Las acciones programadas o la cosificación humana
Autor: Jairo Alarcón Rodas
El individuo unidimensional se caracteriza por su delirio persecutivo, su paranoia interiorizada por medio de los sistemas de comunicación masivos. Es indiscutible hasta la misma noción de alienación porque este hombre unidimensional carece de una dimensión capaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu. Para él, la autonomía y la espontaneidad no tienen sentido en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas.
Herbert Marcuse
¿Qué tanto control tiene las personas sobre sus actos, serán dueños de sus decisiones? Pareciera que, cada vez más, aumenta el hecho de que su comportamiento obedece a lo que Fromm denomina acciones caracterológicas, es decir, acciones programadas que no requieren de ningún tipo de reflexión, sencillamente se efectúan. Así, dado que muchas acciones que realizan las efectúan sin pensar, automáticamente, lo que los sitúa en el mundo mas no les da la potestad de tomar el control sobre este, son absorbidos por la sinergia del momento, con el consecuente margen de error y lo que ello representa.
El mundo actual, con su inmediatez y cosificación de lo humano, exige hacer más que construir, seguir el guion más que pensar, obtener resultados de cualquier forma sin contemplar los medios. No le importa al sistema si con ello se ocasione un impacto perjudicial a futuro, que propicie daños al medio ambiente, a los demás habitantes del planeta.
En tal sentido, tomarse el tiempo para pensar resulta ser una ardua y difícil tarea, ya que no se poseen las herramientas para lograrlo. Por una parte, las circunstancias adversas niegan esa posibilidad y, por otra, el aparato ideológico se ha encargado de neutralizar las inquietudes, asignando programas educativos domesticadores, en el que se imponen criterios programados que adormecen la conciencia. Skinner señalaba: El análisis científico del comportamiento destrona al hombre autónomo y hace recaer el control sobre el medio ambiente, sobre el cual ejerce él presuntamente dicho control… Es decir, que ha de ser controlado desde ahora por su medio ambiente y especialmente por sus semejantes.
De ahí que hombres y mujeres ajenos, en cierta forma, a la realidad, se instalan en el mundo como un engranaje más del sistema pues, para ellos, reparar sobre las cosas requiere de elementos teóricos que les permita visibilizar, con claridad, el horizonte en el cual se desenvuelven y las posibilidades de acierto y error en las decisiones que se asuman, lo que les resulta todo un reto. Es así como la programación humana sigue su curso.
Evaluar cuál deberá ser el proceder, en un escenario determinado, dado que se convive en sociedad y que lo actuado repercute sobre los demás desde el instante que se comparte una existencia con otros, a los sujetos programados les parece ajeno. Ensimismados en sus guiones, únicamente responden al conductismo de los estímulos que se configuran a partir de premios y castigos.
Qué tan autónomo es el accionar humano, es realmente dueño de sus decisiones o existe un origen filogenético que lo hace comportarse de determinada forma, que responde a su naturaleza propia de su especie, actuando irreflexivamente sin que se den cuenta de ello. El comportamiento animal de las personas, adquirido hereditariamente, les da cierta predisposición a determinadas formas de comportamiento, pero es la circunstancia la que establece el camino a seguir y lo obliga, ya sea consciente o inconscientemente, a replantear su accionar.
Las personas cada vez piensan menos, simplemente actúan robóticamente y un claro ejemplo de ello es la conducción de vehículos automotores que, para unos, consiste simplemente en dirigir el volante, acelerar y frenar. Consecuentemente, en un país como Guatemala, en donde la corrupción permite que se adquieran licencias de conducir sin aprobar los exámenes correspondientes, sin el aprendizaje de la cultura vial, los conductores lo hacen sin ninguna responsabilidad social, piensan que, al adquirir su licencia de conducir, están facultados para comportarse como les dé la gana, que todo les es permitido.
De ahí que les importa muy poco los peatones, los demás vehículos, la cultura vial, pues consideran que el hecho de conducir se limita a aprender la mecánica de la conducción, un simple medio para obtener un fin y se programan para ello, no piensan en el impacto que representa transitar por las calles y las arterias de una ciudad ni la responsabilidad social que eso conlleva.
