Integridad, inteligencia y honorabilidad

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

La grandeza de un hombre no se mide por las riquezas que adquiere, sino por su integridad y su habilidad de afectar positivamente aquellos que le rodean.

Bob Marley

Parte de la naturaleza humana consiste en que es perfectible, lo que presupone que comete errores, falla, se equivoca, pero tienen la facultad de aprender de sus desaciertos y corregirlos. Sin embargo, muchos no aprenden de sus equívocos y continuamente yerran, provocando, con ello, desastres más allá de sus propios intereses, extendiéndose a los demás, siendo estos los que impactan negativamente, causando daño en la sociedad.

Pero, qué hace que las personas actúen equivocadamente, sin duda es un problema cognitivo que se patentiza en la toma de decisiones lo que hace comprender la realidad de forma incorrecta, producto de que sus herramientas necesarias para entender las cosas o son limitadas o deformadas. ¿Qué sucedió para que tales individuos no ejercitaran sus recursos intelectivos y limitaran su apreciación del mundo a lo superficial, a lo aparente y comprendieran equívocamente los hechos?

Acciones torpes y maliciosas conducen al caos. Unas, en las que todos pierden, ninguno es favorecido, otras, en las que existe un beneficiado; siendo los primeros, a los que se refería Carlo Cipolla, los más nocivos para una sociedad. «La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe», pues de su actuar no se sigue una vacua nada, sino un peligroso vacío en el que cabe toda posibilidad. Son aquellas personas que perjudican a otras personas y se perjudican a sí mismas creando un desastre en la sociedad.

El sistema capitalista, decía Karl Marx, tiene la particularidad de cosificar a los seres humanos, ya que los convierte en mercancía, los reduce a un medio para la acumulación de capital, lo que devalúa su esencia espiritual humana y los convierte únicamente en fuerza productiva al servicio de los dueños de los medios de producción. Así son esclavizados y, muchas veces, sin darse cuenta de ello.

Lo peor del sistema capitalista es que algunos trabajadores creen ser libres, pues no se dan cuenta que la supuesta libertad que gozan se ve establecida y limitada por el sistema, de conformidad con la utilidad que les represente a éste, dentro de un escenario en donde prevalecen las transacciones económicas, la compra y venta, las utilidades.

De ahí que, en un sistema social en donde impera las desigualdades, como lo es en el capitalismo, muchas personas son reducidas a la condición de seres miserables y, algunos, condenados a ese estado de desgracia antes de nacer, por lo que la respuesta es clara al porqué algunos seres humanos están condenados a la ignorancia y a pensar erróneamente sobre la realidad. Y si a eso se le suma la imposición de creencias religiosas, el resultado es aún más desastroso para la sociedad.

Otros individuos, en cambio, teniendo la oportunidad de revelarse a tal condición, son atrapados por el consumismo y los excesos que se valoran dentro del capitalismo y, así, se dejan seducir por las bondades que el sistema les ofrece. Son el tipo de personas del que hay que tener cuidado pues en ellas se conjuga la ignorancia y la perversión, propia de los antivalores que el sistema capitalista inculca.

Individuos, que pudiendo contribuir al desarrollo de la sociedad con un pensamiento crítico y reflexivo, prefieren ser siervos de los magnates del sistema, pues sueñan algún día con ser parte de ellos, aunque tal deseo solo sea una ilusión.

Y qué decir de las capas medias, responsables, muchas veces, de las crisis de gobernabilidad en muchos países, al menos en América Latina, ya que se constituyen como un ente reaccionario dado el miedo de perder el estatus que han alcanzado y la seguridad de lo poco que tienen y a lo mucho que aspiran. Por lo que reproducen las desigualdades y se muestran evasivos en cuestionar el sistema que la sustenta, a pesar de sus propias contradicciones y precariedades

A todo eso, por qué países que se dicen ser los más desarrollados de América Latina, como lo son Chile y Argentina, con mejores sistemas educativos, por encima de los demás países de la región, eligen presidentes, en sus respectivos países, a desequilibrados mentales, como es el caso de Javier Miley o a fascistas como José Antonio Kast. Al parecer, la educación de primera orden que poseen, de nada les ha servido a los chilenos y argentinos para tomar decisiones más inteligentes.

