La selección jugó mejor, volvió a ilusionar, pero perdió.

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Es posible que exista una maldición en contra de la selección nacional de fútbol y que haya llegado el momento de hacernos una chilqueada completa. No es posible perder como últimamente estamos perdiendo.

Porque hay maldiciones que no se rompen con tácticas, ni con más entreno y concentración, ni con los tres palos. Esta selección parece cargar un conjuro maligno desde hace décadas que debemos deshacer.

No es normal perder así. No es normal que, faltando cinco minutos, el equipo se desconecte, se pierda, se desangre. En la eliminatoria pasó lo mismo. Contra Jamaica, otra vez. Y uno empieza a creer que no es mala suerte, pero es más bien costumbre.

Después de remar contra corriente, después de jugar aceptable, después de generar ocasiones y desperdiciarlas una tras otra, nos pasa esto.

Que la selección nos volvió a ilusionar, sí. Pero nunca hemos estado, ni en las buenas, ni en las malas, siempre estamos, pase lo que pase. Por que no hay de otra. Siempre, aunque con nuestro equipo, es estar siempre en las malas.

Lo positivo, se jugó bien.

Poco a poco el equipo va tomando forma después del descalabro de la eliminación. Ya se nota una idea de juego. Hay jugadores que están a otro nivel. Se puede remontar, se puede meter goles. Todo eso es un avance. Pero los peros siempre existen, y en Guatemala los peros son más grandes que los aciertos.

Empecemos por Nico Samayoa. Este defensa es más lento que una tortuga en cámara lenta. No tiene los méritos ni las condiciones mínimas para vestir la camisola. Allen Yanes cumplió, lo hizo bien, y si existiera alguien más para sentar a Nico, la selección ganaría fortaleza en el fondo. Cualquiera que lo sustituya lo haría mejor. Literalmente cualquiera. Aarón y el Caballo Morales cumplieron. Hubo esfuerzo, atención y condición física para soportar las embestidas jamaiquinas. Los laterales corrieron y se fundieron, pero eso es el fútbol moderno: correr hasta que las piernas digan basta

José Rosales y Rudy Muñoz también hicieron un buen partido, aunque a Muñoz se le critica no meter la pelota cuando la tuvo solo frente a la portería y la mandó al aire. Aparicio hizo un partido aceptable, aunque se equivocó en el gol de Jamaica. Su visión y distribución fueron buenas, pero le faltó velocidad, precisión y desmarque. Aceptable, con asterisco, porque se espera mucho más de él.

En el medio hizo falta más contención y creación. No sé por qué Tena no ingresa a Olger Escobar desde el inicio. Que ese jugador es un revulsivo, no hay duda. Pero ya va siendo hora de que sea un puntal desde el arranque, no un bombero que apaga incendios cuando ya se quemó la casa.

Adelante, Rubio Rubín debe afinar la puntería. No es posible que de todos los tiros a puerta que realizó, ninguno fuera al marco. Afuera, arriba, a un lado, a las gradas, a un rival. Oportunidades tuvo. Ninguna aprovechó. Lom es el hombre entrega, pero falta concreción. Y Lelo Santis demostró que está a otro nivel. Ese sí puede jugar en cualquier liga.

Algunos comentarios achacan a Tena la derrota. Quizás tenga algo de responsabilidad. Por no cerrar el partido, por no cerrar atrás, por conformarse con el empate. Pero su actitud ofensiva, sus ansias por ganar, no tienen que ser excusa para hablar mal del técnico.

Que no llamó a fulanito, que faltó menganito. ¿Hasta cuándo nos vamos a dar cuenta de que no existen más menganitos ni fulanitos? El fútbol guatemalteco no crea jugadores. No hay renovación.

Los que están son los que pueden afrontar estos partidos. Y con ese recurso, que hayamos jugado y casi empatado, es mérito, no incapacidad del técnico. El problema no es Tena. El problema es que no hay de dónde escoger.

Sino vean el problema de Comunicaciones. Los técnicos pasan y cuando los dueños despiertan, los jugadores siguen perdiendo los partidos.

Por último, una mención especial para Kenderson Navarro. Que no fue el mejor jugador del partido, ni tampoco podemos decir que no tuvo culpa en los goles. Pero, hizo un buen partido, en lo que cae, después de comerse tres goles, obtuvo experiencia y lo único que le falta es serenidad y afinación para salir jugando. En varias ocasiones comprometió el balón y, producto de un mal pase, llegó el gol de Jamaica. Pero es un buen sustituto de Hagen, ni hablar.

Nos guste o no, es lo más que podemos aspirar. Un buen partido de la selección no garantiza el triunfo. Pero ¿acaso se está sugiriendo que debemos aceptar y ser complacientes con este tipo de juego sin ganar? Es cierto que la afición espera resultados. Que la ilusión se mantiene y ganar es el imperativo. Ya no se puede seguir perdiendo como siempre.

También es cierto que no hay nada nuevo. Empezar perdiendo una competición oficial es costumbre. Y esa costumbre es fatal porque condiciona todo. Ahora, frente a un mal inicio, nos toca contra El Salvador, que de paso ganó y goleó, y en la eliminación pasada nos eliminó.

Así que si el próximo partido no ganamos, debemos pensar seriamente en realizarnos una limpia espiritual. O de lo contrario estamos condenados a seguir cosechando fracaso tras fracaso. Y eso seguramente apagará la ilusión de todo un país por vernos ganar.

Pero, seamos honestos: ¿alguna vez esa ilusión fue real? Llevamos décadas esperando un milagro que nunca llega. Y cada vez que la selección nos da un destello, un buen partido, un par de goles, volvemos a creer. Y volvemos a caer. Es el ciclo eterno del fútbol guatemalteco: ilusión, esperanza, decepción, chilqueada. Y vuelta a empezar.

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ESPN tituló: “Oficialmente, el Caribe sobrepasó a Centroamérica”. No hay acta ni decreto, pero la jornada lo dejó escrito: Curazao venció a Costa Rica y Surinam a Honduras, ambos de visitante, y Jamaica hizo lo propio con Guatemala. Tres resultados, un mismo mensaje. Y no es una noche aislada: desde hace años el Caribe compite mejor, aprovecha diásporas, coloca jugadores en ligas europeas y ha convertido lo que antes era excepción en tendencia. Centroamérica, en cambio, sigue viviendo de gestas pasadas —Costa Rica 2014, algún Mundial de Honduras o Panamá— y de la ilusión de que el próximo proceso será distinto. Haití no es el consuelo: tiene historia, talento y jugadores, y no está peor que varios vecinos. Usarlo de excusa es una forma elegante de no mirar el espejo. El Caribe ya no es la comparsa: es el nuevo estándar. Si Centroamérica no reacciona, la brecha dejará de ser noticia y se volverá costumbre.

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Nota final: Esta crónica es una mirada sarcástica y dolorida a la realidad de la selección guatemalteca. Si no nos reímos, lloramos. Y ya estamos cansados de llorar. O de hacer chilqueadas que no sirven de nada.
 

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