Soberanía o servidumbre: la batalla por el control de la IA
Javier Aranda Luna
E
l mundo asiste a una encrucijada sin precedente donde la técnica ya no sólo ejecuta, sino que procesa, decide y simula la razón humana.
En diciembre de 2014, cuatro años antes de morir, Stephen Hawking ya nos había advertido que “el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) completa podría significar el fin de la raza humana”. Para el astrofísico, una vez que los humanos desarrollen la IA, “ésta se despegará por sí sola y se redefinirá a un ritmo cada vez mayor; los humanos, limitados por una lenta evolución biológica, no podrían competir y serían superados”. Desde entonces el debate sobre la IA ha estado cada vez más presente en la plaza pública.
Grandes pensadores como Noam Chomsky o Byung-Chul Han, científicos y escritores han reflexionado al respecto: desde la visión del peligro existencial hasta la reflexión filosófica sobre el sentido del pensamiento humano.
Es por ello que, frente a la irrupción de la IA y su vertiginoso perfeccionamiento, dos de las figuras con mayor peso institucional y moral del mundo –el presidente chino, Xi Jinping, y el papa Francisco, en su momento– han fijado su postura de manera clara. Aunque proceden de geografías ideológicas distantes, sus discursos convergen en una urgencia compartida: la necesidad de evitar que el algoritmo programado por empresas cobijadas por el presidente Trump usurpe el control del destino humano.
Desde el Vaticano, el papa Francisco enfocó el fenómeno no como mero salto técnico, sino como “revolución cognitivo-industrial”. En su histórico discurso ante los líderes del G-7, el Pontífice expuso el riesgo esencial que entraña ceder la capacidad de juicio a las máquinas: “condenaríamos a la humanidad a un futuro sin esperanza, si quitáramos a las personas la capacidad de decidir sobre sí mismas y sus vidas, condenándolas a depender de las elecciones de las máquinas”.
El Pontífice tenía claro que la tecnología jamás es neutral. Su propuesta exige una algorética que mantenga la dignidad de la persona en el centro y proscriba usos irreversibles, pues “ninguna máquina debería elegir jamás quitar la vida a un ser humano”.
En el polo opuesto del mapa geopolítico, Xi Jinping aborda la cuestión desde la soberanía, la gobernanza global y el desarrollo compartido. En su propuesta marco, el mandatario trazó la visión de Pekín buscando equilibrar el impulso técnico con la prevención del riesgo: “Debemos trabajar juntos para mantener la seguridad de la IA. Los países deben promover el desarrollo de la IA basándose en el principio de centrarse en el ser humano y de la IA para el bien… para garantizar que ésta evolucione en una dirección propicia para el progreso de la civilización humana”, según su Iniciativa de gobernanza global de la IA, presentada en el tercer Foro de la Franja y la Ruta, Pekín, de octubre de 2023.
Y más recientemente en la Conferencia Mundial de IA 2026, Xi Jinping presentó una iniciativa que sienta las bases para un desarrollo respetuoso de la soberanía nacional de las normas de datos de cada país. Su memorable discurso en Shanghái de hace unos días es clave al respecto. Sintetizó su doctrina en cuatro pilares: innovación abierta, seguridad bajo control humano, inclusión cultural y gobernanza multilateral. Además, anunció medidas concretas para transferir tecnología de predicción meteorológica por IA a más de 30 países y capacitar a 5 mil expertos del Sur global.
La visión de ambos líderes es las de dos estadistas preocupados por el futuro, pero requieren que otros actores, otros países, asuman la misma responsabilidad.
El peligro de no hacerlo no es una especulación digna de Philip K. Dick o Isaac Asimov: es una amenaza inminente de deshumanización, desempleo masivo, desinformación automatizada y autonomía letal en los conflictos armados. Permitir que la arquitectura del futuro sea diseñada en la penumbra de un puñado de salas de juntas en Silicon Valley o bajo la batuta exclusiva de un aparato estatal es un suicidio geopolítico programado. Si la gobernanza del algoritmo queda en manos de un solo gobierno o a merced del beneficio corporativo, la brecha global no sólo se ensanchará: se volverá insalvable, convirtiendo a naciones enteras en meros siervos del código ajeno.
El margen de maniobra se agota. La IA encierra una promesa colosal para erradicar enfermedades, optimizar recursos y multiplicar el saber humano, pero ese potencial sólo florecerá si la respuesta es colectiva, abierta y ferozmente democrática. No hay tiempo para la tibieza ni para los monopolios morales o económicos. O la humanidad toma el mando de manera conjunta y somete la técnica al bien común o seremos espectadores pasivos de nuestra subordinación. El código no puede dictar el destino: la decisión debe seguir siendo nuestra. La culpa de no hacerlo, diría el poeta, no está en las estrellas, sino en nosotros mismos que nos sometemos a ellas.
La Jornada
