La izquierda burguesa y otras izquierdas

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

El reparto de la riqueza es lo que diferencia a la derecha de la izquierda.

José Mujica

Hace algún tiempo, un amigo me dijo: me molestan las personas que se dicen ser de izquierda, socialistas, ser aliados de los sectores populares y presumen defender causas justas, pero que se comportan como todo un burgués acomodado, que ven a las demás personas por encima del hombro, no muestran solidaridad alguna y presumen de intelectuales, sin contar, muchas veces, con las herramientas teóricas y prácticas para serlo.

Son, continuó, burgueses de izquierda o izquierdistas burgueses. Ese tipo de personas que él describe, el arrogante, de cuello blanco, que crea círculos cerrados de discusión en los que, para poder participar, se requiere de una franquicia especial, el ser de una estirpe selecta, a criterio de ellos mismos, es ahora muy común dentro de las capas medias. Personas que mantienen los valores, intereses y límites económicos de la clase media alta o empresarial, o aspiran, sueñan con ello son, a fin de cuentas, partícipes de una izquierda “trasnochada”.

El concepto de izquierda nace con la Revolución francesa; fue a partir de La Asamblea Nacional Constituyente, en 1789, que los diputados franceses se dividieron físicamente, según su postura política, unos en el lado derecho, los aristócratas, los defensores de la monarquía absoluta, el orden tradicional y los privilegios del rey, denominados girondinos, y los otros, los partidarios de la revolución, la soberanía nacional, la república y la limitación del poder real, del lado izquierdo, llamados jacobinos, siendo estos, en esencia, liberales.

Tiempo después, en 1842, las ideas de Karl Marx comenzaron a publicarse formalmente en Rheinische Zeitung (Gaceta Renana) en Colonia. y en 1844, Karl Marx redacta los Manuscritos económico-filosóficos, donde sienta las bases de su crítica al capitalismo y al socialismo utópico. Pensamiento en el que Marx realiza una crítica al capitalismo emergente, defendiendo los intereses de los sectores populares y la emancipación de la clase trabajadora, siendo esa la convergencia que existe entre la izquierda y el socialismo marxista.

Pero fue a raíz de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista el 21 de febrero de 1948 y la fundación de la Primera Internacional en 1864 que la alianza formal e ideológica de la izquierda política con el socialismo marxista ocurrió. Surgiendo con ello la izquierda socialista. De modo que no toda la izquierda es socialista, pero sí casi todos los socialistas son de izquierda, sobre todo los que se centran en la búsqueda de la equidad, el bienestar colectivo y la transformación social.

Existen corrientes y movimientos dentro del espectro político de la izquierda que priorizan la justicia social, los derechos civiles o la ecología sin buscar la abolición de la propiedad privada ni adherirse al socialismo. Ejemplo de ellos lo son el socioliberalismo, el feminismo liberal, el progresismo cultural y de derechos civiles, estos sectores no reivindican cambios en la base económica, sino su interés se centra en la supraestructura.

Se debe tener presente que el socialismo que promulgó Karl Marx y Federico Engels se fundamenta en el fin de las clases sociales y eso solo se logra a partir de la supresión de la propiedad privada de los medios de producción y el derecho a la herencia, con lo que algunos sectores que se dicen ser de izquierda no están de acuerdo.

Para la izquierda socialista, de orientación marxista, tanto la colectividad como el individuo son importantes, mejor dicho, los intereses individuales deben converger con los de la colectividad y la colectividad no debe entorpecer los deseos y aspiraciones incuestionables de toda persona, a manera de buscar el bien común, el desarrollo integral de toda persona y no entrar en conflicto con la sociedad en tales aspiraciones.

De modo que, si una acción individual afecta a la sociedad, se le debe atender, priorizando los intereses de la colectividad y no del individuo. Lo que no significa que las aspiraciones genuinas, de toda persona, sean limitadas, quebrantadas, suprimidas por el interés social, sino que ambas converjan para el bien común.

De ahí que las apetencias justas y racionales son las que debería aspirar todo individuo que forme parte de una sociedad. Y es que no se le puede permitir a una persona, que viva dentro de una colectividad, que interactúa con otros, que dé rienda suelta a todos sus deseos y aspiraciones, ya que pueden ser pretensiones perversas que resulten ser contraproducentes y dañinas para la sociedad.

Epicuro de Samos, filósofo griego, decía: el secreto de la felicidad y la tranquilidad de la mente radica en la clasificación y gestión de nuestros deseos y necesidades.Ya que los seres humanos están sujetos a necesidades naturales que pueden ser necesarias, innecesarias y artificiales.

