Cuando la arrogancia y el poder se impone

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

El hábito es como un cable; nos vamos enredando en él cada día hasta que no nos podemos desatar.

Horace Mann

La cohesión de las sociedades requiere de normas que ordenen el comportamiento de sus habitantes, las que deben ser cumplidas por todos, sin excepción, para evitar los excesos, los abusos y la discordia que pueda surgir entre sus miembros, de ahí que se diga que vivir en sociedad otorga derechos, pero también obligaciones.

Por lo que, viviendo dentro de una sociedad, no se puede permitir que un individuo, un sector o grupo ostente privilegios a expensas y en detrimento de los demás. No obstante que, dentro del capitalismo y en sociedades en crisis, eso sucede. En ellas, el pez grande se come al más chico.

En Fausto de Goethe, se encuentra el diálogo entre el protagonista de la obra y Satanás en el que dice: ¡Debes comenzar por el ancho mar! Allí está el origen, en lo pequeño; ahí tiene el gusto de comerse a los más pequeños, allí es donde se va uno haciendo grande y preparando para grandes cosas. En el mundo actual eso sucede, el grande y poderoso devora al pequeño sin ningún reparo alguno.

Es importante remarcar que tal unión, que da vida a las sociedades, se estableció a partir de la necesidad de convivir, de compartir su existencia entre los seres humanos, ya que un solo individuo no subsistiría. De modo que eso determinó la unión entre los seres humanos y el imperativo de la formulación de normas que regularan su conducta. Estableciendo así lo que constituye un comportamiento correcto del que no lo es, lo que derivó, inmediatamente, un accionar ético entre los seres humanos.

Tal condición, en un principio, no necesitó de prescripciones escritas, pues fueron las actitudes derivadas por la costumbre y las tradiciones las que normaron el comportamiento de las personas en sociedad a partir de su funcionalidad. De ahí que, derivado del autoritarismo que se vivió en esa época, el que cabe mencionar fue grande, lo que decidía el más fuerte, el líder, el que ostentaba el poder, era lo que se hacía.

Con la consolidación de las sociedades, se hizo necesario el establecimiento de normativos escritos que establecieran los límites del accionar de las personas y, a la vez, lo que garantizara los derechos y obligaciones. No obstante, es importante remarcar que, como lo señala Cicerón, la ley es igual para todos los seres humanos y que esta sea justa, depende de los gobernantes. Por una parte, la ley no es buena porque es ley, se hace buena cuando es justa y ecuánime. Por otra parte, todo depende de que sea aplicada a todos por igual, que ninguno sea superior a esta, de ahí la importancia de los jueces en la constitución y preservación de un Estado de Derecho.

Es así como, si se pretendía vivir en colectividad, tuvieron que ser prohibidas ciertas formas de comportamiento, como la agresión, el asesinato, el robo, la calumnia, entre otras, es decir, todo aquello que causara discordia e inconformidad entre sus miembros y de la mima forma garantizar los derechos de cada persona. Surgen, por lo tanto, las leyes escritas y, con ellas, el contrato social suscrito tácitamente por cada uno de sus miembros.

Sin embargo, las fuentes de la moral, así como las del derecho, tienen raíces empíricas y apriorísticas. Unas responden a la circunstancia, al momento y a las necesidades que surjan dentro de un grupo social en particular, su circunstancia; otras, de carácter general, establecen los criterios para la convivencia pacífica de los seres humanos como especie, constituyen principios básicos que dan vida a los derechos inalienables de todo ser humano.

Los Estados recogen los elementos constitutivos de lo que serán sus nociones jurídicas, de lo que constituye una sociedad para el bienestar común y de la circunstancia de cada pueblo. Surgen, así, las leyes tanto las de carácter general como las específicas que sirven de base para la elaboración de sus constituciones y, desde luego, las de otro orden, las que rigen el comportamiento de los habitantes dentro de un determinado territorio. Tal regulación es necesaria para preservar el orden, teniendo como principios esenciales la justicia y la equidad.

Así, en las democracias, por ejemplo, se plantea la igualdad de todos ante la ley, por consiguiente, nadie es superior a ésta y, en consecuencia, no puede haber privilegios para unos en detrimento de otros. En estado salvaje, prevalece la ley del más fuerte, no obstante, los pueblos civilizados, las sociedades que así se pretenden comportar, han encontrado formas racionales y convincentes de establecer las relaciones de poder dentro de la convivencia social, es decir, el imperio de la ley.

A pesar de ello, hay sectores que continúan ejerciendo privilegios al margen de lo establecido por la ley, por el simple hecho de imponerlos por la fuerza y tener el poder para hacerlo, lo que da origen a la costumbre, la que cabe señalar, no es fuente de derecho ni moralmente aceptable. No porque así lo decidan e impongan los que ejercen el poder constituye una norma que debe cumplirse.

Muchos terratenientes acostumbran, en países como Guatemala, a desviar ríos, apropiarse de sus causes, sin embargo, esa no es razón legal ni les da el derecho para que les sea permitido, si se pretende establecer un Estado de Derecho. El respeto al derecho ajeno es la paz y, en este caso, los ríos son de uso y derecho público, por lo que ninguna persona privada debe arrogarse el derecho de su posesión y usufructo personal.

Las personas pierden la noción de lo que son o, más bien, reafirman lo que realmente son al ejercer el poder, sobre todo aquellas para las que el tener es más importante que ser y, consecuentemente, el poder evidencia en ellas lo que son, su deseo enfermizo de acumular, mandar, perseguir y hostigar a los demás. Tal es su afán de reafirmar su poder que se olvidan de lo efímero que es su estadía en los cargos que ocupan y, por el contrario, creen que durarán eternamente en sus puestos.

Así, consideran que son dueños de las cosas y objetos que tienen bajo su cargo y, no solo eso, emprenden medidas de hecho sin contemplar si son justas o no, pues no les interesa. Y así, se extralimitan en su autoridad, incurriendo en el delito de abuso de esta, llegando al extremo de considerar que tienen el poder de sojuzgar a las personas bajo su cargo.

Es por lo que, para los enfermos de poder, tiene que haber, debe existir un castigo, la sociedad tendría que plantear y hacer que se cumplan las sanciones para los infractores, cuando sea el caso.

A esa clase de personajes no se les debe permitir que ocupen puestos de poder. No obstante, ese es el tipo de políticos que dirigen a países como Guatemala. Parafraseando unos versos de Serrat: Hombres de paja que usan la colonia y el honor para ocultar oscuras intenciones, tienen doble vida, son sicarios del mal. Hijos del demonio, no tienen otro dios que la codicia ni más ley que el mercado ni otra enseña que la de curso legal, entre esos tipos y yo hay algo personal. Y debería de haber algo personal contra todos aquellos que pervierten lo que debería ser el comportamiento humano en sociedad.

De modo que es la sociedad, el pueblo, el que debe, para su bien, impedir que ese tipo de personas ostenten puestos de dirección. Y así, en reino salvaje, el más fuerte impone su autoridad, su dominio sobre los demás, mientras en el mundo civilizado, la que debería regir a los seres humanos en sociedad es la razón la que, a partir del diálogo, establezca toda acción a seguir.

Continuar regidos por las medidas de hecho, por las imposiciones arbitrarias, solo denota el grado de salvajismo que continúa imperando en las acciones que ejercen algunas personas, las que no han comprendido lo importante que es el cumplimiento y observancia de las leyes justas y el consenso como la forma o el mecanismo de solventar los conflictos y las diferencias que se puedan suscitar en sociedad.

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