Para ellos, conducir un vehículo es saber operarlo mecánicamente y haciendo acopio de lo que se denomina la racionalidad instrumental, el automotor constituye solo un medio para lograr sus objetivos personales, sin considerar a los demás. Racionalidad que se refiere a una forma de razonar que da prioridad al uso de objetos o instrumentos como medios para alcanzar objetivos determinados, sin necesariamente realizar una medición del impacto.
Operar mecánicamente algo, automotores, computadoras, máquinas industriales, en fin, seguir patrones preestablecidos, se les facilita, ya que no requiere más que habilidad para lograrlo. En cambio, saber manejar conlleva asumir una responsabilidad para con los demás, que los obliga a ser conscientes de sus actos, de cómo hacer las cosas, respetando las normas, contar con el criterio para hacerlo, que se resume en pensar.
En el caso de la conducción de vehículos, saber en qué momento frenar, acelerar, ceder el paso, es decir, respetar las leyes de tránsito, aspecto que, en Guatemala, a una gran mayoría de personas les resulta una tarea difícil por realizar, pues en ello está implícito el reflexionar y no tienen el tiempo ni las herramientas para ello.
Y qué decir sobre aquellas personas que viven en ambientes aciagos, en donde las relaciones personales se han deteriorado, a tal extremo que consideran que la confrontación es la forma natural de convivir. Pareciera que, para ellos, no existe reflexión alguna que los oriente a recomponer su situación en pos de la armonía y, por el contrario, viven en un círculo vicioso de acciones perniciosas, programadas para el conflicto. En ellos, el ambiente de discordia ha modificado sus conductas al externo de imposibilitar el entendimiento.
El sistema programa a modo de limitar las inquietudes reflexivas de las personas y, en los actuales momentos, se acentúa aún más para darle vida al sistema imperante. Así, entre distractores e ingentes requerimientos primarios, la mayor parte de las personas se sumergen en un mundo volátil de inestabilidad y requerimientos prácticos, en donde, en el mejor de los casos, no hay tiempo para meditar.
Con relación a eso, Krishnamurti decía, el hombre está programado para ser católico, protestante, italiano, británico, y así sucesivamente. Durante siglos ha sido programado: para creer, para tener fe, para seguir ciertos rituales, ciertos dogmas; programado para ser nacionalista e ir a la guerra. Todo es parte del aprendizaje que recibe de la cultura, que lo moldea para responder a planes preestablecidos, para seguir el guion que le impone el sistema, su sociedad, el grupo al que pertenece y del cual no se da cuenta que determina su comportamiento, sus creencias, su forma de ser e infringe su autonomía. Cuestionar sus creencias, lo impuesto por la cultura, debería ser un ejercicio de toda persona para desplegar la condición de sujetos críticos que dan sentido a lo humano.
Volver a uno mismo, reflexionar sobre lo que ha sido el accionar en los escenarios vividos, lograr un soliloquio que permita evaluar lo actuado para encarar el presente y el futuro de una mejor forma, solo es posible en una mente crítica, en aquella que atienda a la razón y comprende que, para la comprensión del mundo, se requiere de herramientas lógicas que pongan límite a los arrebatos emocionales, traducidos en juicios de valor e impulsos espontáneos y acciones programadas.
En qué piensa una gran parte de los habitantes del mundo, quizás su mente está concentrada en solventar amenazas o sumergirse en distractores y banalidades. Las primeras responden a un impulso innato de sobrevivencia y, la segunda, a una exigencia que la circunstancia y el sistema les impone, como mecanismo de adormecedor de conciencias e impedir que se conviertan en sujetos críticos.
Con relación a lo anterior, la mente pragmática, acusa Karel Kosik, no le interesa comprender el porqué de las cosas, simplemente las utiliza y desecha, consecuentemente en más de una ocasión lo hace equivocadamente. Es el mundo del traficar y el manipular, es decir, de la praxis fetichizada de los hombres que no coincide con la praxis crítica y revolucionaria de la humanidad. Mundo que cada vez más envuelve a las personas y no les permite esclarecer lo que son las cosas ni tomar el control sobre estas.
Despertar esas conciencias, hacerlas que reflexionen sobre su actuar, de cara a su circunstancia y a su naturaleza social, que se den cuenta de su situación, de lo que eso representa, constituye un reto para todo proyecto educativo que pretenda el resurgir de las conciencias para el progreso humano.