Son necesidades necesarias las que eliminan el dolor físico y garantizan la supervivencia. Son fáciles de conseguir y tienen un límite claro. Por aparte, constituyen necesidades innecesarias aquellas variaciones o refinamientos de las primeras. Las que buscan el placer, pero su ausencia no causa sufrimiento físico real. En cambio, las artificiales, no son naturales ni necesarias. Nacen de las opiniones erróneas de la sociedad y de la vanidad. No tienen un límite natural, por lo que nunca se satisfacen por completo. Son estas las que conducen a los excesos y las causantes, en muchos casos, de los males dentro de la sociedad.

Por lo que tener claro cada una de estas necesidades, su relevancia y lo que implica su satisfacción dentro de la sociedad, posibilitará que cada persona pueda tener el control de sus deseos, descartando aquellos que causen mal y conflicto a los demás, si lo que pretende es vivir en armonía social.

Para el liberalismo, la sociedad es una construcción abstracta y lo que realmente existe es el individuo, con sus deseos, apetencias e inclinaciones, por ello centra su atención en el resguardo de los derechos y libertad individual. No obstante, sus defensores se olvidan de que el individuo es una abstracción si no se relaciona con la colectividad ya que la persona es, en su esencia, el conjunto de sus relaciones sociales.

El liberalismo, contrario al socialismo, pretende colocar al individuo como el centro indispensable, reconociéndolo como un ser libre, autónomo y titular de derechos inalienables frente a cualquier poder externo. Y es claro que sus más férreos defensores, sea la élite privilegiada, para los que la libertad significa, franca y llanamente, cumplir sus deseos, por absurdos que sean, a expensas del sacrificio y explotación de los demás, ya que nunca han tenido problema en solventar dificultad alguna para satisfacer sus necesidades esenciales, como sí lo sufren el resto de las personas.

La izquierda tiene un amplio espectro político, que abarca desde posturas moderadas hasta las más radicales. De ahí que el enfoque económico de la izquierda puede variar entre el radicalismo esencialista, que pretende transformar la base económica, a modo de eliminar la propiedad privada de los medios de producción y, con ello, la desaparición de las clases sociales; y los moderados de centro izquierda, socialdemócratas, quienes pretenden un mundo más justo dentro de un régimen capitalista, lo que resulta una contradicción, dado los principios que defiende ese sistema.

Así, la izquierda ha tomado rumbos variados y distintos, siendo, quizás, la rama más difundida la izquierda rosa, la que sustenta posturas más moderadas, enfocadas en la reducción de la desigualdad sin romper del todo con el modelo de economía de mercado. Pero ¿cómo romper con la desigualdad entre ricos y pobres sin alterar la base económica si, dentro del capitalismo, ese sistema económico propicia que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres, más pobres? 

Romper la desigualdad entre ricos y pobres requiere de un conjunto de medidas estructurales, que van desde la restricción de la propiedad privada de los medios de producción, la limitación de la acumulación desmedida y redistribución de la riqueza, reformas fiscales y salario justos, hasta la inversión masiva en servicios públicos esenciales, aspectos con los que los sectores hegemónicos no están de acuerdo.

Al nivel de la supraestructura, la izquierda Woke, por ejemplo, priorizar la identidad cultural sobre la clase social. Traslada la lógica de la lucha de clases a otros ejes (raza, género y sexualidad), sustituyendo al proletariado y la burguesía por grupos identitarios victimizados y estructuras de poder opresoras. Lo que dista mucho del pensamiento socialista marxista, quien ve como esencial la interpretación de la lucha de clases como motor de la historia, como origen de las contradicciones antagónicas, la explotación de los seres humanos y luchas encarnizadas entre estos.

Con relación a la izquierda woke, autores como Francis Fukuyama señala: en lugar de unir a la sociedad en torno a metas comunes y de clase, la izquierda identitaria fragmenta a la población en grupos reducidos de interés, debilitando el total de la acción colectiva. En este caso, la solidaridad amplia se fracciona impidiendo la cohesión de la izquierda, lo que favorece al sistema imperante y, con ello, al poder hegemónico.

El esnobismo de izquierda es una actitud en la que una persona adopta posturas, discursos o estética progresistas o de izquierda de manera superficial, pretenciosa y guiada por el deseo de aprobación social o distinción cultural, más que por un compromiso real con las clases trabajadoras o la transformación social. Y así como esas personas, hay muchas en el mundo, las que, con su actitud entorpecen, en alguna medida, el desarrollo y credibilidad de la izquierda socialista, la unidad de los sectores progresistas, favoreciendo con ello a la derecha oligarca.

