El cuerpo, vehículo existencial de todo ser humano
Autor: Jairo Alarcón Rodas.
¿Y si el cuerpo no hace tanto como el alma?
Y si el cuerpo no fuera el alma, ¿qué es el alma?
Walt Whitman
Trascender de la nada a la existencia requiere, de todo ser vivo, una corporeidad del ser existente, es decir, del ente, al que hacía referencia Martin Heidegger, que les permita estar y no permanecer ausentes. Ya que todo ser viviente necesita de un cuerpo, que le dé acceso a la existencia, que le dé la posibilidad de sobreponerse a la nada, nada que dispone y requiere de condiciones para que se manifieste el ser.
Heidegger señalaba que la nada no es una ausencia o vacío, sino una realidad que trasciende a los entes y es fundamental para la experiencia humana del ser y la libertad. Es lo que hace posible que los entes se manifiesten y sean comprendidos por el Dasein, el -ser ahí-, que se refiere al modo de ser propio de los seres humanos.
Lo fenoménico, que da lugar a lo óntico, hace referencia a los entes, es decir, a los objetos o cosas que son y existen en el mundo, poseen una finalidad y una presencia que, en el caso de los seres vivos, constituye su armazón biológica, condición que sitúa, en la vida, tanto a seres simples como complejos, a unos más evolucionados que otros.
Comparar a una medusa que posee una corporeidad simple, filamentosa, acorde a las necesidades de su naturaleza acuática, con un mamífero que posee una estructura más compleja, producto de largos años de evolución y de adaptación, son ilustrados a partir de los atributos físicos, naturales, que poseen los seres vivientes en su paso por la vida.
Consecuentemente, la naturaleza biológica se manifiesta a través de determinadas corporeidades. No es lo mismo el cuerpo que pueda tener un animal terrestre que uno que vive en el agua ni la de un ave que resida en las alturas. Es decir que cada cuerpo se desarrolla en función de los requerimientos que demanda su naturaleza, a partir de su código genético, propio de cada ser vivo, los que el humano no son la excepción.
Para que nazca un ser vivo son necesarias toda una serie de requerimientos biológicos y condiciones ambientales, exigencias que van de lo simple a lo complejo, según sea la especie. No son muchos los planetas que, en el universo conocido, tienen las condiciones para que surja la vida, para que se desarrollen los seres vivos y, en el excepcional caso de La Tierra, todo se deriva de un complejo y extraordinario enjambre de circunstancias que se conjuntaron para dar por resultado al que hoy es llamado el planeta azul.
Por consiguiente, para que surja una bacteria se requiere de la disponibilidad de nutrientes (fuentes de carbono, nitrógeno, agua y sales minerales), una humedad adecuada, un pH apropiado y una temperatura favorable, además de un determinado tiempo para su desarrollo, ya que las bacterias se reproducen por fisión binaria, duplicándose a sí mismas. Constituyéndose en requerimientos mínimos, comparados con los que requiere un animal superior.
Y así, para que se produjera un ser humano, millones de años de desarrollo evolutivo de la vida tuvo que suceder para que al final un óvulo dotado de información genética, con 23 cromosomas, junto a un esperma con igual cantidad de cromosomas, que al unirse determinaran la fertilización de un embrión humano. Aunque parezca un acto fortuito, el resultado constituye un evento sumamente complejo y fascinante.
Así, en el humano, su cuerpo constituye el vehículo necesario que le permite existir y tener la posibilidad de ejercitar sus cualidades esenciales, su razón y, con ella, la conciencia. Su posición erguida, sus pies aerodinámicos, constituidos con una serie de pequeños huesecillos, tendones y articulaciones que hicieron posible que soportara una columna vertebral, una caja torácica y una cabeza con un cerebro altamente desarrollado.
A pesar de ello, la condición de bipedia determinó, para el ser humano, una relativa inestabilidad corporal y lentitud en su movilidad, comparada con los demás mamíferos cuadrúpedos. No obstante, el erguirse le permitió una mejor visibilidad, la liberación de sus extremidades superiores y, con ello, el desarrollo de sus manos. Fue así que aumentó su capacidad neuronal que se tradujo en desarrollo para su cerebro y la activación de miles de neuronas.
La importancia que tuvo la liberación de sus extremidades superiores y el desarrollo de sus manos, que trajo consigo, la manipulación más precisa de los objetos, lo que determinó no solo una motricidad fina sino, también, aumentó su capacidad cognitiva, permitiéndole la construcción de herramientas y el desarrollo del pensamiento abstracto.
Con su andar erguido, adquirió una mejor eficiencia energética para recorrer grandes distancias e, igualmente, una mejor regulación de la temperatura corporal, al exponer menos sus pies al sol, siendo ese un paso crucial para su evolución. Era esa la precisa forma que debería tener su cuerpo, dadas sus capacidades y atributos que se fueron desarrollando con el paso de los años.
A través de la agudización de sus cinco sentidos aumentó su capacidad reflexiva y, por ser esas las ventanas que le permitieron interactuar con su medio, tomar contacto con lo otro y examinar lo que había observado, activó aún más el desarrollo de su corteza cerebral, lo que redundó en su desarrollo racional.