Se habla de inteligencia como la capacidad de resolver problemas, pero cómo es posible que, con una decisión equivocada, poco razonable, hunda a un país en una peor crisis de la que estaba y, no solo eso, se afecte con ello a toda una región. Presidentes lacayos, serviles al imperialismo estadounidense, defensores de acciones ilegales y criminales como las que emprende Donald Trump.

Pueda que existan personas con coeficientes intelectuales muy altos, que demuestren ser sumamente inteligentes para determinadas tareas, pero si no tienen un componente ético en su formación, si no son conscientes del compromiso que deben tener con la sociedad, con la humanidad, con el planeta, carecen de la integridad necesaria para transformar al mundo, para contribuir al progreso.

Pero ¿por qué todo ser humano, que habita en este mundo, tiene que ser responsable de su preservación? Simple y sencillamente porque habita en él, no existe, por el momento, otro en donde pueda vivir y desarrollarse. Y si el planeta colapsa, la vida también lo hará.

Es de resaltar que Integridad, inteligencia y honorabilidad son cualidades que no necesariamente se conjugan en todos los seres humanos y aunque la inteligencia, potencializada en sabiduría, debería ser la cualidad que posibilite la presencia de la honorabilidad e integridad, no ha sido así. Muchas personas que presumen de inteligentes de integridad tienen muy poco.

Se considera que Adolf Hitler fue una persona con inteligencia superior a la media, al igual que la mayoría de los líderes del III Reich, sin embargo, sus ideas, pensamientos y acciones denotaban ser personas ruines. Fue su elocuencia, inteligencia, lo que les permitió llevar a toda una nación a una confrontación mundial. En ese caso, lo preocupante sería que personas con bajo nivel intelectivo fueran capaces de llevar a Alemania a los niveles de irracionalidad y de brutalidad como lo que aconteció, en la Segunda Guerra Mundial, con gran parte de su población.

Siguiendo con la mediocridad que reiteradamente aflora en las capas medias, en países como en Guatemala, se piensa que la sola adquisición de títulos universitarios, maestrías y doctorados, automáticamente otorga un grado de inteligencia superior que debe ser reconocido por la sociedad, se olvidan que, como lo señalara David Hume, es en la práctica en donde se evidencian las habilidades humanas, es en su logros efectivos, en su legado patentizado en acciones en donde cobra sentido los títulos adquiridos.

Pero, para estos, importa más el estatus, que consideran se logra, a través de títulos universitarios. De ahí que es el grado adquirido lo que le da valor a la persona, no es la persona la que le da valor al título. Consecuentemente,  muchos exigen que se les llamen doctores, pues en ello radica su estatus e inteligencia que poseen.

Se olvidan esas personas que, como dice el dicho: Lo que natura non da, Salamanca no presta. Y es que ciertas cualidades innatas, como la inteligencia, la memoria o la vocación, no pueden ser adquiridas ni con la mejor educación. La educación potencializa las cualidades que los humanos poseen, no las instala como por arte de magia.

Adquirir un título en una universidad no necesariamente otorga la capacidad para pensar y resolver positivamente problemas, mucho menos cuando la educación superior se vuelve un negocio, en el que, si se paga, se obtienen los títulos que uno quiera para presumir.

 A pesar de ello, el cultivar la inteligencia, el estar constantemente conociendo, evaluando lo aprendido, sin ningún sesgo ni prejuicio alguno, consolida la integridad de las personas que se refleja en la honorabilidad, tan necesaria en este mundo convulso y en crisis.

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