Reflexiones sobre la religiosidad.
Autor: Jairo Alarcón Rodas
(…) Comprendió que no estaba seguro de hacer ninguna obra buena, no siendo la de suministrar la droga de la esperanza religiosa a gentes atemorizadas por el infierno y temerosas de andar solas por el camino de la vida.
Harry Sinclair Lewis
Qué es lo que mueve a hombres y a mujeres a refugiarse en la religión, a pretender mantener una relación con seres celestiales, divinos, a creer en Dios. Partiendo de la remota suposición de que los humanos son el resultado de la creación, se infiere de ello que existe un creador supremo, el dador de vida, el ser divino que es la causa primera y última de todo, que es el origen y el que origina a todas las cosas.
Por aparte, los seres humanos, al igual que todo ser vivo, tienen una determinada corporeidad biológica, células, órganos, tejidos, que requieren de nutrientes esenciales para su fortalecimiento, desarrollo y pervivencia. Es decir, todo ser vivo tiene que alimentarse para mantenerse vivo. Sin embargo, las personas también requieren satisfacer otras necesidades de orden existencial, entiéndase ello como la disposición humana a reconocerse en el mundo a partir de los anhelos, los deseos e inquietudes que comparten con otros y con los cuales pueden crear nexos afectivos.
Fue en los albores de la humanidad, cuando el hombre de las cavernas se dio cuenta de que moría, cuando se enfrentó con asombro a hechos inexplicables, que encontró en entidades mágico-religiosas respuestas a sus inquietudes y era entendible, dado su incipiente desarrollo intelectivo, que no le permitía comprender más allá de elucubraciones cosmogónicas, lo que le sucedía.
Así, se iniciaron particulares interpretaciones de la realidad a través del animismo, el totemismo, el politeísmo y el monoteísmo. El ethos y phatos, que conforman la conducta humana, fueron marcados por designios divinos, por interpretaciones mágico-religiosas, pues la posibilidad de buscar, por él mismo, tales respuestas, a partir de la reflexión racional, del conocimiento, le era una ardua tarea.
No obstante, a pesar del hacer científico, del nacimiento de la filosofía, persisten las interpretaciones idealistas sobre la realidad, en el que se plantea un dualismo ontológico, materia y espíritu. De ahí que algunos piensen que existe una separación entre lo corporal, lo material y el espíritu. Noción que se remonta a los albores del pensamiento filosófico y, con seguridad, mucho tiempo atrás. De ahí que, con Empédocles, Anaxágoras, Pitágoras y Platón, entre otros, se considera tal separación y distinción. Pitágoras, por ejemplo, señalaba que el cuerpo es cárcel para el alma, la cual requiere, para su liberación, de su transmigración.
Pero, cómo referirse a un ser de magnificentes cualidades sin hacer acopio de una elucubración antropomorfa, que facilite su entendimiento, su comprensión, para su comunicación, lo que resulta contradictorio a la naturaleza que se le ha asignado a ese ser, pues qué se puede decir acerca de la perfección. No tenemos idea alguna del ser supremo, indicaría David Hume, excepto aquella que obtenemos de la reflexión acerca de nuestras propias facultades. Siguiendo la explicación del filósofo escocés, es entendible que la mayoría de los dioses tenga como base una hechura humana.
La necesidad, para algunos, de obtener una explicación del todo, a través de un ser trascendente que les facilite la comprensión de las causas esenciales sobre la realidad y, al mismo tiempo, el creer ser parte de un plan divino, que les asegura la vida después de la vida, trae consigo una interrogante, ¿cuál es la intención de Dios en la creación? Todo resulta ser un misterio, ajeno a las potencialidades humanas y no ser objeto de cuestionamiento, simplemente se acepte por medio de la fe, por medios irracionales.
Tal incomprensión abre la puerta a los mediadores de la fe, a la presencia de expertos en el engaño, a las religiones. Y es que la fe es, como lo indica Richard Dawkins, la gran escabullida, la gran excusa para evitar la necesidad de pensar y evaluar las diferencias. Ya no se piensa en cómo resolver los problemas, en cómo lograr equilibrio emocional a partir de un esfuerzo propio, en cambio se refugian en un ser protector
Continuando con la premisa anterior, en la que se considera que los seres humanos son producto de la creación, ¿cuál es el propósito de haber sido creados? Dios marcó el propósito de la tierra y el de los seres humanos que, entre otras cosas, fue el “poner orden” (Génesis 1:1-31) y que le adoremos; puesto que Dios creó al hombre para su gloria. La intención que se les ha asignado o se le quiere asignar, según el texto bíblico, por ejemplo, constituye una limitada interpretación antropomórfica de un ser al que se le considera perfecto y a su vez tiene carencia como las humanas. Y así, es cuestionable, desde el punto de vista racional, que un ser todo poderoso, omnisciente y omnipresente, haya creado a los humanos para que estos le honren, le rindan pleitesía, le adoren. Un ser perfecto no tiene carencias y, por lo tanto, no tendría que pedir algo que no requiere, por la simple razón de ser Dios.
