«Con vosotros queda mi esperanza» – Lo que nos dejó Otto René Castillo
Recordar a Otto René Castillo cada 23 de marzo no es un gesto meramente conmemorativo. Se trata de un acto profundamente político y ético. Es un gesto que también perturba la memoria y narrativa dominante que reprime a quienes les causan pesadillas. Su significado hoy, en el siglo XXI, en una época de policrisis, se ha intensificado más que diluido.
Castillo encarna una idea de la poesía que rehúsa separarse de la historia. Una poesía que odia la indiferencia. Frente a una tradición que muchas veces estetiza el dolor o lo vuelve abstracción, su obra insiste en que la palabra debe tomar partido.
Hace dos mil
años,
un hombre se levantó
contra los ricos.
Buscó a sus partidarios
entre la gente sencilla y buena.
Se rodeó de esclavos y gladiadores:
campesinos, pescadores, albañiles.
Lo siguieron
los hambrientos de su tiempo,
los más pobres de todos.
Y como se levantó
contra la clase de los ricos,
en nombre
de la clase de los pobres,
fustigando a los poderosos
con la violencia de su sangre en pie,
y hablando ásperamente de lo noble
y altamente hermoso de la vida
en libertad
fue sacrificado
junto a los suyos,
por la clase de los ricos,
sin misericordia alguna,
él, que era todo coraje y dignidad!
Su célebre poema, “Vámonos patria a caminar, yo te acompaño”, no es solo expresión de algo lírico. Es una declaración de militancia enraizada en la experiencia visceral del hambre, la exclusión y la muerte. Hoy, en un contexto global marcado por guerras, crisis climática y desigualdades extremas, esa interpelación sigue vigente. Nos pregunta: ¿desde dónde hablamos? ¿Para quién escribimos? ¿Qué riesgos estamos dispuestos/as a asumir?
Tú no la ves venir.
Ella está siempre contigo.
En el lejano fondo de ti,
obrero de mi país,
agazapada como un recuerdo.
Ella parla en gris con la mañana,
por el rostro de tus hijos,
de tu pobre y tu callada mujer,
y de tu gesto más amargo,
que no terminó nunca
de apartarse de ti.
Ella se despierta
todas las madrugadas,
cuando la noche
es todavía joven para ti.
Y cuando para ti y los tuyos
llega la noche,
el día no ha terminado
todavía para ella,
que se sigue alimentando
de las pocas fuerzas
que te ha dejado el patrón.
Ella sólo puede pronunciar
una palabra
en todos los idiomas:
comer.
Y cuando no tienes con qué,
entonces ella, rabiosa que es,
te muerde hasta que ya no te quedan
ni siquiera fuerzas para poder llorar.
Y tú, como nadie, sufres,
porque también los tuyos
alzan sus tristísimos ojos
y se quedan viendo el horizonte
todo el tiempo
como si el alba
de los peores días
aún estuviera por llegar.
Ella tiene un patrón,
obrero de mi país,
el mismo que tienes tú.
Y sólo cuando te liberes de verdad
se habrá acabado ella para ti.
La tendrás domesticada, en tus manos.
Y no tendrás campanas suficientes
para repicar en grande tu alegría.
Entonces los tuyos ya no verán
la distancia, obrero de mi país,
como si el alba de los peores días
aún estuviera por venir.
En ese sentido, su figura funciona como memoria encarnada del terror estatal, de la violencia estructural en América Latina, del despojo sistémico que genera hambre y miseria, pero también de la esperanza y audacia revolucionaria que atravesó el continente.
Los que no ven
nos dicen ciegos,
pero tú nos has enseñado
a ver el color
del tiempo que viene.
Los que no oyen
nos dicen sordos,
pero tú nos has enseñado
a escuchar en todas partes
el ágil sonido
de la ternura humana.
Los cobardes nos dicen cobardes,
pero contigo nos enfrentamos
a las sombras
y les cambiamos el rostro.
