Identidad individual e identidad cultural
Autor: Jairo Alarcón Rodas
Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él.
Tzvetan Todorov
Cada ser humano es irrepetible, tiene una personalidad, una determinada forma de ser, características que lo definen y distinguen de los demás, pero no solo eso, también que lo diferencian y lo hacen ser lo que es y no otra persona. Singularidades, rasgos, peculiaridades propias de cada individuo que constituyen su identidad.
Dentro de la lógica formal, una cosa, objeto, sujeto, solo puede ser igual a ella misma, destaca el principio de identidad, de modo que no hay dos cosas que sean iguales, siempre hay algo que las distingue, que las diferencia. No obstante, la “cosidad”, entendida como lo que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, concreta, abstracta o virtual, constituye la matriz de las infinitas y variables formas de la materia, que para el materialismo sería, epifenómenos de ésta.
Lo mismo ocurre con las personas, quienes se distinguen unas de otras por tener cada una su espacio y tiempo personal. A pesar de la identidad individual, que le pertenece a cada ser humano, todos tiene una identidad general que los identifica por lo que son, seres humanos, lo que los distingue del resto de mamíferos dentro de la gran gama de seres vivos, lo que es definido como su esencialidad.
Y así como el universo es material, nada escapa a la materia y energía que lo constituye, existen múltiples manifestaciones de este que nutren constantemente su riqueza fenoménica. De igual forma, lo humano engloba a distintas expresiones individuales que enriquecen a la especie, pero no por ello se desligan de ser lo que son, miembros de la misma especie.
Siendo las peculiaridades de cada individuo lo que los diferencia, en este caso y más específicamente, de todos aquellos que se identifican como humanos, cualidades y características que conforma lo que son. De ahí que, dentro de la homogeneidad de especie, está presente la diversidad en cada uno de los individuos.
Cada persona es diferente, se siente diferente, actúa diferente, pero a pesar de ello, como humanos que son, comparten apetencias, gustos, criterios similares, que posibilitan su conjunción como especie. No obstante, si percibo en otra persona nada más que lo superficial, percibo principalmente las diferencias, lo que nos separa. Si penetro hasta el núcleo, percibo nuestra identidad, el hecho de nuestra hermandad, ideas planteadas por Erich Fromm, en su libro El arte de amar, que reclama la necesidad de trascender lo aparente y llegar a la comprensión de las personas a través del diálogo crítico y reflexivo.
Pero ¿cómo se debe entender la identidad de cada persona? Muchos filósofos se refieren a la identidad como algo dinámico, algo en construcción que se desarrolla a través del intercambio con otras personas, Charles Taylor, por ejemplo, la une a la moralidad y al reconocimiento, dentro de un marco de valores y significados culturales compartidos. En tal sentido, la identidad que distingue a cada individuo, se establece a partir de la relación con otras personas de su misma especie. Es la apertura a lo nuevo, la que permite que personas culturalmente diferentes se puedan unir y establecer vínculos de todo tipo.
Una revisión de la antropología filosófica aclararía el tema con mayor precisión, ya que si se busca comprender lo que es el ser humano, no se debería hacer desde la perspectiva de lo accesorio, de lo superficial sino, por el contrario, desde aquello que lo identifica como especie, que requiere de un proceso intelectivo que trascienda lo aparente, con justa razón, Emmanuel Levinas, indicaba que la identidad individual no se define principalmente por la conciencia de sí mismo o por la autoafirmación, sino por la relación con el Otro.
. Y así, señala Michael Landmann, los pueblos se diferencian tanto unos como otros, incluso en aspecto, lenguaje y costumbres, y también en el interior de un pueblo hay hombre y mujer, niño y adulto, paria, príncipe real, que ya necesita una segunda abstracción para conocer que, a pesar de todas las diferencias, pertenecen juntamente a lo común humano. El reconocer que más allá de las diferencias existe lo común dentro de la especie humana, permite no solo poder dialogar al mismo nivel sino, también, descartar las diferencias que en determinado momento se convierten en signos de superioridad.
