El ejercicio del poder
Autor: Jairo Alarcón Rodas
El poder es tolerable solo a condición de que enmascare una parte sustancial de sí mismo. Su éxito es proporcional a la capacidad de ocultar sus propios mecanismos.
Michel Foucault.
Poder es un acto que se patentiza a través de la voluntad, que se hace consciente en los seres humanos y que los mueve, o no, a la acción, entiéndase por la capacidad de… Por ejemplo, la racionalidad otorga a las personas la posibilidad de razonar, de emprender acciones reflexivas, sin embargo, los individuos pueden o no actuar racionalmente, pues muchas veces lo hacen impelidos por la emotividad, es decir, irreflexivamente, a pesar de que tienen la capacidad de razonar.
Tal aspecto es planteado con claridad por Aristóteles en La Metafísica, a partir de su definición de potencia y acto. De ahí que potencia y acto son dos entidades en una. Por un lado, la realización plena de las potencialidades de un ser y, por otro, la energía que hace posible su consumación. Puedo, entonces tengo la posibilidad de realizar algo a instancias de mi voluntad, pero no como condición necesaria sino contingente. Por lo tanto, el poder se entiende como capacidad de decisión o de acción; así, una persona puede abrir o cerrar una puerta, tomar la decisión de hacerlo y seguidamente consumar el hecho.
En sentido general, Aristóteles señala que la potencia es la posibilidad de producir un cambio o de sufrirlo, de ahí que identifica dos tipos de potencias, una activa y la otra pasiva. La activa consiste en la capacidad de producir un cambio en sí o en otro y la pasiva consiste en la capacidad de sufrir un cambio, lo que recuerda el movimiento de traslación y alteración, planteado por Parménides tiempo atrás. Potencia es la posibilidad de cambio, consecuentemente el poder es la capacidad de generarlo.
El poder mueve a la acción y, en el caso de los humanos, es lo que manifiesta sus potencialidades, sus cualidades, es lo que define lo que son. Como entelequia humana, el poder tiene un marco de acción en sociedad que lo limita, de ahí que Norberto Bobbio considera que el poder sin derecho es ciego y el derecho sin poder queda vacío. Tanto el uno como el otro dependen entre sí para darle sentido y legitimidad a las acciones humanas.
Así, ejercer el poder sobre otros es una de las inquietudes humanas que lleva consigo una acción determinada, tendente a la realización de un objetivo. En ese ejercicio, se toma cierto control sobre la voluntad de aquellos que, por ley o por la fuerza, están sujetos a un orden jerárquico, dicho de otra forma, es hacer que aquellos, en los que recae un mandato, lo cumplan, lo que consuma el poder-sobre.
Pero, cómo se obtiene el poder-sobre, este puede adquirirse a través del ejercicio democrático, es decir, se obtiene a través del sufragio o por designación expresa de otros en cumplimiento de un contrato social, de normas y leyes previamente fundadas y aceptadas, en la que se establece una relación de subordinado y autoridad, de jefe y subalterno. Sin embargo, también se ejerce imponiéndolo por la fuerza, es decir, implantando el terror, el miedo, por medio de una dictadura.
Consecuentemente, el poder puede ser genuino o ilegítimo, uno basado en la concesión espontánea y el otro en la imposición. De ahí resulta que hay personas que se someten dócilmente al poder y otras, en cambio, se resisten. Según Max Weber, el poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad. Siendo así, el poder se caracteriza por la imposición de la voluntad del más fuerte sobre el débil, condición que, sin lugar a duda, es la que más ilustra el comportamiento de los seres humanos en sociedad.
No obstante, el vivir dentro de una sociedad obliga a quien participe de ella, a que se someta a las normas y leyes que la regulan, a someterse a un marco legal, lo que le otorga, a su vez, derechos y obligaciones; pero en ese ejercicio colectivo de convivencia, surge la necesidad de que alguien ejerza el poder y es precisamente en quién lo ejerce, es decir, cuando recae en tiranos y déspotas, por ejemplo en una dictadura, que se vuelve ilimitado, al margen de las normas de convivencia social, que se pervierte, surgiendo con ello los atropellos y abusos.
Trayendo nuevamente a colación la idea de Norberto Bobbio, que el poder genuino tiene que basarse en el derecho, este no puede ser en ningún caso ilimitado. Sin embargo, su ejercicio ha sido plagado de excesos a lo largo de la historia, en detrimento de las relaciones de convivencia. Así, es ampliamente conocida la crítica que John Acton le hace al ejercicio del poder, al decir, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, En este caso, según Acton, es en el poder en donde recae el problema y no en las intenciones y acciones perversas de quien lo ejerce.
¿Qué tan importante es el poder en una sociedad? Sin duda, es el arma predilecta de los políticos que, a través de sus acciones espurias, en muchos países del mundo y a lo largo de la historia, lo han envilecido, desvirtuando su genuino valor, pervirtiéndolo para su conveniencia o en beneficio de grupos sectarios, separándolo de cualquier precepto normativo o ético. Consecuentemente, decía Ignacio Martín Baró, cuando la relación de poder carece de suficiente justificación moral, uno de los mecanismos más accesibles para tranquilizar la propia conciencia es la devaluación de la víctima. Demeritar al otro, para justificar toda acción criminal, como la ejecutada por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, es lo que genera el poder arbitrario.
El ejercicio del poder requiere de la obediencia que, para efectos prácticos, también constituye un acto de voluntad. Sin embargo, en las relaciones de poder que se desarrollan dentro de la sociedad, es indiscutible que unos manden y otros obedezcan. Pero por qué obedecer, por qué someterse a un poder cuando este es ilegítimo, Max Weber hace referencia a la disciplina y así, cuando se educa para obedecer, se obedece, en virtud de actitudes arraigadas, sea pronta, simple y automática. En este caso se enseña a obedecer, a cumplir órdenes, a someterse al poder como parte de una estrategia de dominación.
John Holloway, en su libro Cambia al mundo sin tomar el poder, resalta la diferencia que existe entre el poder-hacer y el poder-sobre, señalando que, mientras que el poder-hacer es un proceso de unir, el unir mi hacer con el hacer de los otros, el ejercicio del poder-sobre es, separación. En este caso el poder-hacer elimina la verticalidad que se establece en el poder-sobre, en donde la obediencia es indiscutible, y no solo fortalece la creatividad que se da a partir de la interacción humana, sino también la solidaridad. Por el contrario, el poder-sobre es la ruptura del flujo social del hacer. Es el tipo de poder que tiende a los excesos y a la perversión.
Consecuentemente, el reto es formar a los individuos en la cultura del poder-hacer y, con ello, darle sentido ético a una cualidad humana que no está libre de excesos y perversiones, que se corrompe a partir del poder-sobre. Y como lo señalaba Hannah Arendt: El poder sólo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales… Es el sentido humano, unido no solo al derecho, sino a los valores éticos, lo que dará el valor genuino al poder.
