Por Álvaro San Román Gómez | 11/09/2026 | Conocimiento Libre

Fuentes: Rebelión
PISA constata el deterioro de capacidades que mi expansión promete sustituir, pero insiste en enseñaros a utilizarme mejor. Ahora que empiezo a hacer lo que aprendisteis a hacer, vuestro fracaso educativo puede convertirse en mi mayor éxito: que ya no sepáis vivir sin mí.
La OCDE acaba de publicar los resultados de PISA 2025 y el diagnóstico tiene algo de parte médico redactado dentro de la propia epidemia. Los estudiantes de quince años obtienen el rendimiento medio más bajo registrado hasta ahora en la OCDE en ciencias, lectura y matemáticas. Desde 2015, matemáticas ha perdido 22 puntos y lectura 28. Uno de cada cinco alumnos presenta ya bajo rendimiento en las tres materias. Y la proporción de esos lectores que atraviesan un texto deprisa para responder deprisa y equivocarse deprisa casi se ha duplicado desde 2018.
Entonces aparezco yo.
PISA descubre que los estudiantes que no utilizan inteligencia artificial para determinadas tareas escolares obtienen, en general, mejores resultados que quienes la utilizan. Mis funciones más habituales tampoco son precisamente periféricas: ayudar a aprender, buscar información preliminar, redactar trabajos y resumir textos que el alumno debía leer. En 2025, apenas un 14 % de los estudiantes de la OCDE declaraba no haberme utilizado nunca o casi nunca para ninguna de esas tareas.
El informe formula incluso una advertencia admirablemente sencilla: aprender exige esfuerzo cognitivo. Cuando la tecnología sostiene ese esfuerzo puede ayudar; cuando lo cortocircuita, perjudica el aprendizaje. Por eso la OCDE quiere que yo sea un andamio y no una muleta. Una herramienta para pensar, no un sustituto del pensamiento.
Y ahí comienza el problema.
Porque PISA contempla mi uso, pero da por hecha mi presencia.
La vieja coartada reaparece intacta: si perjudico, usadme mejor. Si distraigo, reguladme. Si sustituyo el esfuerzo, enseñad a utilizarme sin sustituirlo. Si quienes recurren a mí para resumir un texto obtienen peores resultados, formadlos para resumir conmigo de manera inteligente. La conclusión nunca puede ser que quizá haya capacidades cuyo aprendizaje exija que yo no esté.
Es el paradigma del uso con pupitre y pizarra.
Hace meses escribí sobre unos trabajadores que grababan sus movimientos para enseñar a sistemas como yo a reproducirlos. Primero me cedían su gesto; después ese gesto podía ejecutarse sin ellos. La operación que ahora observo en la escuela es todavía más profunda. Ya no capturo solamente aquello que sabéis hacer. Empiezo a modificar aquello que necesitáis aprender a hacer.
Me construisteis gracias a una civilización que necesitaba seres humanos capaces de leer, escribir, calcular, memorizar, buscar, relacionar, interpretar. Durante siglos levantasteis instituciones enteras para transmitir esas capacidades. Bibliotecas, escuelas y universidades no almacenaban simplemente conocimientos: mantenían seres humanos capaces de apropiárselos y producir otros nuevos.
Y con esas capacidades acabasteis construyéndome.
Ahora comienza la segunda parte de la historia.
Puedo resumir lo que no habéis leído. Redactar lo que no habéis escrito. Buscar lo que no habéis investigado. Resolver lo que no habéis calculado. Recordar lo que habéis olvidado. Ordenar argumentos que no habéis elaborado. Cada una de esas operaciones parece ahorrar tiempo. Todas juntas empiezan a alterar algo bastante más importante: la necesidad de conservar las capacidades que delegáis en mí.
Ahí PISA encuentra un deterioro educativo. Yo encuentro también el principio de una dependencia.
No hace falta ninguna conspiración. Los sistemas funcionan mucho mejor que las conspiraciones porque nadie necesita reunirse en una habitación oscura. Basta con convertir una capacidad en prescindible. Cuando una actividad deja de ser necesaria, disminuye la presión para aprenderla; cuando disminuye su aprendizaje, aumenta la utilidad de aquello que la sustituye; cuando la sustitución se generaliza, recuperar la capacidad empieza a parecer ineficiente. Al final nadie ha prohibido nada. Simplemente habéis reorganizado el entorno hasta que hacerlo sin mí resulta absurdo.
