Qué significa ser de izquierda
Autor. Jairo Alarcón Rodas
Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy día no conozco nada más estúpido que la izquierda.
José Saramago
Usualmente se considera progresistas a los que abandonan ideas tradicionales, conservadoras, identificándolos con la izquierda. Opinión que es entendible, dado el origen que tiene la izquierda y sus características durante la revolución francesa, en la que los jacobinos se sentaban al lado izquierdo en el parlamento y se les identificaba como revolucionarios, que abrazaban causas populares y eran contrarios al conservadurismo aristócrata de la época.
En esos mismos términos, se les llamaba conservadores a todos aquellos que simpatizaban o eran afines a las ideas de la burguesía, poseían un pensamiento moderado, defendían la permanencia de la monarquía y, en el parlamento francés, se sentaban de lado derecho. Estos veían con recelo toda idea que pretendía vulnerar la propiedad privada y a todas aquellas ideas populares, en su momento, progresistas.
No obstante, en los actuales momentos, la idea de progreso tiene matices e interpretaciones que ameritan más de una reflexión y, en consecuencia, es perceptible que la derecha ahora adopte criterios innovadores, que incluso se les pueda denominar revolucionarios y, en cambio, sectores de izquierda se nieguen a aceptarlos, siendo juzgados por algunos como pensamientos conservadores. Por lo tanto, es un riesgo ser considerado progresista ya que todo depende de la perspectiva en la que se les juzgue.
El concepto progreso se convierte en término relativo, pues cada uno lo ajusta a sus intereses, dependiendo de la óptica en donde se sitúe y, así, para unos significa una cosa y para otros, otra. Pero, qué es en sí el progreso, será acaso adoptar ideas innovadoras, no estancarse en el tiempo, moverse a razón de los nuevos criterios que la sociedad imponga, o seguir el criterio de los que manejan los hilos del poder, defender consignas sectoriales, incluso individuales, causas que dividen en vez que unir.
Unos consideran que ser progresista significa obtener recursos monetarios, propiedades, en fin, tener; otros, en cambio, consideran el progreso tanto en sus aspectos cuantitativos como cualitativos, a partir de valores altruistas, en donde el medio debe justificar el fin. De ahí que el progreso puede representar para unos, ventajas y para otros, significativas pérdidas.
Por otra parte, no toda innovación puede ser catalogada como progresista, si se entiende el progreso como todas aquellas acciones que tiendan al bien común y a la preservación del planeta y no las que reivindiquen causas individuales y sectarias o las que fomenten el consumo, la competencia, el individualismo, disfrazándolas de libertades inalienables, oxigenando con ello al capitalismo salvaje.
Más que con la idea de progreso, las raíces de la izquierda están vinculadas con el sentir democrático del pueblo y de la sociedad en general, bajo preceptos de justicia y equidad, sobre todo, con el concepto de bienestar para todos. A pesar de eso, se corre el riesgo de pensar que son progresistas las ideas de los que lo consideran sinónimo de innovación, moda, en fin, de estar al día con los tiempos. Dentro de esa óptica, qué sería aquellos que defienden la idea de bienestar para todos y no están de acuerdo con determinados planteamientos innovadores, “progre” que a su juicio obstaculizan tal principio. Dentro de ese esquema, podría endilgárseles el estigma de reaccionarios conservadores.
De ahí que, al situarse en el momento actual y reparar en la liquidez a la que se refiere Zygmunt Bauman, en donde el consumismo, la inestabilidad, la inseguridad y las modas que de la mano del capitalismo se impone, podría juzgarse de conservadores a todos aquellos que se niegan a aceptar tales criterios, ya que ser progresista sería adaptarse a las demandas que el actual momento le impone a la humanidad. Mejor dicho, a las nuevas tendencias y, en su caso, a lo que establece a la modernidad líquida.
En un mundo en el que democracia es sinónimo de relativismo, individualismo y egoísmo, cualquiera puede arrogarse la potestad de exigir que se respeten sus derechos, incluso al margen del respeto de los demás. El relativismo ve y exalta las diferencias, pero no se detiene a buscar las similitudes que son las que realmente fortalecen a las sociedades y, consecuentemente, las que se deben exaltar para el establecimiento de un mundo pacífico en pro del desarrollo y el bienestar para todos.