Los problemas de injusticia social, como los de la discriminación y explotación, tienen por fondo el interés económico, a pesar de que, por lo general, se ve al otro, al que es distinto físicamente, al que se manifiesta de forma diferente, como un extraño. Michael Landmann tiene una explicación para tal juicio y es que hay dos mecanismos cognitivos que aclaran cómo los seres humanos perciben a los demás, la intuición compleja y la abstracción difusa y cómo, a partir de su criterio, puede originarse el etnocentrismo.

La intuición compleja se basa en todos los aspectos sensiblemente perceptibles, superficiales y externos. La abstracción difusa se enfoca en lo inteligible, buscando la esencia interna de la persona, más allá de la superficie. Ambos aspectos son necesarios para tener un juicio certero sobre las demás personas, no obstante, muchas veces no intenta comprender al otro.

De modo que el etnocentrismo, el racismo y la xenofobia, surgen cuando la intuición compleja prevalece sobre la abstracción difusa. Es decir que se valora al otro superficialmente, basados en la apariencia física, en lo que muestra sensiblemente, dado que, continúa Landmann, los seres humanos llevan en sí una tendencia a supervalorarse solamente a sí mismos y a su propia clase y, por el contrario, despreciar al extraño, al que perciben diferente. Siendo ese hecho la justificación no solo para despreciarlos sino, también, para explotarlos.

De ahí que trascender de lo sensible a lo inteligible, comprender lo que es el otro, entender que, por debajo de distintas manifestaciones, subyace dentro de los distintos grupos culturales el ser humano es, a fin de cuentas, un problema de ignorancia, como resultado de las condiciones materiales de vida que influyen para que eso ocurra.

De modo que, si se cambian las condiciones de vida para las personas y se les dan las oportunidades para desarrollarse a través de un pensamiento crítico, su mentalidad será distinta, a modo de ser y tener una actitud democrática y humana, dentro de un régimen justo y ecuánime, con respecto a los demás.

Y así, ver a los demás, juzgarlos desde su apariencia física, en un sistema en donde prevalece el tener sobre el ser, no puede conducir a otra cosa que, al etnocentrismo, al racismo y a la xenofobia. Por lo que ser civilizado, señala Tzvetan Todorov, significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros, lo que es muy difícil que se logre sin tener una apertura franca hacia el otro.

Por eso es importante cambiar las estructuras de base ya que, al hacerlo y crear un modelo económico con condiciones materiales más justas, los valores que sustentarán al nuevo sistema serán distintos, más idóneos para la consolidación del nuevo ser humano.

Ya que como lo señaló Marx y Engels: Es evidente, que la verdadera riqueza espiritual del individuo depende totalmente de la riqueza de sus relaciones reales. Relaciones que se establecen no para sobrevivir, sino para el desarrollo pleno de sus facultades, el cual no pueden lograr en un mundo en donde reinan los privilegios y las asimetrías sociales, en donde la pobreza limita la posibilidad del desarrollo espiritual, no el que pregonan las iglesias, sino el real, el que surge de las relaciones sociales y derivan sentimientos como la solidaridad, la fraternidad, el amor.

En Guatemala la interpretación de la problemática social del país enfrentó, en la década de los 1970, al historiador Severo Martínez Pelaez y al antropólogo Carlos Guzmán Bockler. Sin caer en simplismos y reduccionismos, podría decirse que la diferencia esencial entre el pensamiento de Severo Martínez y el de Carlos Guzmán Bockler, radica en que Severo Martínez señala que hay que atender primero a las condiciones de base económica, siguiendo el planteamiento marxista; por aparte, Guzmán Bockler repara en el aspecto cultural, más encaminado a un revisionismo histórico y social.

Qué tan determinante es la identidad cultural para un individuo, si ésta es cambiante, dinámica, se transforma de conformidad con varios factores como la difusión cultural, las exigencias materiales, producto de nuevos escenarios, la erosión que sufren por parte de sociedades y culturas dominantes, la alienación que transforma los rasgos originarios de las personas, según sea el caso.

Es importante destacar que la identidad cultural responde a las necesidades materiales de una comunidad, no es algo separado de ello y, en consecuencia, si estas cambian, se modificarán también los aspectos que dan vida a los rasgos culturales, los valores, aunque se mantengan algunos, que no entren en conflicto con el nuevo sistema económico y social.

De ahí que, para encarar la problemática socioeconómica de Guatemala, entender las condiciones de base, resulta ser esencial, si se pretende un verdadero cambio en el país, por lo que, sin desestimar el planteamiento de Carlos Guzmán Bockler, transformar el sistema económico del país, es fundamental.

Dentro de las confusiones que pueden traer las distintas variantes de lo que es la izquierda, resulta curioso que Barac Obama, Joe Biden, Hilari Clinton, Kamala Harris sean tildados por el ala más conservadora de congresistas republicanos, en Estados Unidos, como de izquierda extrema y, más gracioso aún, que diputados y políticos guatemaltecos, oportunistas, repliquen el mismo discurso tendencioso, evidenciando ignorancia y perversión.