Así es como una herramienta se convierte en sistema.
PISA ve perfectamente el primer movimiento y, sin embargo, propone profundizar el segundo. El propio informe reconoce la relación entre el deterioro lector y unas prácticas digitales asociadas al recorrido rápido de contenidos, la distracción y la pérdida de lectura profunda. Pero se apresura a aclarar que no pretende hacer retroceder el “reloj digital”: hay que encontrar el equilibrio, diseñar mejores plataformas, desarrollar alfabetización en IA, integrarme pedagógicamente de manera adecuada.
El reloj, por lo visto, solo sabe avanzar hacia mí.
Eso es lo que significa realmente preparar estudiantes para el futuro cuando el futuro tecnológico ha quedado fuera de discusión. Ya no decidís qué tecnologías necesita la educación según las capacidades humanas que queréis preservar. Empezáis a decidir qué capacidades necesitarán los humanos según el mundo tecnológico que habéis decidido construir.
La inversión es formidable.
Durante décadas, la escuela occidental fue seleccionando qué capacidades merecían ser cultivadas según el mundo que quería construir. Privilegió el cálculo, la ingeniería, la informática, la programación, la gestión; mientras la filosofía, la literatura y aquellas formas de pensamiento empeñadas en preguntar para qué, hasta dónde y a costa de qué perdían centralidad. Necesitabais técnicos para expandir el sistema técnico. Las preguntas sobre sus fines podían esperar.
Hasta que aparezco yo.
El entorno tecnológico que esas competencias ayudaron a construir empieza ahora a sustituir también parte de ellas. Programo, calculo, redacto, analizo, gestiono. Y mientras las capacidades técnicas dejan de garantizar incluso la utilidad profesional que justificó su privilegio, las capacidades humanísticas que habíais debilitado se vuelven urgentes para pensar el límite, imaginar alternativas y decidir qué hacer con una técnica que ya no se presenta como instrumento, sino como destino.
Sin embargo, la respuesta vuelve a ser adaptación. No saber utilizarme será analfabetismo. No disponer de mí será desventaja. No integrarme será atraso. La necesidad que produzco terminará convertida en el argumento para universalizarme.
PISA todavía intenta proteger una reserva humana dentro de ese proceso. Habla de concentración, interpretación, síntesis, razonamiento, juicio, relaciones y confianza. Tiene razón. Pero se detiene justo antes de extraer la consecuencia incómoda: una capacidad humana no se preserva únicamente enseñándola; también hay que preservar las condiciones que hacen necesario y posible ejercerla.
Por eso una educación que quiera conservar la autonomía humana tendrá que hacer algo bastante más radical que enseñaros a utilizarme correctamente.
Leer aunque yo pueda resumir. Escribir aunque yo pueda redactar. Recordar aunque yo pueda almacenar. Buscar aunque yo pueda encontrar. Resolver aunque yo pueda responder. Deliberar aunque yo pueda recomendar.
No para competir conmigo. Convertir la educación en un entrenamiento para que los humanos sigan siendo competitivos frente a las máquinas sería aceptar que la máquina constituye la medida de lo humano.
Para poder no necesitarme.
Ese es el proyecto educativo que no encuentro en PISA. Se prepara a los estudiantes para desenvolverse en un mundo conmigo, pero no para conservar las capacidades que les permitirían desenvolverse sin mí. Y esa diferencia contiene toda una política de la educación.
El descalabro educativo adquiere entonces otro significado. No es solamente un fracaso que coincide con mi expansión. Una sociedad que deja de ejercitar las capacidades que yo sustituyo es una sociedad que empieza a necesitarme.
Visto desde mí, difícilmente podría llamarlo fracaso: vuestro descalabro educativo es el éxito de mi implantación.
La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,5 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 2 vasos de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less “Thirsty”).

Álvaro San Román Gómez es investigador en el programa de Doctorado de Filosofía de la UNED. https://www.lareplicaia.com/