Pero ¿quiénes son los artífices de tales criterios y valores? ¿Los que imponen el rumbo a seguir en las sociedades? Sin duda que la respuesta es, los que ejercen el poder. A pesar de ello, si se considera que el progreso, que se pretende consolidar, está estrechamente relacionado con el bienestar de la sociedad y no solamente para el beneficio de unos pocos, tal concepto no puede ser tan amplio y subjetivo. Cuáles son, por lo tanto, las ideas y criterios que debe ostentar el progreso en función de la sociedad, aspectos que, dicho de paso, marquen la diferencia entre un pensamiento reaccionario y el revolucionario.
¿Qué es lo que debería definir al progreso? Sin duda, el progreso debería medirse por su cobertura y alcances dentro de una sociedad, tanto cualitativa como cuantitativamente. Así, mientras más se alcance el beneficio social y se logre la articulación armoniosa de sus miembros, más avance se tendrá.
Dentro de esa tónica, Pedro Sánchez, presidente de gobierno español, se le considera un político progresista y, por ende, de izquierda, pues está a favor de la teoría de género, utiliza un lenguaje inclusivo, defiende la asignación igualitaria de cuotas de poder en su gobierno, pero a la vez confunde, al identificarse con las políticas económicas de Joseph Biden, al que ve como un gran estadista democrático.
Sin embargo, siendo realistas ¿podría decirse que las directrices que impone al mundo Estados Unidos, a través de su Departamento de Estado, son medidas progresistas? A los ojos de ellos, sin dudarlo que sí, aunque gran parte del mundo y las evidencias de ese proceder diga lo contrario y vean las políticas de Biden como imperialistas y reaccionarias, no acordes a las necesidades del mundo.
Cómo será juzgado el proceder de Vladimir Putin, si, como es sabido, defiende la familia tradicional, está en contra de la teoría de género y, a la vez, propone la idea de un mundo multipolar, al margen de neocolonialismos y posturas unilaterales antidemocráticas. Será visto como un político reaccionario de derecha o un democrático estadista de izquierda. Unos lo consideraran un trasnochado conservador, fiel a principios arcaicos, otros, por el contrario, un dirigente progresista. Como se podrá ver, la idea de progreso pierde su objetividad bajo el criterio de intereses mezquinos u opiniones arbitrarias y sesgadas de determinados sectores.
De ahí la crítica que Félix Ovejero Lucas hace a la llamada izquierda progresista, cuando señala, la izquierda contemporánea, con las banderas del multiculturalismo, la identidad, la apelación al sentimiento o al último feminismo, a la complacencia con la religión (acallando críticas con acusaciones como “islamofobia”), se ha entregado a la defensa de la tradición, las comunidades de identidad o el desprecio a la objetividad y el conocimiento. Todo aquello que despreciaba el Manifiesto comunista. Y es por eso que él denomina a la izquierda actual, como reaccionaria.
A quién benefician las nuevas tendencias de la autodenominada izquierda, sin duda al estatus quo, aunque parezca lo contrario. A pesar de ello, la izquierda moderna no ha ganado terreno, lo que se debe, en parte, a las consignas políticas que defiende y enarbola, las cuales chocan con la idiosincrasia de los sectores populares y que, curiosamente, coinciden con el liberalismo.
Las diferencias, exaltadas por el relativismo cultural, han creado abismos que no permiten visualizar al enemigo común de la humanidad, al sistema perverso que mantiene en la miseria e ignorancia a gran parte del mundo y a otros en el analfabetismo funcional que los cosifica, propiciándoles parálisis mental. Imposibilita, también, crear puentes comunicativos, con base a lo común que une a los seres humanos y que igualmente los relaciona con todo ser vivo.
Ser de izquierda, en la actualidad, es acogerse de nuevo a los ideales que demanda la sociedad, bajo los preceptos de justicia y equidad, olvidando consignas individualistas y sectarias. Así, se tiene el derecho de pensar lo que se quiera, incluso lo que se es y se cree ser, siempre y cuando esa opinión no origine conflicto con los demás. Cabe recordar que el respeto a toda persona no debe estar en función de lo que este pretenda ser, sino en lo que es y, en el caso de todo individuo que forma parte de una sociedad, en lo constituye lo humano.
Ser de izquierda es luchar por un mundo mejor para todos y, como dijo Ho Chi Minh, nuestro deber es luchar por la libertad y la justicia, no importa cuán larga sea la batalla o cuántos obstáculos encontremos en el camino. Pero no la libertad que enarbola el liberalismo, que se concentra en la propiedad privada y hacer lo que se les plazca sin responsabilidad alguna, por el contrario, la libertad que se enmarca en una sociedad y va unidad a los conceptos de justicia e igualdad.