Los criminales nos dicen criminales,
pero contigo revivimos la esperanza,
le marcamos el alto al crimen,
a la prostitución,
al hambre.
Y le ponemos ojos,
Voz,
oídos,
alma,
al corazón del hombre.
Los racistas nos dicen antihumanos,
pero contigo le damos al odio
su tumba mundial
en la ciudad de los abrazos.
Nos dicen tantas cosas.
Y los que las pronuncian
olvidan,
estúpidos que son,
que sus nietos amarán mañana jubilosamente
la palabra estrellada
de tu nombre: revolución
Hoy, cuando nuevas formas de autoritarismo, guerra jurídica y corrupción emergen y consumen la vida y obra de tanta gente, su vida nos recuerda que la violencia contra proyectos emancipadores no es pasado, sino continuidad.
A pesar de todo,
han sido muy pocos los traidores,
los que un día
temblarán
ante la furia
múltiple
del pueblo
y pedirán perdón
y serán dura,
cierta,
justamente
castigados,
porque ellos
siempre supieron
lo que estaban haciendo.
Una de las dimensiones más poderosas de Castillo es la coherencia entre vida y obra, ética y escritura. No fue solo un poeta que escribió sobre la revolución; fue un sujeto que decidió incorporarse a ella.
Sabéis,
me hubiera gustado
llegar hasta el final
de todos estos ajetreos
con vosotros,
en medio de júbilo
tan alto. Lo imagino
y no quisiera marcharme.
Pero lo sé, oscuramente
me lo dice la sangre
con su tímida voz,
que muy pronto
quedaré viudo de mundo.
En una época como la nuestra donde la crítica puede volverse performativa, mediática o incluso mercantilizada, donde prevalece la razón cínica o la mendacidad corrupta, su figura plantea una tensión incómoda, esadistancia entre discurso y práctica.
Por ello pido que caminemos juntos. Siempre
con los campesinos agrarios
y los obreros sindicales,
con el que tenga un corazón para quererte.
Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.
Castillo nos obliga a repensar la figura del intelectual hoy: ¿observador/a? ¿crítico/a externo/a? ¿o participante comprometido/a?
Un día
el apolítico
intelectuales
de mi país
será interrogado
por lo más simple
de nuestro pueblo.
En el contexto actual, marcado por crisis ecológica, guerras y nuevas formas de dominación digital, la obra de Castillo puede leerse desde una clave ampliada. Su amor por la “patria” puede reinterpretarse como defensa del territorio, el medio ambiente y la vida. Su denuncia de la injusticia conecta con luchas indígenas, campesinas, populares y ciudadanas actuales. Y su horizonte emancipador dialoga con propuestas contemporáneas como el Buen Vivir o el ecosocialismo.
Mañana me amarán los ríos
por haber pegado propaganda
en la noche de la patria:
ellos se encargarán de recordar
mi nombre.
Y con su rostro de sonrisa
la más humilde campesina
escribirá la poesía de amor
que no salió de mi garganta.
El rostro de un niño alimentando
escribirá lo que detuvo
un grito de combate en mis arterias.
Las palomas volando entre la espuma
serán lágrimas de amor que no temblaron
en mis párpados.
Mañana, cuando no intervengan en Corea
para rodear de sombras la sonrisa
y no quieran detener la roja estrella
que llevan los quetzales en el pecho,
entonces los poetas
firmarán su canto con rosales.
Quizás el mayor significado de Otto René Castillo hoy es su resistencia al cinismo, la indiferencia y la desesperanza. En tiempos donde predomina la idea de que “nada puede cambiar” y “todo sigue igual”, su voz insiste en lo contrario. Su voz insiste en que la historia sigue abierta, que la dignidad no es negociable y que la esperanza puede ser una forma de lucha.
Los hombres de aquí
no han sido libres jamás.
A muchos ya ni les importa
si la cadena es gruesa
y más gruesa cada día.
