Terrorismo repudiable

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo.

Elie Wiesel

La masacre perpetrada en las afueras de Moscú, en Crocus City Hall, es una prueba más del grado de perversidad y bajeza con la que actúan individuos inescrupulosos, para los que la vida y la muerte se resuelven a través de una transacción económica. A la vez, deja al descubierto las mentes siniestras, los estrategas del mal, para los que asesinar constituye solo un medio para lograr sus oscuros objetivos.

Según RT noticias, cuatro personas vestidas con ropa de camuflaje y armadas con fusiles irrumpieron la noche del 22 de marzo en la sala de conciertos Crocus City Hall, en las afueras de Moscú, donde abrieron fuego contra los presentes. Los terroristas utilizaron también un líquido inflamable para incendiar el recinto. El ataque dejó, hasta el momento, 144 muertos y más de 380 heridos.

El terrorismo es el recurso de aquellos que, imposibilitados de lograr sus objetivos por medios leales, recurren al miedo, a la violencia, al terror. Para ello no escatiman el empleo de las más infames acciones que quebranten la resistencia, que infundan pavor en aquellos que consideran sus enemigos.

Y así, los crímenes selectivos, los asesinatos en masa, la tortura, la destrucción de viviendas, los sabotajes, la contaminación de ríos, se convierten en acciones intimidatorias, cuyo eje central está en el terror. Su ejecución es a través del empleo de mercenarios, sicarios o de fanáticos, convirtiéndose estos, no solo en instrumentos de destrucción, sino en una amenaza para la humanidad, que crea un ambiente de intranquilidad y de temor generalizado. 

En las guerras sucias, el recurso del terror ha sido válido y pese a las convenciones suscritas, por ejemplo, la de Ginebra, el empleo de la violencia y el terror no ha tenido límites. De ahí que, para aquellos que el respeto a la vida no está contemplado en su escala de valores, eliminar a otro ser humano, humillarlo, reducirlo a lo mínimo, para conseguir sus objetivos, constituye un asunto rutinario y justificado.

¿Cómo es que las personas llegan a tal grado de degradación, de decadencia y desprecio a la vida? Se cuenta que, en los campos de exterminio nazi, al momento de las terribles torturas infligidas por los verdugos a los prisioneros, se dejaban oír horrendos alaridos; por lo que los comandantes del ejército nazi, acostumbraban ocultar los ensordecedores y desgarradores gritos, escuchando las óperas de Richard Wagner a todo volumen. Tan sensibles y refinados eran sus oídos que no soportaban los efectos que ocasionaban sus perversas órdenes, mas no se inmutaban con el olor a muerte que despedían los hornos, en donde eran incineradas sus víctimas.

El irrespeto a la vida es la respuesta del amor a la muerte o necrofilia. Por lo que las personas, para las que el asesinar a otro ser humano no representa problema alguno, cualquier acción terrorista es un acto de heroísmo. Y como bien lo señaló Michel Foucault, la muerte dejó su viejo cielo trágico y se convirtió en el núcleo lírico del hombre: su verdad invisible, su secreto visible. Muerte, violencia, destrucción, terrible condición humana…

Erich Fromm, en su libro El corazón del hombre, ilustra muy bien ese tipo de patologías cuando indica: El necrófilo vive en el pasado, nunca en el futuro. Sus emociones son esencialmente sentimentales, es decir, alimentan el recuerdo de emociones que tuvieron ayer o que creen que tuvieron. Son fríos, esquivos, devotos de la ley y el orden. Son individuos que deprecian la vida y aman la muerte e incuban un odio enfermizo en contra de aquellos que no comparten su criterio, sus ideas y por lo que los consideran sus enemigos a los que deben aniquilar.

El terrorismo tiene la peculiaridad de que sus acciones se realizan veladamente, tienen por característica la sorpresa, no se sabe cuándo será el ataque y por ello el impacto psicológico que pueda ocasionar es mayor. De ahí que, una plaza, una iglesia, una escuela, una sala de conciertos puede ser blanco de un ataque de ese tipo. Lo que se busca es crear miedo, zozobra, constituirse en una amenaza latente para el que se considera el enemigo.

Lo ocurrido en Moscú, con la pérdida de tantas vidas humanas, los heridos, familias destruidas, no puede quedar impune y debe ser motivo de repudio e indignación por parte de todos aquellos que confían en que la paz y la solidaridad humana, son la respuesta a la decadencia y la barbarie demostrada con tales actos. De ahí que el castigo para los criminales, tanto los actores materiales como los que planificaron el hecho, no es un asunto de venganza sino de justicia.

Infundir terror ha sido el método utilizado por aquellos que, a lo largo de la historia, pretenden imponer su criterio, que consiste en ser obedecidos a través de la violencia. Ha sido también el arma de gobiernos despóticos, de dictaduras, religiones y totalitarismos, para mantenerse en el poder y tener el control de las personas.

El efecto del terror en la mente de las personas es poderoso y surge, en la mente de las personas, motivado por horrendas acciones perpetradas por los terroristas, en las que la violencia, la pérdida de la libertad y la muerte están presentes. Sin embargo, no hay que olvidar las palabras de Isaac Asimov, la violencia es el último recurso de los incompetentes. Y tarde o temprano su incompetencia los hará fracasar y pagar sus afrentas.

 Los que ejecutan actos de terrorismo no tiene reparo alguno del impacto que causarán sus actos ni en contra de quién se cometerán, pues han perdido no solo el respeto a la vida sino también su condición humana. Así, si cometen masacres en los que se vean afectados niños, mujeres y ancianos, pues no tiene importancia, ya que lo relevante es el impacto que causen tales acciones, en las que el fin justifica los medios. Para estos, como dice el poeta y cantautor Joan Manuel Serrat, nacer o morir es indiferente.

Mis condolencias y solidaridad con el pueblo y gobierno de la Federación de Rusia, ante las acciones terroristas perpetradas el 22 de marzo del año en curso en la sala de conciertos Crocus City Hall de Moscú.

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