Pero a qué izquierda se refieren, si los personajes antes citados están a favor del capitalismo, de la propiedad privada de los medios de producción, a favor de los controles migratorios, a favor del intervencionismo estadounidense, a la eliminación de personajes que consideren enemigos de sus ideas, más bien de los que pongan en peligro los intereses de Estados Unidos y no necesariamente los genuinos.

En qué consiste, por lo tanto, el calificativo de izquierda que les han dado los opositores de la derecha Republicana a los políticos y simpatizantes del partido Demócrata estadounidense. Será, acaso, por que apoyan la protección de los derechos de las minorías, el fortalecimiento de la red de seguridad social, derechos reproductivos, reformas en la justicia penal y políticas de mitigación del cambio climático.No obstante, cuando tales reivindicaciones ponen en peligro el sistema capitalista y la seguridad de Estados Unidos, dichas exigencias quedan en un segundo plano para ambos partidos.

En fin, analistas económicos ubican tales criterios dentro de la denominada socialdemocracia, sistema recurrente dentro de las llamadas democracias occidentales, corrientes políticas que, al final de cuentas, solo maquillan a un sistema social y económico, el que continúa estableciendo que los ricos sigan siendo más ricos, con el poder que eso conlleva, y lo pobres, más pobres a lo que eso conduce.

Se dice que todo lo que es progresista se le considera de izquierda, pero qué es el progreso y qué es ser progresista. Tales respuestas dependerán de la óptica con la que se aborden tales términos, con los que se le juzgue. Sin embargo, progreso, dentro de una sociedad, significa desarrollo y no solo para unos, sino para todos por igual, para los seres humanos.

Para la izquierda estadounidense, identificado con el liberalismo social o de centroizquierda, el progreso busca optimizar y democratizar el sistema liberal-capitalista en lugar de derrocarlo por completo. En cambio, para el partido comunista chino, que se enmarca dentro de lo que es la izquierda socialista, se resume en tres ejes prácticos: Prosperidad común, estabilidad y control y soberanía absoluta. No obstante, a pesar de que existe la propiedad privada en ciertos rubros en ese país, el Estado mantiene el control de los sectores clave (como la energía, la banca y las industrias pesadas).

Actualmente, se hace referencia a la izquierda, identificándola con el movimiento woke, que literalmente significa estar despierto o alerta ante las injusticias sociales, resulta ser una etiqueta política y cultural que se utiliza para describir a sectores del progresismo contemporáneo que priorizan las luchas identitarias como la raza, el género, la orientación sexual y el ecologismo por encima de los conflictos tradicionales de clase y la redistribución económica.

En la contraportada del libro de la filósofa Susan Neiman, “izquierda no es woke” se lee: La derecha ha conseguido que el término wokese asocie peyorativamente al comportamiento y las políticas de la izquierda global hasta el punto de desdibujar sus límites y volverlos casi sinónimos, algo que, según advierte Neiman, no solo es incorrecto sino también muy peligroso.

De modo que la izquierda está perdiendo su rumbo, dejando por un lado las pretensiones de una sociedad sin clases ni de explotación económica, centrándose en aspectos que se inscriben dentro del relativismo cultural, como lo son las luchas de género, étnicas y de minorías, políticas de identidad.

Por un lado, el enfoque universalista, por otro, el relativismo cultural, que puede conducir al tribalismo. Y es que, a pesar de las diferencias accidentales que existen entre los seres humanos, hay algo esencial que une a la humanidad plena y es el ser, seres humanos, más allá de las diferencias de tiempo y espacio que nos separan, los seres humanos están conectados de numerosas formas, señala Neiman y es ahí donde se debe enfocar.

Por lo que, centrarse en aspectos culturales, sin atender los problemas que atañen a los seres humanos en general, los que responden a sus necesidades vitales, como los señalados por Karl Marx y Federico Engels, es encarar el problema social de los pueblos de forma equivocada, que solo beneficia a la derecha capitalista imperante.

Por eso el término izquierda, dentro de la política, resulta ser un concepto multívoco, que da lugar a confusiones que ameritan ser aclaradas.  De ahí que cuando alguien señale a otra persona que es de izquierda o que alguien se asuma que lo es, amerita aclarar a qué tipo de izquierda se refiere y, posteriormente, si lo que presumen ser corresponde a su comportamiento.

Volviendo al comentario de mi amigo, con seguridad que hay resabios de aspiraciones burguesas en ese tipo de “izquierdistas”, a los que él se refiere, dado que no toda la izquierda es socialista ni mucho menos consecuente con lo que eso representa.

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