Uno de los aspectos que hace a los seres humanos ser lo que son es la posibilidad de ejercer su autonomía y, a partir de ahí, darle vida a la moral autónoma. Pero, ¿qué sucede cuando se le exige cumplir con ciertos mandatos, de forma directiva, para ser salvos, a través de prescripciones o verdades reveladas? ¿En dónde queda el ejercicio de su libertad? Siendo la razón lo que distingue al ser humano, tendría que ser racional el ordenamiento de su conducta.
Lo insustancial de esas creencias pone en entredicho las habilidades humanas para cuestionar lo que se les dice, para examinar los planteamientos que pretendan ser válidos, simplemente “andamos por fe y no por vista” dice la palabra de Dios y, con ello, quebranta toda inquietud racional humana. En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Así, a pesar de lo inconsistente de los relatos bíblicos, de su incongruencia, persiste, en gran parte de la humanidad, la necesidad de creer en una fuerza superior, de acogerse a una religión.
Para muchos, creer, seguir criterios con base a sentimientos, pesa más que la razón y dentro de ese criterio la fe constituye una forma de aceptación simple, sencilla que dista mucho de requerir un esfuerzo intelectivo, es más bien una actitud pasiva de sumisión, de entrega, que se va gestando e imponiendo dentro de la cultura y se refuerza a través de los mecanismos ideológicos de dominación.
En su libro, Por qué no soy cristiano, Bertrand Russell dice: la mayoría de las personas cree en Dios porque se les ha enseñado desde la más temprana infancia a hacerlo, y ésta es la razón principal. Luego creo que la siguiente razón más poderosa es el deseo de seguridad, una especie de sentimiento de que hay un gran hermano que cuidará de uno. Esto juega un muy profundo papel en influir en los deseos de las personas de creer en Dios. Pero la razón más importante, considero, sea el miedo a la muerte y lo que esta pueda traerles, el temor infundado los hace pensar que solo con el hecho de aceptar a Dios, como creador, es suficiente para que no les suceda algo peor después de la muerte. Es mejor estar en paz con un Dios, que no creer en él y que exista.
Buscarán a dios las personas para comportarse mejor o para sentirse mejor. El comportarse mejor lleva consigo una obligación hacia los otros, el sentirse mejor, al ser un estado individual, no necesariamente, ya que esa inquietud surge de un deseo personal, que no precisamente está vinculado al bien común, por el contrario, puede obedecer a un impulso egoísta, que a su vez refleje una actitud maliciosa e hipócrita. Solo cuando las personas se dan cuenta de la importancia de los demás para su bienestar, racionalmente entienden que sus deseos no pueden estar al margen del de los demás.
A no dudar que la existencia humana requiere, en determinados momentos, fortalecer su psiquis, su alma, de cara a una circunstancia adversa. Sin embargo, en más de una ocasión, a pesar de contar con herramientas racionales para lograrlo, se acude a lo fantasioso, a lo mágico, a la religión, a Dios. De ahí que, Joseph McCabe dijera: ¡El hombre ha hecho tanto por los dioses y tan poco por sí mismo! Le rinde culto, le levanta templos, le ofrenda sacrificios, incluso mata en su nombre, pero logra muy poco en cuanto a su sanación interna y su relación con los demás.
El saber de sus potencialidades no hace a los seres humanos soberbios, sino que los posibilita a que racionalmente den respuesta a sus interrogantes y, no solo eso, que su comportamiento sea pertinente a una existencia social en armonía, en pro de su desarrollo y bienestar. Todas las religiones, decía Mijaíl Bakunin, con sus dioses, semidioses, profetas, mesías y santos son el producto del capricho y la credulidad del hombre, quien no ha alcanzado todavía el desarrollo total y la personalidad completa de sus poderes intelectuales. Esperemos que, a partir de su desarrollo intelectivo, se libere de tales preceptos ideológicos y pueda lograr su transformación, sin adoración a dioses, sin sacrificios, sin miedos, sin premios o castigos.
