Una relación incomoda

tattooyo-pozzanghereJavier llegó a mi vida de improvisto. Entró sin avisar, como un torbellino. Se instaló en mí y disfruté tanto su presencia.

No lo conocía de nada, hasta que un día me llamó para ofrecerme un trabajo. Alguien me recomendó con él, que andaba buscando una socióloga. Esa vez le dije que no. Tenía trabajo y me faltaba tiempo. Pero ofrecí apoyar su proyecto. Y de ahí, surgió una linda amistad telefónica, hasta que un día lo conocí y no hubo vuelta atrás.

Fue raro. Hablábamos mucho por teléfono o el chat, pero no nos conocíamos personalmente. Hasta que un día me dejó un mensaje en el buzón de mi teléfono. “Vamos a compartir con el equipo en Trova Jazz a las 8, se pondrá buena la noche, ven por favor, así nos conoces”.

Esa noche afortunadamente no tenía nada que hacer, y fui a ese antro. Llegué puntual, pero el sitio estaba medio. Pedí una michelada, esperando que llegará pronto. Eso sucedió hora y media después. No me agrado esa situación. Pero Javier me convenció que me quedará.

Después de media noche, por fin me levanté de la silla. Estaba a punto de explotar, debía ir al baño de inmediato. En el fondo, la música de “Tula le cogió candela….” sonaba, y la gente empezó a levantarse para bailar o salir a fumar. Cuando por fin llegué a mi destino, dudé. Había dos puertas, una enfrente de la otra, pero ninguna indicaba cuál era de mujeres y cuál de hombres.

Entré por fortuna al de mujeres. Cuando salí, por coincidencia, salió Javier. Fue pura casualidad. Vamos afuera me dijo, quiero fumar un cigarro. Ya afuera, nos juntamos bajo el arbolito de la calle. Me miró. Lo miré. Me tomó de la mano y me beso. Luego lo bese yo. Luego me colgué sobre su cuello y le insinué que me había gustado mucho.

En eso salieron las otras chicas y se nos unieron. Una de ellas andaba con Javier, pero ninguna nos vio besarnos. Así que regresamos a la mesa y me despedí. Era hora de irme.

Llegando a casa iba, cuando sonó mi teléfono. Era Javier. Quería que llegará a un bar de esos que abren después de la ley seca, por la 16 calle y 8 avenida.

Y entre que si y que no, di media vuelta y me fui a la zona 1. Es un edificio de cuatro niveles, con un portón negro grande, en donde se puede meter el vehículo, pero antes debes bocinar bastante. Javier salió a recibirme. Estaba solo, en medio de muchos desconocidos.

El sitio es un apartamento grande, construido en los 60, amplio y viejo. Habilitado para vender licor y droga a los que se desvelan. No estaba lleno, pero había bulla. Me llevo a una esquina y me beso como un chavalito desquiciado.

Amanecimos en aquel sitio. Mojada de sudor y deseo. Cansada pero disfrutando la compañía. Era la primera vez que salíamos, pero no había mucho que hablar, era disfrutar de su compañía y sus caricias.

Lo llevé a la casa. Nos metimos al baño, para refrescar nuestros cuerpos. Fue maravilloso. Nos dormimos casi a las 11, para despertar por la tarde y continuar haciendo el amor, hasta que sonó el teléfono y se tuvo que ir.

Fue muy placentero y al mismo tiempo raro. Nunca había estado con alguien de esa forma. Pero me gustaba.

Después de eso, nuestros encuentros fueron más continuos. Javier se sentía muy cómodo con mi compañía. Ahora no me llamaba para consultas del trabajo, sino para saber si podía llegar a mi casa. Nunca le dije que no. Siempre estuve dispuesta para él.

Era una rutina. Cuando tenía ganas me llamaba. Y si a mi se me antojaba, también lo llamaba. Dos o tres veces a la semana, o más, al inicio. Luego se espacio por dos veces por mes.

Su novia se termino enterando de lo nuestro. Y le prohibió verme.

Bueno, no había un “lo nuestro”. Solo era sexo. Pero aún así, lo extraño mucho.

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