El dogmatismo y la objetividad en la verdad

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

No escuchándome a mí, sino a la razón, sabio es reconocer que todas las cosas son una.
Heráclito

No es lo mismo una verdad revelada, que conduce al dogmatismo, que una verdad evidente. En lo evidente ha y una correspondencia entre lo fáctico y los contenidos de conciencia, de tal modo que, si experiencialmente llueve, necesariamente está lloviendo, es una verdad evidente e irrefutable.

Pero, ¿qué decir de aseveraciones que parten de una autoridad, las que incorrectamente se aceptan como verdaderas sin un previo análisis reflexivo? Mucho de eso lo tiene el dogmatismo religioso, en el que si toda proposición o juicio es producto de una verdad revelada debe ser aceptada como tal. En este caso, Dios resulta ser el artificie de la verdad que no admite cuestionamiento alguno.

Caso similar ocurre en el campo político con algunos caudillos, líderes, dictadores; por ejemplo, la palabra de Adolf Hitler era incuestionable dentro del fascismo alemán, lo mismo ocurrió con los planteamientos de Iósif Stalin, en tiempos de la Unión Soviética. De modo que ser dogmático es aceptar como válida la propuesta, de modo que es anticientífico aceptar sin previo análisis una verdad y es antidialéctico pues la verdad, siendo objetiva, no es absoluta, es dialéctica.

Dentro de la mitología religiosa, en la que se acepta divinidades, que constituyen el centro de todo, la palabra de Dios es considerada una verdad incuestionable, una verdad revelada e irrefutable, pero tienen algún sustento argumentativo valedero lo que se dice en los llamados “libros sagrados”, es la palabra de Dios. Simplemente es la palabra de Dios porque Dios se la reveló a algunos personajes, lo que resulta una falacia de petición de principio, es decir que lo dicho en ese texto escapa a la comprensión racional humana. En este caso, se debe aceptar por fe y no por razón o entendimiento lo referido ahí.

Por ejemplo, en la Biblia judeocristiana, hay toda una serie de mandatos divinos, que representan la palabra de Dios y que resultan ser repulsivos, cuestionables e irracionales, pero porque son considerados la palabra del creador, deben ser aceptados sin reparo alguno.

Siguiendo con el planteamiento religioso del cristianismo, lo que diferencia a los seres humanos de los demás animales, según la Biblia, es el criterio y el poder de decisión, de modo que, si se limitan esas cualidades, cómo quedaría la condición humana. Ser obediente o ser un agente crítico es el dilema.

Las ataduras de cualquier tipo tienden al dogmatismo acrítico, sea este de tipo religioso, político o seudocientífico. De ahí que, cuestionarlo todo, no aceptar como valedero sino solo aquello que sea evidente, claro y distinto como lo argumentó René Descartes en su Discurso del Método, tendría que ser el proceder humano, es decir, la duda metódica. No obstante, para el común de las personas, prevalecen más los juicios de valor, las simpatías, los sesgos de confirmación que le cierran las puertas a nuevas formas de ver el mundo y a lograr resaltar la objetividad de las cosas.

Para los subjetivistas, la verdad y la moralidad dependen del individuo, de la subjetividad y la experiencia personal, en lugar de verdades absolutas y universales. En respuesta a tal planteamiento, es claro que la verdad es subjetiva desde el momento que es el sujeto quien, tras un esfuerzo cognitivo, logra hacer corresponder dialécticamente la realidad con los datos de conciencia.

Consecuentemente, si se atiende al planteamiento de Protágoras de que cada persona ve y juzga la realidad de acuerdo con su particular criterio, es difícil cuestionar tal aseveración pues, por lo general, el comportamiento humano es así, debido a la capacidad cognitiva de las personas, pero que ello sea así no significa que ese sea el proceder correcto o que se desvirtúe con ello el criterio objetivo de la verdad.