Y así, los seres humanos respiran por la nariz, sus pulmones filtran el aire que toman del ambiente, lo que fue posible tras millones de años de evolución, resultado de que los primeros seres vivientes se atrevieron a salir de las profundidades de los océanos y mares, ya que fue ahí en donde se originó la vida.
En consecuencia, únicamente se puede pensar en un determinado ser vivo a través de su corporeidad, es decir, de la forma de su cuerpo, con sus cualidades específicas, manifiestas fenoménicamente. Sería impensable que un elefante pudiera volar, su cuerpo no está diseñado para eso. En el caso de los seres humanos, su cuerpo ha evolucionado para ejercer la función de humanos, lo que, junto a su finalidad, lo define.
Pienso luego existo decía René Descartes, al margen de lo anfibológico que pueda resultar ese razonamiento, es claro que, si se piensa, se existe, pero la existencia requiere de un vehículo que haga posible, no solo la estadía transitoria de toda persona en el escenario de la vida sino, también, su presencia sobre la nada, que posibilite su desarrollo.
Los pensamientos surgen en los seres humanos como resultado de una función cerebral que determina la activación de neuronas y dendritas, de neurotransmisores, proceso que implica complejas conexiones, que son posibles gracias al funcionamiento vital de órganos y de sistemas vinculados entre sí, sin los cuales no serían posibles la producción de ideas, pensamientos ni la presencia de la conciencia.
Conciencia que es el resultado de procesos físico-materiales, posibles únicamente en seres altamente evolucionados como lo son los seres humanos. De ahí que verse a uno mismo como objeto de análisis y de conocimiento, resulta ser la conciencia. Conciencia que no es posible sin la existencia de un cuerpo vivo.
Se hace necesario, por lo tanto, cuidar el cuerpo, cultivarlo para posibilitar, preservar al yo-existente y exaltar en éste la conciencia. En un cuerpo inexistente o marchito, inerte, por el paso de la muerte, ser consciente no es posible.
Siendo el cuerpo el vehículo que permite a todo ser humano ser consciente de todo lo que es posible realizar fenoménicamente en el mundo y de mucho más, con la muerte, tal conexión termina y, con ello, finaliza la existencia en el mundo. Con suficiente razón, Hegel decía que el cuerpo es la manifestación externa del alma o la conciencia individual y colectiva y no solo eso, es lo que permite la estancia temporal de toda conciencia individual.
Ya el poeta romano Juvenal precisaba la importancia de la unión de la mente y el cuerpo al decir que una mente sana solo es posible en un cuerpo sano. Es más, si no hay cuerpo no puede haber mente. Anteriormente, fueron epicúreos y los estoicos los que evidenciaron la relación de dependencia entre el cuerpo y espíritu, aspectos que no pueden estar separados durante la existencia de un ser humano. Recordemos que el alma, para los griegos, es la psique y que ésta se identifica con la mente. Epicuro señalaba: El cuerpo, en lances de amor, es parte indispensable del alma, tanto una como la otrason materia compuesta de átomos.
Y qué decir entonces del pensamiento de Pitágoras, para quien el cuerpo es una cárcel para el alma que limita la propia naturaleza de esta, que es divina e inmortal. Es “acaso” el enunciado del filósofo de Samos un pronunciamiento que desprecia el cuerpo o, por el contrario, insta a su exaltación para ennoblecer aún más el alma. Recordemos que éste, recomendaba el cultivo de cuatro disciplinas para el desarrollo integral de todo ser humano: la matemática, la filosofía, la música y la gimnasia.
A pesar de ello, la conciencia puede residir en un cuerpo dañado, incluso mutilado, no obstante, son necesarias las conexiones neuronales, el funcionamiento del cerebro, para que su ejercicio sea posible y éste depende de al menos de las funciones necesarias de un cuerpo para que eso suceda. Recordemos que la grandeza de los seres humanos consiste en su conciencia, atributo con el que exploran el macro y microcosmos, lo propio y lo ajeno, que unida a la voluntad y el ejercicio corporal le permite actuar, lo que únicamente es posible a partir de la vida.
De ahí que el ser humano puede adentrarse al igual que en las profundidades del universo, en los confines de psiquis, del yo presente. Si existe un hecho maravilloso, que debería ser considerado y valorado extraordinariamente, al margen de toda explicación dogmática y religiosa, este es el suceso de la vida.
Pero, también existe la dimensión estética del cuerpo humano, ya que, al ser conscientes de su naturaleza, de su aspecto fenoménico, al poderse ver y juzgar sensiblemente, las formas cobran importancia para las personas, lo que origina lo bello y sus formas. Y así, el cuerpo no es simplemente un vehículo, un amasijo hecho de cuerdas y tendones como diría el poeta, un simple accesorio que les permite transitar por la vida sino, también, inspiración para lo sublime, para lo bello.
Juzgar desde la razón la corporeidad que cada uno posee, saber que el cuerpo constituye el vehículo en donde se acoge la conciencia, mientras se es vivo, le da un valor significativo a éste. Valorar todo lo que a través de la corporeidad es posible: mirar, hablar, saborear, oler, tocar, deleitarse con ello y reflexionar, a pesar de que, con el tiempo, cada célula, órgano, tejido corporal, pierde su vitalidad, envejecen, enferman, mueren y, con ello, se pierde también todo aquello que fascinaba, consternaba, sorprendía. Lamentablemente la muerte del cuerpo es también la de su ser.
