Asumiendo la condición de humano
Autor: Jairo Alarcón Rodas
Vaya con suerte quien se crea astuto porque ha sabido acumular objetos. Pobre mortal que, desalmado y bruto, perdió el amor y se perdió el respeto
Silvio Rodríguez
Las personas, con sus virtudes y miserias, muestran lo que realmente son a través de sus acciones en múltiples escenarios, de ahí que sean el resultado de lo que plasman en sus actos. Sin embargo, muchas veces esconden sus verdaderas intenciones, enmascarando con atuendo de honestidad, veracidad y nobleza lo que son.
El arte de la seducción persuasiva es una forma de convencer a partir de lo que no es, es decir, por medio del engaño. Y a pesar de que las apariencias son la puerta de acceso a lo que las cosas son, como bien lo señalara Kosik, el fenómeno puede ocultar lo que son si se pierde de vista la esencia. Es común escuchar en círculos sociales que nadie es absolutamente honesto, que todos tienen facetas de maldad y de bondad, justificando así cualquier tipo de proceder. De esa forma es el comportamiento de los seres humanos, esa es su naturaleza, señalan.
Siglos han pasado, milenios y aun no se ha superado, dentro del accionar individual y colectivo, valorar a las personas a partir de las apariencias. Consecuentemente, se juzga y estima a los individuos por lo que muestran, por lo que poseen y no por lo que son. Lo accidental resulta ser lo preponderante, la piel blanca se cotiza más que la oscura y hasta se concibe a un dios que tiene preferencias por un pueblo, “su pueblo elegido”, por causa de su origen étnico. Interpretación antropomórfica que deja muy mal parado a un dios que discrimina a los miembros de su propia creación y tiene preferencias.
Es claro que los seres humanos están condenados a un mundo fenoménico, a lo que parece o aparece, pero no hay que confundir lo que significa las apariencias, lo sensiblemente susceptible de ser aprendido, de lo que son las falsas apariencias, lo que está investido de mentira y engaño. Millones de cristianos, de judíos, musulmanes, que dicen profesar su religión con el objetivo de ser mejores personas, responsables de sus actos, no lo son ya que interpretan las enseñanzas que han recibido de acuerdo con sus intereses.
Cumplir los designios de sus dioses, a partir de su particular perspectiva y opinión, resulta ser más relevante que comportarse adecuadamente con sus semejantes y ser cada vez mejores seres humanos. Y así, lo que debería ser comportamiento moral de paz, de tolerancia y respeto al prójimo, resulta ser otra cosa.
En la actualidad, la hipocresía es lo que predomina, las mentiras, las mascaradas, son lo que valora el sistema capitalista, para el que el egoísmo individual resulta ser el comportamiento idóneo para lograr el éxito. Lo políticamente correcto se entiende como, si se quiere alcanzar un objetivo no se debe hablar con la verdad, no se puede decir lo que se piensa, hay que proceder de forma tal que los demás piensen que tienen la razón, empleando para ello la erística y el arte del buen hablar.
El comportamiento humano traza sus líneas de pensamiento, inicialmente, a través de la racionalidad instrumental. En este caso, el uso del intelecto está en función de alcanzar un objetivo, es más bien un instrumento procidimental que conlleva a un fin. Pero, al vivir en sociedad, los intereses personales no tendrían que reñir con los que ostente cualquier personal si ocurriera, se tendrían que dirimir a partir del diálogo, de una argumentación racional para que prevalezca la justicia.
La racionalidad, al servicio de un objetivo específico, se fortalece a partir de aceptar que el cumplimiento de normas de convivencia es esencial para una existencia libre de conflictos en sociedad. Lo que da paso, a lo que representa la racionalidad normativa, en la que se asume la responsabilidad de toda acción que se emprenda. Lo que presupone el cumplimiento de las normas y las leyes que regulan el comportamiento individual, en una determinada sociedad. A partir de su entendimiento, de su comprensión y cumplimiento lo racional subjetivo converge con la racionalidad objetiva, dándole el carácter ético a toda acción personal.
No obstante, hay personas que se niegan a cumplir las normas establecidas en sociedad, no asumen el compromiso que están obligados a desempeñar como miembros de una sociedad, no asumen su calidad de seres humanos y con sus acciones crean discordia en el orden que se pretende establecer dentro de una colectividad.
En la naturaleza, los animales que no siguen los requerimientos de la manada, de su líder, para su subsistencia, los que se apartan de los requerimientos del grupo, son expulsados, incluso se les mata, solo dentro de las sociedades humanas, muchas veces a los que no asumen su condición de seres humanos, los que pervierten con sus acciones el orden social, la convivencia pacífica, a los incapaces, se les premia e incluso se les elige presidentes de sus países.
El instinto, que rige la conducta del resto de animales, parece ser un mecanismo mejor diseñado para la preservación de las especies, que el utilizado por los seres humanos. De ahí que, a pesar de la racionalidad, de la posibilidad del uso del pensamiento lógico, de la conciencia, la armonía social en el “homo sapiens”, que debería ser uno de sus objetivos, falla. Con la inteligencia pueden accionar correctamente o, desvirtuando ese término, convertir la racionalidad en un simple instrumento.
Qué significado tiene el asumir la condición humana, comprender que, al poseer intelecto, se debe desplegar su capacidad en función del desarrollo integral de todo individuo en sociedad. La tan ansiada convergencia entre la racionalidad subjetiva y objetiva, necesarias en todo pacto social, planteada por Horkheimer y Adorno y más tarde desarrollada por Habermas y Apel, en la que la razón subjetiva al revelarse en última instancia como la capacidad de calcular probabilidades y determinar los medios más adecuados para un fin dado, cifra su atención a los fines y no a los medios, caso contrario ocurre con la objetiva, la que contempla inequívocamente los medios.
Asumir la condición humana es actuar racionalmente y ello consiste en la convergencia entre la razón y la ética. Por todo eso, es permisible decir, no todas las personas que habitan en este planeta deben considerárseles seres humanos ya que esta es una condición que debe asumirse y muchos, con sus actos, la han envilecido.

