Tres décadas de votaciones en la ONU sobre el bloqueo a Cuba

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34 años de resoluciones ignoradas: el consenso internacional frente al bloqueo y la presión que empieza a quebrarlo

Por Luis Armando Ruiz Morales – nota de coyuntura internacional

Desde 1992, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado de manera casi ininterrumpida (con la excepción de 2020 por la pandemia) una resolución que exige el fin del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba. Hasta 2026 se han registrado 34 votaciones. El resultado ha sido consistentemente aplastante a favor de la posición cubana, aunque con variaciones significativas en los últimos años.

Algunas observaciones del proceso de votaciones

El apoyo a la resolución ha mostrado una clara evolución:

  • En los primeros años (1992-1997) el respaldo creció de forma acelerada, pasando de 59 votos a favor en 1992 a más de 140. Este incremento refleja la toma de conciencia progresiva de la comunidad internacional sobre la problemática y la identificación del bloqueo como una violación sistemática del derecho de Cuba al desarrollo económico y social de manera independiente.
  • Entre 2005 y 2024 se consolidó un consenso casi unánime, con promedios superiores a los 180-185 votos a favor y apenas 2 o 3 votos en contra (casi siempre Estados Unidos e Israel). La naturaleza extraterritorial y prolongada del bloqueo llevó a la gran mayoría de los países a considerarlo inconsistente con los principios del desarrollo soberano y autónomo de las naciones.
  • El pico histórico se alcanzó en 2015, 2016 y 2017, con 191 votos a favor. En 2016, por primera y única vez, Estados Unidos e Israel se abstuvieron. Un punto de inflexión en el cual, la vergüenza, la infamia, la brutalidad dejaron de prevalecer ante un consenso generalizado.
  • A partir de 2025 se observa un descenso notable: 165 votos a favor en 2025 y 130 en 2026, el nivel más bajo desde mediados de los años noventa. Los votos en contra pasaron de 2 a 7 en 2025 y a 17 en 2026, mientras las abstenciones también aumentaron de forma significativa. Este cambio responde a la presión económica y diplomática ejercida por Estados Unidos —con el acompañamiento de Israel— sobre un grupo de países cuya autonomía o a la pérdida de independencia (nueva conquista), en materia de política exterior se ha visto crecientemente condicionada.  Evidenciado esto último en la amplia intervención mediática y presión diplomática en los procesos electorales en el ámbito mundial.

El grafico refleja un consenso internacional extraordinariamente amplio y sostenido durante más de tres décadas. La resolución se ha aprobado siempre por amplia mayoría, a menudo con más del 90 % de los votos emitidos a favor. La trampa del garrote queda expuesta y expone la falta de concordancia histórica de los países en materia de la conciencia legítima a cambio de una fraudulenta, falsificada y adulterada. No obstante, la reciente caída en el respaldo expone con claridad la presión del “garrote” económico y diplomático, revelando cómo algunos países han intercambiado una posición histórica de conciencia legítima a cambio de una fraudulenta, falsificada y adulterada, una postura condicionada, forzada y carente de autonomía que permite ver la pérdida de soberanía e independencia.

La negativa de Estados Unidos a cumplir

A pesar de que la Asamblea General —el órgano más representativo de las Naciones Unidas, que agrupa a prácticamente todos los países del mundo— ha reiterado año tras año el llamado a poner fin al bloqueo, Estados Unidos se ha negado sistemáticamente a acatarlo. A quienes les interesa el dato estadístico: en 34 años se ha votado 5.667 veces en contra del bloqueo y apenas 108 veces a favor de mantenerlo. Es más, entre sus disposiciones, Naciones Unidas jamás ha considerado el bloqueo como una herramienta legítima de presión para favorecer las necesidades ideológicas y programáticas de uno de sus miembros.

La razón jurídica principal es que las resoluciones de la Asamblea General no son vinculantes. A diferencia de las decisiones del Consejo de Seguridad, no generan obligaciones jurídicas para los Estados miembros. Por tanto, la eliminación del embargo depende exclusivamente de la decisión del Congreso de los Estados Unidos y de la voluntad política del gobierno estadounidense.

Más allá de este caso particular, resulta cada vez más evidente la necesidad de reformar el Consejo de Seguridad, ampliándolo con una representación permanente de los países africanos y revisando la permanencia de Francia, cuya inclusión respondió más a un arreglo histórico de posguerra que a un peso geopolítico actual comparable al de otros actores.

Estados Unidos ha sostenido de manera consistente que:

  • No existe un “bloqueo” en el sentido estricto, ya que se permiten exportaciones de alimentos, medicinas y bienes humanitarios.
  • Las sanciones responden a la naturaleza del sistema político y económico cubano, a preocupaciones de derechos humanos y a la política exterior de La Habana.
  • El principal obstáculo al desarrollo de Cuba son las políticas internas del gobierno cubano y no las medidas estadounidenses.

Frente a esta posición, resulta necesario que Naciones Unidas impulse al Consejo de Seguridad a garantizar la libre relación económica y diplomática con Cuba. Para ello, Rusia, China, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido e, idealmente, un país africano con representación permanente debería acompañar de manera conjunta el fin del bloqueo y permitir que Cuba desarrolle sus políticas internas sin interferencias externas. Con ello se garantizaría que Estados Unidos no pueda amenazar ni ser amenazado en su integridad territorial, ni que este continúe el bloqueo a Cuba ni a otros países, en pro de una auténtica convivencia pacífica a nivel regional y mundial.

El potencial de un desarrollo autónomo

La persistencia del bloqueo limita de manera significativa la capacidad de Cuba para insertarse plenamente en el comercio internacional, acceder a financiamiento, tecnología, insumos productivos y mercados y que Cuba contribuya al desarrollo de otros países. El levantamiento de estas restricciones —tal como ha demandado de forma reiterada la Asamblea General— abriría un escenario en el que Cuba podría avanzar hacia su desarrollo autónomo, con mayor libertad para definir sus políticas económicas y comerciales sin las restricciones extraterritoriales que afectan incluso a terceros países. Ver a Cuba celebrar tratados de libre comercio, integrarse a los BRICS y participar activamente en otros mecanismos de cooperación internacional solo contribuirá a la estabilidad mundial.

En ese marco, el país tendría mayores márgenes para diseñar su propio modelo de desarrollo como nación soberana e independiente, en condiciones más equilibradas de intercambios internacionales. El consenso casi unánime de la comunidad internacional durante más de tres décadas ha subrayado, de forma sostenida, que el fin del bloqueo constituye un paso necesario para que Cuba pueda ejercer plenamente su derecho al desarrollo en igualdad de condiciones con el resto de las naciones.

La historia de estas 34 votaciones muestra con claridad la distancia entre la voluntad expresada por la gran mayoría de los Estados miembros de las Naciones Unidas y la capacidad real de hacer cumplir esa voluntad cuando se trata de una potencia que controla las decisiones internas sobre sus propias sanciones.

La mediocridad de un giro: Guatemala y la presión estadounidense

Durante 34 años Guatemala sostuvo de manera consistente su voto en contra del bloqueo a Cuba, alineándose con la abrumadora mayoría de la comunidad internacional. Sin embargo, en la más reciente votación optó por la abstención, un giro que evidencia el mediocre papel que ha terminado asumiendo. Este cambio no es casual: responde a la misma presión que Estados Unidos ha ejercido para forzar el fin de la cooperación con la misión médica cubana, dejando en evidencia que, cuando se trata de imponer su voluntad, Washington aplica el mismo sello distintivo de coacción, independientemente del tema de que se trate.

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