No les conmueve saber
que la patria
como una triste y dulce
golondrina,
agoniza lentamente,
rodeada por el frío
y la miserable indiferencia
de sus hijos.
Ni tú conoces,
además,
la torpe dictadura
que sufrimos en mi país.
Ni has perdido
jamás tu libertad.
Recordar a Otto René Castillo hoy es afirmar tres cosas fundamentales. Primero, que la poesía puede ser una forma de intervención histórica. Segundo, que la memoria de los/as vencidos/as y las víctimas sigue estructurando las resistencias del presente. Y, tercero, que la coherencia ética entre palabra y acción sigue siendo una exigencia radical e ineludible.
Compañeros míos
yo cumplo mi papel
luchando
con lo mejor que tengo.
Qué lástima que tuviera
vida tan pequeña,
para tragedia tan grande
y para tanto trabajo.
No me apena dejaros.
Con vosotros queda mi esperanza.
Quizás, sobre todo, recordar a Castillo en el presente es volver a escuchar su pregunta implícita, dirigida a nosotros/as: ¿qué significa hoy “acompañar a la patria” y a quién llamamos patria en un mundo fracturado y en crisis?
Un día,
los intelectuales
apolíticos
de mi país
serán interrogados
por el hombre
sencillo
de nuestro pueblo.
Se les preguntará
sobre lo que hicieron
cuando
la patria se apagaba
lentamente,
como una hoguera dulce,
pequeña y sola.
No serán interrogados
sobre sus trajes,
ni sobre sus largas
siestas
después de la merienda,
tampoco sobre sus estériles
combates con la nada,
ni sobre su ontológica
manera
de llegar a las monedas.
No se les interrogará
sobre la mitología griega,
ni sobre el asco
que sintieron de sí,
cuando alguien, en su fondo,
se disponía a morir cobardemente.
Intelectuales apolíticos
de mi dulce país,
no podréis responder nada.
Os devorará un buitre de silencio
las entrañas.
Os roerá el alma
vuestra propia miseria.
Y callaréis,
avergonzados de vosotros.
Castillo fue asesinado en 1967, en el contexto de la escalada represiva y contrainsurgente que ya se cernía muy violenta en Guatemala. Su muerte simboliza a toda una generación de intelectuales, campesinos, estudiantes y militantes comprometidos con la esperanza que fueron eliminados. Una generación truncada. Un sueño ahogado.
Qué lástima que tuviera
vida tan pequeña,
para tragedia tan grande
y para tanto trabajo.
No me apena dejaros.
Con vosotros queda mi esperanza.
La poética militante de Otto René Castillo, forjada en medio de la violencia y la urgencia histórica, no es distinta del gesto que John Berger identifica y anticipa cuando lo nombra: el paso de la confianza en la razón futura hacia una poesía que responde a la herida del presente:
Durante los siglos XVIII y XIX, la mayoría de las protestas más directas en contra de la injusticia social se hacían en prosa. Eran discursos lógicos escritos con el convencimiento de que, llegado el momento, el mundo volvería a entrar en razón, y de que, al fin y al cabo, ésta está del lado de la historia. Hoy esto no está tan claro. No hay nada que garantice ese final. No es muy probable que una era futura de felicidad universal vaya a redimir el sufrimiento del presente y del pasado. El mal es una realidad constante, difícil de erradicar. Todo esto significa que la resolución, el aceptar el sentido que hemos de darle a la vida, no puede quedar aplazada por más tiempo. No podemos fiarnos del futuro. El momento de la verdad es ahora. Y cada vez más, será la poesía, y no la prosa, la receptora de esta verdad. La prosa es mucho más confiada que la poesía; ésta habla a la herida inmediata.
La esperanza de Castillo no era postergar el sentido de la vida hacia un futuro indefinido, sino que pudiéramos cultivar la capacidad de responder a la herida inmediata.
fuente Blog #RefundaciónYa
