Escribir la historia o relatar historias
Autor: Jairo Alarcón Rodas
La historia no es una acumulación de eventos, sino una lección para el presente. Tucídides
Contar la historia lleva consigo una carga subjetiva del quien lo hace, difícil de eludir mas no imposible si se atienden aspectos gnoseológicos y metodológicos y si lo que se pretende es la objetividad en lo relatado. Y aunque lo que se pretenda sea narrar hechos, acontecimientos y sucesos declarativos del pasado, la posibilidad de lo que se dice sea cierto, también puede ser objeto de discusión y de análisis.
Indudablemente, el poder relatar un acontecimiento requiere de herramientas gnoseológicas, lingüísticas y lógicas, básicas, que permitan mayor precisión y objetividad en lo que se dice, en la transmisión de lo sucedido, lo que le da a lo narrado mayor o menor grado de credibilidad según sea su intención.
Escribir la historia no es simplemente contar lo acaecido o escribirlo arbitrariamente si no, por el contrario, se debe saber cómo hacerlo, libre de tamices culturales, sesgos de clase y errores en la interpretación de los hechos o, al menos ser lo más imparcial posible, si lo que se pretende es informar con objetividad, pero también puede ser un instrumento de manipulación ideológica. De ahí que haya una gran diferencia entre un lenguaje riguroso, declarativo, referencial y el lúdico, metafórico, colérico, poético. Una cosa es informar o formar y otra, muy distinta, distraer, entretener o alienar.
Consecuentemente, no es lo mismo la historiografía que la novelística o la poesía, en una se espera rigurosidad y objetividad en lo narrado, en la otra la magia, el ingenio, aunque la una y la otra no sean excluyentes. Se puede contar una historia investida de imaginación, fantasía y ficción, que se origine en un hecho real, al que el autor le dé un giro lúdico, que al final no corresponda a la realidad, por no ser esa su intención.
No obstante, los lectores pueden creer en la veracidad de cualquier relato, confundiendo la ficción con los hechos reales, pero ese es problema en su interpretación. Y es que en los lectores también surge el criterio de creer lo que quieren creer y no en lo que es, un sesgo de confirmación. Así, por ejemplo, muchos creen que la Biblia es la palabra de Dios y lo que se dice ahí es verdadero y no les importa las incongruencias que puedan encontrarse dentro de sus páginas.
Similar al ejercicio gnoseológico que Hegel planteara en su momento, en el que para conocer la realidad se requiere de un espíritu libre de cualquier atadura, sesgo o convicción ideológica. Ya que el conocimiento por referencia tiene ese problema, que obliga a constatar las fuentes, verificar lo referido, evidenciar indicios y mostrar pruebas de lo referido. No obstante, desde el origen de la imprenta y actualmente con el acceso a las redes sociales, todos tienen derecho a opinar ya sean hechos que correspondan a la realidad o mentiras y falsedades, incluso estupideces.
Se pueden contar historias para el disfrute y placer del que las lea o las escuche, de ahí que, quien las escribe tiene la intención de lograrlo y es ahí en donde radica su éxito. En estas, siempre hay una mezcla de realidad y ficción, distinto es el caso del que escribe la historia, en él debe haber mucha rigurosidad y objetividad en su ejercicio, un método que establezca el grado de credibilidad ya que, por lo mismo, está obligado, a que su labor esté investida de un compromiso ético y epistemológico en resguardo de la memoria de la humanidad.
Sin embargo, el que escribe la historia se encuentra con el dilema de si, simplemente describir los hechos u orientar con su narración, a un plano que sirva de guía para el accionar humano de cara al presente-futuro, ya que, quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Curiosamente tal planteamiento es similar a los argumentos con los que se inicia el estudio antropológico, tanto por Sócrates como por Protágoras en la antigüedad. A uno, Sócrates, le interesa el aspecto ético, mientras que al otro, Protágoras, el cultural.