Tal correspondencia, que se traduce en verdades, es necesaria para comprender el cosmos y, desde luego, para actuar con propiedad en él. Cómo sería el proceder de la ciencia si no existieran certezas, si todo fuera azaroso, según el cristal del espectador, ya no sería ciencia, ya que una de las características de esta es que es objetiva, se basa en hechos y no en simples opiniones.

Cómo es que los subjetivistas actuales plantean que la verdad es una construcción intersubjetiva y, paralela a ello,  pasan por alto las creencias dogmáticas que se constituyen en verdades irrefutables, como los dogmas de la religión. El porqué de tal proceder se debe a que resulta ser lo que le conviene al sistema, mientras más se difunda la subjetividad, la unidad de criterio desaparece, ya que la opinión subjetiva no amerita ni profundidad ni criterio racional para emitirse, únicamente el consenso, que regularmente se sustenta en una autoridad, en el poder.

Epistemológicamente, las implicaciones que trae consigo el subjetivismo son terribles. Si todo fuera subjetivo, si no existiera la objetividad, el desarrollo de la ciencia sería impensable. Temas como la ley de la gravedad, planteada por Isaac Newton, resultaría ser contingente, pues para algunos constituiría una verdad mientras que para otros una ficción, así como que el planeta tierra fuera plano, tendría que ser aceptado, aunque a todas luces constituye una aberración tal afirmación.

La ley de la gravedad constituye una verdad que permite comprender las construcciones de ingeniería, es fundamental para calcular fuerzas, diseñar estructuras estables y gestionar el movimiento de fluidos en sistemas como acueductos y desagües, es fundamental, ya que permite calcular la fuerza de atracción entre objetos, lo que es crucial para diseñar y construir estructuras seguras como edificios, puentes y presas.

No digamos para la aerodinámica, para los vuelos de aviones pues define la fuerza de «peso», una de las cuatro fuerzas principales que actúan sobre una aeronave. En fin, sería una locura considerar que no es una verdad objetiva, dentro de las dimensiones espaciotemporales de este planeta y del universo. Consecuentemente, decir que la realidad está sujeta a la apreciación subjetiva de cada persona, es una incongruencia ante la facticidad del universo.

Otra cosa sucede en cuanto a la verdad en el campo social, en el que el accionar humano resulta ser subjetivo y complejo, por lo que surge el criterio de verdad consensuado. Pero, que este surja a partir del consenso intersubjetivo de las personas, no significa que se aparte de la realidad fáctica, de los hechos objetivos, ya que sostiene que una proposición es verdadera si se puede alcanzar un acuerdo sobre ella a través de un diálogo racional y libre en el que todos los participantes están en igualdad de condiciones, que reclama el asentimiento intersubjetivo basado en justificaciones. De modo que en este criterio de verdad es imprescindible la racionalidad para lograr acuerdos y no a partir de meras opiniones inciertas.

Karl Marx evidenció la relación de explotación que existe entre el patrono y el trabajador asalariado como una verdad objetiva y aunque los que manejan criterios subjetivistas, defensores del capitalismo, afirman que no existe tal relación de explotación, lo cierto es que la apropiación del valor excedente que el trabajador crea es real, es evidente.

En síntesis, aceptar verdades sin cuestionar si realmente lo son, representa un proceder acrítico e irreflexivo, digno del ignorante, condición que es aprovechada por aquellos que imponen su criterio, a partir de mensajes persuasivos que estimulan el aspecto emocional, para beneficiarse con ello. Cuando la verdad está sustentada en un interés particular se desvirtúa convirtiéndose en una estrategia de poder-sobre. De ahí que Antonio Machado dijera, quizás inspirado en Heráclito, ¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela. 

El ascenso de la oscuridad a la luz constituye un camino arduo, que requiere de un esfuerzo reflexivo, muchas veces doloroso, pero necesario para lograr develar la verdad de las cosas, que no siendo absoluta es objetiva. En un mundo en el que cada vez más la verdad es ocultada, tergiversada, en donde la mentira se impone, vale la pena seguir empecinados en esclarecerla. 

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