El origen del mar y de la luna
Fernando Cajas
Mientras observo las suaves olas en la bahía de Boca Rica, en las cercanías de Santo Domingo, la isla de la Española, aquella que recibió al marinero genovés de nombre Cristóbal Colón quien en las calles de Alcalá de Henares intentaba convencer a la Reina Isabel la católica a que le financiara el viaje a las Indias a finales del Siglo XV. Le costó, pero al final Colón convenció a Isabel la Católica y a Fernando tras años de insistencia, en un momento de euforia tras la conquista de Granada (enero de 1492), apelando a motivos religiosos, económicos y de prestigio, pero principalmente ofreciendo una ruta más corta a las indias.
El 3 de agosto de 1492 sale Colón de Palos con las tres naves: La Niña, la Pinta y la Santa María y hasta un 6 de diciembre de 1492 arriba a la isla de La Española (la actual República Dominicana y Haití). Exploró principalmente la costa norte. El 25 de diciembre la Santa María encalló cerca de lo que hoy es Haití y con sus restos construyó el Fuerte Navidad. Son las mismas costas que observan mis ojos hoy. Es la misma arena que pisan mis pies hoy. Son las mismas olas que se mueven formados miles de millones de años antes.
Estas olas que ahora acarician la bahía de Boca Rica no nacieron con Colón ni con los taínos que lo recibieron. Su historia es infinitamente más antigua. El agua que hoy se levanta y cae frente a mí viajó por el cosmos casi desde el principio del tiempo. Según los estudios más recientes publicados en Nature Astronomy (2025) y que he discutido en mis columnas, la molécula de agua (H₂O) se formó apenas entre 100 y 200 millones de años después del Big Bang, ocurrido hace unos 13 mil 800 millones de años. En las densas nubes interestelares, tras las primeras supernovas, el oxígeno recién sintetizado se combinó con el hidrógeno primordial. Así nació el vapor de agua y luego el hielo cósmico. El agua, pues, es casi tan vieja como el Universo mismo.
Durante nueve mil millones de años ese hielo viajó por el espacio vacío, encapsulado en asteroides y cometas. Hace unos 4 mil 500 millones de años, cuando nuestro sistema solar se condensaba a partir de una nebulosa de gas y polvo, esos cuerpos helados comenzaron a chocar con la proto-Tierra. Trajeron consigo el agua que hoy llena los océanos. Al mismo tiempo, o muy poco después, ocurrió el evento que dio origen a la Luna: un protoplaneta del tamaño de Marte, al que los científicos han llamado Tea (Thia, en la mitología griega, madre de Selene), colisionó con la joven Tierra. El impacto gigante eyectó material de ambos cuerpos; parte de ese material formó un disco de escombros que, en cuestión de años, se acretó (se formó y acumuló material) y dio nacimiento a nuestra Luna. Es la misma Luna que hoy se refleja en las aguas de Boca Rica y que, siglos atrás, guiaba a los navegantes taínos y luego a Colón.
La ciencia moderna ha descartado por completo las viejas hipótesis de fisión —aquellas que Rachel Carson aún contemplaba en 1951 en The Sea Around Us, según las cuales una enorme marea solar habría arrancado un trozo de la Tierra para formar la Luna—. Hoy sabemos que no hubo tal cicatriz en el Pacífico ni mareas monstruosas previas a la formación lunar. La Luna nació de la violencia cósmica de Tea, y con ella se redistribuyó el agua ya presente en el sistema Tierra-Luna.
Al enfriarse la Tierra, el vapor se condensó. Se formó la primera gota de agua. Cayó la primera lluvia. Nació el ciclo natural del agua: evaporación, condensación, precipitación, infiltración, escorrentía. Durante más de cuatro mil millones de años ese ciclo funcionó sin nosotros. Los océanos se llenaron, se salinizaron con minerales disueltos y con aportes volcánicos y los emergentes ríos, superficiales y subterráneos, y las olas —estas mismas olas que ahora veo— comenzaron su eterno vaivén impulsadas por el viento y por la atracción gravitatoria de esa Luna recién nacida, entonces mucho más cercana y poderosas eran sus mareas.
Solo hace unos pocos miles de años aparecimos nosotros, 300 mil. Con las primeras comunidades humanas nació lo que he llamado, en mi libro La naturaleza social del ciclo del agua (Editorial Piedrasanta, 2026) y disponibles en Sophos, el ciclo social del agua. Ya no bastaba la evaporación natural: desviamos ríos, construimos acequias, contaminamos, tratamos (o no tratamos) las aguas residuales, privatizamos y defendimos. El agua dejó de ser solo un proceso fisicoquímico y se convirtió en un tejido social, político, cultural y económico. En Guatemala lo vemos cada día; aquí, en la Española, también: la misma agua que llegó en asteroides ahora sostiene ciudades, riega campos de caña y café, y recibe los desechos de millones de personas con la crisis de agua subterránea de la ciudad de Santo Domingo.
Miro de nuevo las olas de Boca Rica. Cada una de ellas contiene átomos de hidrógeno que se formaron en el Big Bang y oxígeno que se forjó en el corazón de estrellas muertas. Contienen el recuerdo del impacto de Tea y de las primeras lluvias sobre una Tierra aún humeante. Contienen también la memoria de Colón, de los taínos, de todos los que han caminado esta arena. Y contienen, sobre todo, nuestra responsabilidad actual: devolver al ciclo, limpia, el agua que usamos.
El mar que veo no es solo geografía ni historia colonial. Es cosmología hecha líquido. Es el Universo mirándose a sí mismo a través de estas suaves olas del Caribe.
