EL FAD, aquí y ahora
Miguel Angel Sandoval
En las últimas semanas se ha ido, de manera gradual, de menos a más, de un proyecto político que no despertaba mucho interés, a motivo de análisis y comentario de plumas relevantes en el país. En efecto, luego del 20 de agosto, con la firma de un pacto por la democracia, entre varios partidos políticos y diversas organizaciones sociales, así como personas representativas del sentir ciudadano, ahora el Frente Amplio por la Democracia -FAD- es tema de análisis críticos, y eso es motivante. Es claro que no todos los análisis y contenidos son compartidos, pues así es el debate político, pero bienvenidos.
Si se retiene lo principal de los planteamientos sobre el FAD se puede decir con certeza que se está muy consciente de que el trabajo que se realiza y sus avances son insuficientes. Esto es algo que incluso los Ángeles Azules lo dicen en sus canciones: nada es suficiente. Que hace falta ir más lejos en todo, tanto en sus formulaciones como en su práctica organizativa, es algo obvio. Que hace falta que más jóvenes y mujeres, pueblos indígenas se incorporen a ese esfuerzo y que más gente desde lo plural que es la sociedad guatemalteca lo haga, es parte del ABC del trabajo y visión del FAD. Pero para ese esfuerzo hacen falta mas brazos y más mentes. Con señalar ello no se avanza mayor cosa, o si se prefiere, el señalamiento lo único que puede contribuir es a ver mucho mejor los pasos que se dan.
Y se sabe con mucha claridad que el esfuerzo no debe quedar solo en el ámbito de los partidos políticos, pues interesa con las experiencias del pasado inmediato, que las organizaciones sociales jueguen un rol más activo, más determinante si se quiere. No se busca ni se trata de alianzas cupulares, de grupos élite, sino todo lo contrario, se trata de llegar a donde se encuentra la gente, quienes deben de mover todo el engranaje que poco a poco, con paciencia de alfarero como decía un poema de Otto Rene, se debe de ir construyendo.
Todo a partir del respeto que merecen los esfuerzos que se hacen desde los partidos políticos existentes. Los reales no los imaginados, ni tampoco aquellos que solo existen en las construcciones teóricas. Se trata de fuerzas políticas reales, con proyecto, con planteamientos políticos que se pueden identificar, que se ubican en el lado progresista, que no se necesita ir a buscar en los teóricos de la política sus características, sino que se conocen, se han visto en el correr de estos tiempos convulsos, recios, como decía el escritor peruano.
En una actividad reciente en Alta Verapaz, uno de los asistentes, al usar la palabra decía que en la democracia había que tener en cuenta a Montesquieu, a Rousseau, y solo le faltó citar a Duverger. Por supuesto que todo ello se toma en cuenta, pero una vez más, la realidad no pasa por esos parámetros. Quizás seria bueno que pasara por ellos, para evitar sorpresas de lo inédito, pero la realidad es muchísimo más compleja que los ejercicios teóricos.
Corre parejo con las organizaciones sociales. Son reales, y tienen una hoja de servicio al país que es enorme. Por ello, no debemos llamar a engaños. Se trata de construir una alianza con estos actores sin que se excluya a otros, sin dejar a nadie de lado. No está en los propósitos del FAD hacer su mejor esfuerzo para olvidarse de los actores centrales, con equilibrio, con respeto mutuo, con conocimiento de los límites de unos y otros, pero con las fortalezas de todos. Eso es el arte de construcciones con fuerzas sociales y políticas reales.
Solo quisiera detenerme en argumentos que pasan revista de los esfuerzos anteriores que no fructificaron por una u otra razón. Y es justo que se recuerde ello pues no podemos hacer como si fuéramos los modernos Adanes, que vimos por primera vez el mundo y sus complejidades. En el caso del FAD, se trata de una experiencia inédita, que no está inscrita en el pasado reciente, que no tiene que ver con las experiencias ya realizadas. Ahora una fuerza política no partidaria se da a la tarea de convocar a fuerzas políticas partidarias, a organizaciones sociales sectoriales, a la gente del común. Y esta es la primera vez que se hace de esa manera. Por ello no se puede juzgar con los ojos de otros procesos. Es de pensar los nuevos fenómenos políticos con los ojos actuales.
En otro nivel de análisis, pocas veces como ahora estamos ante una ofensiva, no solo de la derecha clásica, sino ante expresiones de una suerte de neofascismo, con herramientas como los intentos cibernéticos de fraude al estilo del argentino Fernando Cerimedo, y con expresiones de supremacismo y atrincheramiento del llamado primer mundo para pasar encima de los países emergentes. Es algo mucho más complejo, pero solo me limito a ponerlo sobre la mesa. Y en esa línea de análisis, hay la necesidad de preservar pequeñas conquistas para no perder el todo, como bien lo señalaba hace ya algunos años Boaventura de Souza. Si eso es perder el horizonte, sea, pero no podemos permitir que la barbarie triunfe sobre la democracia, como digo desde hace algún tiempo para referirme a un periodo sumamente complejo como el que vivimos.
Otro de los señalamientos pasa por la incomprensión del concepto del bien común. Es normal que así sea pues durante años los teóricos de todas las corrientes del análisis social y político pasaron de largo sin ver esta idea central. No es solo debido a que está en la constitución que se plantea, sino debido a que es parte de la visión que tienen los pueblos indígenas de nuestro país. No ver esto y no entender este planteamiento, es estar naciendo análisis de otras realidades, no de la nuestra.
Pero hay algo con mucho sentido en los tiempos que corren. Y es que durante los últimos 40 o 50 años, con mucha fuerza se hizo del individuo, propio de la prédica neoliberal, el eje alrededor de todo, pues finalmente las ideas de comunidad, de sociedad, de estado, se condenaron con todas las fuerzas de la elite dominante en el mundo, no solo en nuestro país.
Y dejaron a la libre empresa, a la libertad convertida en una especie de entelequia buena para el discurso, pero nada práctica en la vida social. Y por ello las ideas comunes en los pueblos originarios de nuestra América vuelven con toda su fuerza. Entre ellas el bien común, que solo leer las declaraciones de Chaclán y Pacheco, luego de recobrar su libertad nos dicen con creces su pertinencia. Es el predominio de lo social, de lo comunitario sobre lo individual, la libertad del mercado sin libertad para los trabajadores. Entre otras muchas cosas.
Otro tanto ocurre con la agenda de la paz. Para algunos, incluso progresistas, es algo viejo, pasado de moda, vinculado a la guerra o peor, una herramienta para la desbocada ola neoliberal en nuestro país, pero al ver con más detenimiento la agenda engavetada, vemos que contiene todo lo que hace falta en un país para poder tener un régimen democrático, un estado de derechos, instituciones al servicio de la comunidad, y un largo etcétera. Hoy día al menos una decena de reformas son indispensables para poder gobernar este país y no el país de los sueños, con certezas, con idea de hacer una sociedad democrática que no se avergüence de ello.
Ahora bien, si hay alguien que considere esto reformista, inadecuado, o que no llene las expectativas teóricas, o de manual, pues solo se le puede invitar a que ponga en práctica sus tesis y demuestre que esto que se plantea es inviable, que no tiene que ver con la realidad y que es algo que no es para este tiempo. Pero eso no es tarea de quienes nos dedicamos, una y otra vez sin descanso y sin sustos, al intento de forjar un mejor futuro para nuestro país.