Exaltar las diferencias no hace más que distanciar a los seres humanos, los que, a pesar de ello, no se pueden desligar de las condiciones materiales de vida, las cuales afectan a todos. Así, atrapados dentro de necesidades y la búsqueda de satisfactores para disminuir la tensión, todos tiene un asidero común, el poder continuar viviendo, pasar de un estado de insatisfacción a otro de satisfacción. El cómo hacerlo resulta ser la diferencia.
A pesar de ello, todo individuo no puede hacer lo que quiera si convive en sociedad, debe poner límites a sus deseos en función de la permanencia y la consolidación social, pues es ahí en donde ha decidido vivir. Consecuentemente, puede hacer todo aquello que no afecte a los demás, ese será el límite de sus acciones si pretende vivir en armonía, sin discordia, lo cual no significa que no lo pueda hacer. En sociedades primitivas, incivilizadas, el cumplimiento de las normas básicas de convivencia es muy pobre y el refrán hecha la ley, hecha la trampa, resulta ser la regla que cobra vigencia.
De modo que tiene que existir un ente que regule su comportamiento, a través de un contrato social, que permita interactuar satisfactoriamente con otros. Pero ¿vulnera eso la identidad personal, al limitar la libertad de decisión y de acción de cada individuo? ¿Hasta dónde se le puede permitir a una persona que muestre lo que es? Los excesos tendrían que ser sancionados, pero no solo eso, todo aquello que tenga injerencia negativa en la sociedad.
Es claro que, si se pretende conformar una sociedad, no es para vivir en discordia, ya que, si se permitiera que cada individuo pudiera dar rienda a sus deseos, a eso conduciría. Se estaría en un virtual estado de guerra, como lo señaló Thomas Hobbes, en donde reinaría la desconfianza y el mutuo temor que ensombrece la posibilidad de bienestar para todos.
Regular la conducta de las personas, dentro de la sociedad, no significa limitar el derecho a su identidad, es decir, de ser lo que son como individuos, sencillamente se prescribe toda acción que ponga en peligro la cohesión entre humanos. Es por lo que a los miembros de una sociedad se les educa, se les enseña cómo se deben comportar frente a los demás, en procura del desarrollo social e individual.
El 31 de mayo de 2006 nació, en los Países Bajos, el llamado «Partido Amor al prójimo, libertad y diversidad» (en neerlandés, PNVD). Su programa contempla, entre otras cosas, reducir de 16 a 12 años la edad legal en la que están autorizadas las relaciones sexuales, legalizar la pornografía y la prostitución infantiles, y legalizar las relaciones sexuales entre adultos y niños, así como el sexo con animales. Este partido considera que la libertad a la diversidad sexual debe ser considerado un derecho legítimo.
Un miembro de ese partido y polémico activista pederasta, Marthijn Uittenbogaard, en declaraciones a Crónica, suplemento de “El Mundo”, revista española, dijo: En una sociedad perfecta, no debería ni existir edad mínima para que un niño tenga relaciones sexuales. De modo que, si se atiende a los gustos y preferencias de toda persona, respetando lo que son y a su libertad, a la diversidad y apetencia sexual, por ejemplo, cada quién podría pedir lo inimaginable, lo que determinaría un caos en la sociedad.
Los rasgos que hacen de cada persona un ser diferente no pueden ser descabelladamente distintos a lo que los identifica dentro de la especie humana. Es esa identidad de especie la que se debe conjugar con la individual, a manera de otorgar crecimiento y desarrollo, tanto al individuo como a la sociedad. Pretender ser plenamente libre en sociedad constituye una aberración que se convierte en libertinaje. Ser libre de hacer lo que les plazca no solo debe contemplar si ello afecta al otro, sino que esa acción debe ejercerse con responsabilidad.
Cada individuo tiene su identidad personal, pero ésta no puede ser tan diferente a la de los demás al extremo que impida el establecimiento de nexos sociales, comunicativos, de cooperación y la posibilidad de establecer consensos para compartir una existencia en armonía. No continuar atendiendo a lo superficial, que distancia, sino a lo esencial que nos acerca.
De ahí que la identidad de cada ser humano, debería ser, como lo señaló Charles Sanders Peirce, la coherencia entre lo que es y lo que piensa, sin máscara alguna, con autenticidad de lo que se es.