Tiene alguna finalidad el registrar los hechos de la historia, y si lo tiene, cuál es. La conciencia humana es registro continuo, consecuentemente, éste es el que nutre a la historia y a la vez le da significado a cada individuo, negarlo sería desnaturalizar su esencia. De ahí que los seres humanos, señala Marx, hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado. Así, la memoria de la humanidad es registrada por el historiador, pero cómo saber si lo escrito en los libros de historia corresponde a un hecho acontecido o, por el contrario, es producto de la imaginación o falseamiento de lo sucedido con una aviesa intención por parte de su autor.
La falsedad de los hechos históricos continúa siendo el peligro que encara toda persona que desee conocer el pasado, por lo que se requiere, por parte de este, una actitud escéptica, como la planteada por René Descartes, en su duda metódica, poniendo en duda todo relato. Ya que no es admisible aceptar cualquier referencia sin cierto grado de cuestionamiento y de crítica, de lo referido por los historiadores, por ser una fuente indirecta de lo acontecido.
Pero qué es la objetividad en la apreciación de un hecho, básicamente es la correspondencia de los datos de conciencia con los hechos mismos. La totalidad de los hechos atómicos existentes es el mundo decía Wittgenstein, siendo los hechos atómicos una combinación de objetos (entidades, cosas). A partir de un proceso de abstracción, que obedece a reglas lógicas, se puede conocer la realidad y hacer referencia sobre esta. Es así como surgen los pensamientos, que son la figura lógica de los hechos. De ahí que, siguiendo a Wittgenstein: La totalidad de los pensamientos verdaderos es una figura del mundo. Tanto los hechos como la configuración elaborada en la conciencia deben corresponder para no dar lugar a la incertidumbre.
La objetividad presupone que la realidad es independiente de la conciencia, cuya presencia, dentro del proceso del conocimiento, es reflejarse en un espacio y tiempo determinado para ser aprendida por un sujeto con la intencionalidad de conocerla. Como consecuencia, es el sujeto al que le corresponde lograr una lectura adecuada sobre esta y describirla lo más fielmente, lo que da lugar al criterio de verdad, no solamente el que surge a partir de la correspondencia de los datos de conciencia con los hechos sino, también el que se establece en la congruencia entre los conceptos, a partir del cumplimiento del principio de no contradicción.
Pero, ¿cómo determinar que la lectura de un hecho no incurra en cargas valorativas, sesgos del pensamiento que propicien su distorsión? Para una persona común, lograr la objetividad no representa problema alguno, ya que su proceder y accionar corresponde al mundo de la opinión, en donde el criterio de verdad no es necesario.
Es cuando se pretende construir una imagen de la realidad, de manera objetiva y científica, que se requiere de un método epistemológico que arroje una imagen más certera de las cosas, ya que el pasado es referente para el presente y el futuro. Con los historiadores ocurre lo mismo que con el común de las personas, pueda que exista una carga valorativa que desnaturalice los hechos. Sin embargo, ¿es así el proceder de un historiador íntegro, es así su proceder? Dada su importante tarea, se le exigiría objetividad, pero los sesgos, las inclinaciones ideológicas, como las señala Karl Marx, pesan en la concepción de la realidad y el historiador no está exento de ello.
De ahí que unos digan una cosa sobre un hecho del pasado y otros, lo contrario. En tal caso ¿cómo establecer quién tiene mayor grado de credibilidad en su trabajo? El cruce de información, las no contradicciones en su discurso, las evidencias, resulta ser lo que le dará mayor grado certeza a ese tipo de referencia, así como la rigurosidad de la metodología empleada.
Sin embargo, quién como lector de la historia, verifica las fuentes, se detiene a reflexionar sobre la información descrita en los textos. Son pocos los que lo hacen, la mayoría de las personas se deja seducir por determinadas narraciones, de acuerdo con su sesgo ideológico, extracción de clase, con la visión de la historia y del mundo con la que se identifica. De ahí que los historiadores también cumplen una tarea ideologizante, sirven al sistema para que este siga teniendo vigencia, pero también hay quienes tienen un compromiso con la humanidad, constituyen un factor liberador de los sesgos y mentiras que imponen los sistemas En su Tesis sobre la Historia y otros fragmentos, Walter Benjamín señala,…cuando se pregunta con quién empatiza el historiador historicista. La respuesta resulta inevitable: con el.
