budismo compartían la idea de un ciclo infinito de renacimientos, rechazando el criterio de otras culturas que la muerte consistía un paso hacia un juicio final, los órficos pensaban en la metemsicosis, la transmigración de las almas. Para ellos, la muerte es solo una separación temporal; el alma está condenada a reencarnar repetidamente en diferentes cuerpos, transmigración que debía hacerse como un proceso de expiación y purificación necesario, originado por una culpa u origen criminal ancestral.

Para los órficos, al igual que para la religión judeocristiana, existe un pecado original que debe ser expiado. En el caso de los órficos, todo se debió a que el dios infantil Dionisio fue devorado por los titanes y Zeus, para vengarse, los fulminó con sus rayos divinos y de la mezcla de la tierra con las cenizas de los titanes surgieron los seres humanos quienes poseen un naturaleza dual y traen consigo el pecado original.

La parte titánica, el cuerpo, es la materia densa, soberbia, violenta y rebelde que arrastra el «crimen de sangre» original por haber asesinado y consumido a un dios. La parte dionisíaca (el alma), es una chispa divina e inmortal, contenida en el cuerpo, porque los Titanes asimilaron la carne de Dioniso antes de ser destruidos. Es por lo que la humanidad, según los órficos, está condenada a reencarnar continuamente hasta lograr la purificación total (katharsis) y el perdón divino, rompiendo para siempre el ciclo de la transmigración de las almas.

En tanto, los budistas consideraban que todo ser atrapado en la ignorancia está sujeto al Samsara, el ciclo infinito de muerte y renacimiento. Entendiendo, en este caso, la ignorancia como una errónea interpretación sobre la verdadera naturaleza de la realidad y del yo, de ahí la importancia de adquirir la sabiduría.

El judaísmo y el cristianismo ven la muerte como una transición del alma, pero difieren en sus detalles sobre el juicio y el destino final. Por ejemplo, para el cristianismo, el Mesías vino a redimir el pecado original de la humanidad, por lo que el juicio final, en el que Jesucristo juzgará a toda la humanidad y decidirá el destino eterno de cada persona consistirá en juzgar a cada persona, a partir de las obras, las palabras, los pensamientos y el amor manifestado hacia el prójimo y hacia el mismo Dios.

En todas esas enseñanzas, mitos y tradiciones culturales, el paso por la vida es una preparación para la muerte, en donde se espera una trascendencia mayor del espíritu. Pero, por qué tiene que ser así, por qué se le considera al cuerpo, que es el vehículo de la existencia de todo ser humano por la vida,  algo denigrante y, al igual que Pitágoras enseñaba, constituye una cárcel para el alma. La vida, la existencia misma de todo ser humano, no tendría sentido sin un cuerpo acorde a lo que demanda su circunstancia, por lo que la vida sin corporeidad no tiene sentido.

Resulta entonces que, según tal criterio, el cuerpo es un medio para enmendar los pecados del alma: La vida terrenal y corpórea funciona como un lugar de castigo y purificación donde el alma paga por culpas. La vida, en consecuencia, es el lugar de castigo para las almas que han cometido alguna falta. Todas esas creencias le han dado un valor insignificante a la vida, han desvalorizado lo que esta representa.

Será, acaso, que la vida es solamente un accidente biológico que ha dado por resultado a la especie que, tras un largo proceso evolutivo, se ha consolidado como un ser racionalmente dotado, hasta adquirir conciencia de su existencia, producto del largo y azaroso trayecto que Darwin llamó la selección natural de las especies.  

Por lo que la vida surge en el planeta tras un proceso en el que de lo inorgánico irrumpió lo orgánico, a partir de la llamada nucleosíntesis estelar, la que determinó el surgimiento de la vida, en el que de los entes inanimados surgieran los seres animados: las plantas, los animales y, dentro de estos, el homo sapiens.

Por lo que preguntarse, con asombro e incredulidad, sobre la muerte resulta ser una elucubración de la soberbia humana, bajo el estricto criterio biologicista de la vida, mas no para la visión existencial, que señala que la muerte no es un simple suceso biológico final, sino la condición absoluta que define y da verdadero sentido a la existencia humana yde lo que eso representa para la vida.

El biólogo Jean Rostand decía que la vida es a la vez un fascinante misterio biológico y una gran aventura llena de fragilidad. Una gran aventura que embarca a los seres vivos y, en particular a los humanos, por rutas de inimaginables destellos y fascinantes y trágicos eventos de asombro, angustia, dolor y felicidad, cuya meta final es la muerte. La vida de los seres humanos es, por lo tanto, un continuo enfrentamiento a los avatares que se les presentan, es un ir y venir en el que las contingencias los fortalecen o los destruyen.

Algunos piensan que el sentido de la vida es el sentido en la vida, revalorizar los momentos existenciales, potencializar cada instante vivido y por vivir, que cobra más valor con la cercanía de la muerte. El filósofo Friedrich Nietzche entendía la vida como una fuerza creadora y terrenal que debe afirmarse de manera radical, aceptando tanto el dolor como la alegría sin buscar coartadas en mundos trascendentes. Se infiere de ahí que para él no hay más vida que la vivida. De modo que la tarea del ser humano es concentrarse plenamente en el presente y en la tierra.

Algunos tienen sombríos momentos durante su existencia, los que en la dialéctica de sus vidas ceden para dar paso a otras vivencias que les dan encanto y resplandor a sus vidas, otros, por el contrario, esos tristes momentos son la extensión de toda su vida, son personas que han tenido una tormentosa existencia, de muy escasos instantes de satisfacción, para los que el existir es más que una pesadilla.

Pero, ¿cómo hacer de la propia vida, en el vivir viviendo, una estancia plena en un mundo muchas veces adverso y desagradable? El control de las pasiones es un buen comienzo, seguido de la sabiduría. Al revalorizar la vida, al darle su justo valor, el respeto a todo ser viviente marcará el ascenso al sentido en la vida. Bertrand Russell, dentro de sus innumerables y lúcidas declaraciones, decía: una vida plena y buena debe estar inspirada por el amor y guiada por el conocimiento.

Sentimientos nobles y el inquietante deseo por conocer abren mundos en este mundo y, con ello, gratas satisfacciones para el espíritu y el intelecto que le dan sentido a la vida. Decía el poeta Dilan Thomas: Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor. Y la muerte perderá su dominio y la vida también tendrá un hálito de fulgor para aquellos que la viven plenamente.

Qué es, entonces, prepararse para la muerte, ¿cómo hacerlo en vida? Es vivir la vida plena con nuevas intenciones y miradas, ya que son nuevas realidades, nuevos colores y matices que surgen en una explosión constante a cada instante y, simultáneamente, ante los ojos del aquel que se detiene a mirar con ojos atentos el resplandor de cada día, de aquel que no solo se recrea con el fascinante mundo de los vivos, sino que lo vive intensamente. Y como dijo Albert Camus: ¿Qué importaba si había vivido dos o veinte años? La felicidad residía en el hecho de que hubiera existido.”

Los recuerdos quedan, las vivencias que los alimentaron ya no lo son, pero habrá otras eternamente, mientras lo eterno ya no sea. Cegados por la promesa de una vida después de la vida, muchos desperdician la propia, no obstante, pueden despertar y como dijo Nietzsche: Y una vez que despiertes, permanecerás despierto eternamente…

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