Vivir en calma, vivir despacio
Autor: Jairo Alarcón Rodas
La muerte sólo tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida.
André Malraux
A Francisco Alarcón Rodas y los momentos compartidos.
En la naturaleza existen animales que viven un día, otros, en cambio, pueden vivir más de 100, incluso 500 años, como el tiburón de Groenlandia. La efímera, un insecto que en su vida adulta alcanza solo unas pocas horas de vida, máximo un día, su corta permanencia en la superficie de la Tierra solo le permite reproducirse para lograr la permanencia de su especie, perpetuarse.
No obstante, los seres humanos alcanzan un promedio de vida actualmente, a nivel mundial, de 70 años. Sin embargo, su longevidad depende de las condiciones económicas en las que se encuentren los habitantes de cada país. De ahí que países en vías de desarrollo, en donde la pobreza predomina, las expectativas de vida son menores que aquellos en los que los índices de miseria están ausentes o son mínimos.
A pesar de que el promedio de vida es relativamente corto, la vida necesita perpetuarse, por lo que hace todo lo posible para lograrlo. Es esa quizás la principal función de cada una de las especies que habitan en este planeta. Empero, algunos seres humanos, al ser conscientes de lo que representa estar vivo y de su cercanía con la muerte, les dan prioridad a otros aspectos durante su existencia. De ahí que piensan, valoran, deciden, si les es conveniente o no, engendrar nuevos seres vivos de su especie, ya que tienen cierta libertad para decidir qué hacer con su vida.
Ahora se dice que Europa envejece con paso acelerado, ya que los matrimonios se inhiben de tener hijos, pues ello les representa un mayor gasto económico y emocional, que no les permite compartir más tiempo entre ellos. De tal cuenta que, disfrutar de la vida sin responsabilidades familiares, como lo es el cuidado de los hijos, resulta ser la mejor decisión para muchas parejas jóvenes, y ya no solo en el viejo continente. Por lo que, para los que ven que concebir a un hijo resulta ser una carga económica que no puede sufragar, el no tenerlos representa la mejor decisión.
Ser conscientes de que la vida es corta, que las enfermedades se pueden presentar en cualquier momento, que la muerte está al acecho, debería ser motivo suficiente para reparar en lo importante de la existencia y el disfrute honesto de cada momento y vivir despacio, disfrutando cada instante.
A pesar de que hay continentes que envejecen, la cantidad de seres humanos que habitan en el planeta es de aproximadamente 8,3 millones de personas. En muchos de estos, la calidad de vida es significativamente mala. De ahí que, para unos, el hambre, la miseria, las guerras afecten negativamente su existencia, mientras que, en otros, los evasores de la realidad, como los son las drogas, el licor, la religión y los excesos, sea lo que mine su existencia.
La insatisfacción, el hastío, da como resultado los suicidios, que constituyen muestra fehaciente de la insatisfacción humana, de que gran parte de los habitantes del mundo no están conformes con sus vidas, no consideran que sus vidas sean placenteras.
En la década de 1990, Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida, para referirse a un estado fluido, volátil e incierto, donde las estructuras (vínculos, identidades, instituciones) no son sólidas ni duraderas, sino que cambian constantemente, como un líquido que no mantiene una forma fija, generando flexibilidad, pero también inseguridad y desorientación, gran parte de los habitantes del mundo viven una vida agitada, incierta e insegura. La vida pasa apresuradamente y en un mundo desigual, con pocas satisfacciones para muchos.
El ser yo y mi circunstancia, frase acertada de José Ortega y Gasset que, no obstante, encierra el dilema en el que la circunstancia la construyen determinadas personas, producto de su intencionalidad e interés, más bien es, por parte de ciertos individuos de poder en una sociedad, lo que, a su vez, incide en el destino de las demás personas para bien o para mal. Por lo que, cómo cambiar las circunstancias que son adversas, si las posibilidades para hacerlo son escazas o nulas. Sin duda, si hay vida, la posibilidad para transformar la circunstancia, existe.
Quizás, por eso, Rousseau señaló que la sociedad pervierte a las personas, pues estas, en estado de naturaleza, nacen buenas, “el buen salvaje”. A lo que Karl Marx respondería, es en el origen de la propiedad privada, de los medios de producción, en donde la calidad humana le es arrebatada, a partir de la no existencia de oportunidades, para el desarrollo, de una gran mayoría de personas a la que se le condena a la miseria. Según estimaciones del Banco Mundial, en el año 2023, 838 millones de personas viven en pobreza extrema; por aparte, PNUD señala que 1.100 millones viven en situación de pobreza multidimensional aguda.
¿Cómo, entonces, librarse de las condiciones existenciales, de la modernidad líquida, del yugo que impone el sistema capitalista? ¿Cómo dejar de vivir aceleradamente y no permitir que la vida se escape sin degustarla? Vivir una existencia pausada, beberla despacio, saboreando cada instante, sintiendo a plenitud cada momento, debería ser el proceder de todo ser consciente de que la existencia no es eterna, pero sin duda, para ello tiene que alimentar su cuerpo, mantenerlo vivo.
A finales del año pasado,algunos medios difundieron la noticia que la tortuga gigante de las Galápagos, llamada Gramma, murió en el Zoológico de San Diego el 20 de noviembre de 2025, a la edad estimada de 141 años, debido a una condición ósea progresiva relacionada con su avanzada edad, por lo que se le practicó la eutanasia de forma compasiva. Vivió más de 100 años
Nació en 1884 y durante el tiempo que transcurrió desde su nacimiento hasta su muerte sucedieron muchos hechos en el mundo, pues el tiempo no se detiene ya que todo permanece en constante cambio. A pesar de ello, con su lento paso, presenció, estuvo presente en más acontecimientos que ser humano alguno.
Por aparte, en noviembre del año pasado, en algunos medios de comunicación se publicó la noticia que Jonathan, considerado el animal terrestre más longevo del mundo, había fallecido a la edad de 192 años, según informaron las autoridades de la isla de Santa Elena, territorio británico de ultramar donde vivía desde finales del siglo XIX. El hecho que el quelonio vivió mucho más tiempo del que pueda vivir humano alguno, no deja de ser sorprendente.
Aunque la noticia resultó ser falsa, pues Jonathan sigue con vida, su supuesta muerte sirvió para generar una serie de reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre la vida misma y el vivir despacio, con calma. La imagen de una tortuga refleja tranquilidad, serenidad y quizás sea eso lo que requiere la vida de los seres humanos, aprisionada, actualmente, en un mundo de incesantes cambios, de rutinas, de inseguridad, miedos y desasosiego.
El movimiento slow living, vida lenta, constituye un movimiento que promueve vivir sin prisas y disfrutar más de cada momento, sin embargo, el desempleo, el depender de un salario muchas veces miserable, la inestabilidad laboral, la angustia del día a día, hacen que vivir en calma sea casi imposible.
Decía el filósofo Ludwig Wittgenstein: La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive. Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Pero vivir el presente con agitaciones, desenfrenos y angustias, quizás no sea la forma de hacerlo con sabiduría, por lo que pausar la existencia, darse un respiro, constituye una obligación.
La vida es corta y, con las vicisitudes a las que se enfrentan los seres humanos, el fin de la existencia puede llegar en cualquier momento, por lo que gozar cada momento con honestidad y dignidad resulta ser una obligación que hay que cumplir.
