Un encuentro basto

En aquel tiempo era una universitaria veinteañera, que vestía de jeans, playera y tenis. Pocas veces me pintaba y casi nunca usaba zapatos altos o me arreglaba el pelo, más bien muchas veces usaba gorra o trenzas. Odiaba llamar la atención. Tampoco me gustaban los hombres mayores. Los consideraba aburridos y poco atractivos.

Sin embargo en esa etapa tuve un romance con un viejo que cambio mi forma de entender las relaciones y los atractivos. Eso surgió por casualidad, como dicen nunca lo vi venir, pero me impacto de tal manera que años después aún recuerdo esa etapa.

Creo que lo que me cautivo de él fue su plática. Muy formal al principio, era bastante inteligente y generaba un ambiente de confianza. Cuando me invito a su casa, no tenía nada que hacer y acepte sin pensar nada. Me acuerdo que ese día iba impecablemente vestido, con traje sastre a la medida, con tonos claros en la corbata y la camisa y lucia una sonrisa blanca impecable. Me abrió la puerta del carro, como todo un caballero. Yo iba de sandalias, unos jeans negros desteñidos y un morral típico.

Al llegar a su casa le pregunte si su esposa estaba y me contesto que aún era soltero. Y antes que le dijera algo agrego que todo mundo pensaba que era gay, incluso su madre. Buen punto le dije, pues no supe que contestarte, más quería preguntar si era así. Me ofreció algo de tomar y me sentó en la sala, en un sillón amplio y bonito. El se poso a mi lado y de pronto me beso.

O soy ingenua o nunca me paso por la mente que eso iba a pasar. Lo cierto que me cautivo ese primer instante, dado que sus besos eran tiernos, bastante húmedos. Todo un experto. Ahí sentí su cercanía, su dedicación, su interés por mí y mis reacciones. Sus ojos se posaron en mi rostro, quizás preguntando si me había gustado o si podía continuar. Entonces le pase mis manos sobre su cuello y fui yo quién lo beso, ya con más entereza, un poco con malicia, como diciendo yo también puedo besar y de qué forma.

Entonces me tumbo sobre el sofá. Sus manos me tocaron por primera vez las piernas y con sumo cuidado me quito las chanclas. Eso me relajo bastante. De nuevo lo jale para besarle y sus manos fueron directamente a mis pechos. Me quite la playera y el sostén y su reacción fue muy tierna, diciéndome muchas frases cursis que me elevaron la autoestima. Pero sus caricias no cesaba y al mismo tiempo su calma y paciencia para ir descubriendo cada parte de mi cuerpo me excitaba muchísimo, al contrario de mi alocaba rapidez por mis desnudez.

Después de algunos minutos, me bajó suavemente el pantalón y mis piernas quedaron al descubierto. Luego comenzó a jugar con mi calzón, jalándolo suavemente y estirando el elástico, lo que me provocaba un ligero roce que era muy agradable. Estaba nerviosa. Yo estaba casi desnuda, el seguía completamente vestido. Entonces le quite la corbata, desabroché su camisa y el cinturón de su pantalón.

Entonces comenzó a besar mis pies, como un devoto, con cuidado y dedicación, tanta que no me provocaba las cosquillas que siempre sentía, más bien era una sensación extraña y rica. Ahí sentí por primera vez que la respiración se me dificultaba. Luego comenzó a subir hasta la rodilla y me abrió toda. Ahí me recordé que no me había depilado la vagina, que casi no lo hacía y por lo tanto iba a llevarse una sorpresa. Eso me había puesto nerviosa pues sabía si le iba quitar el impulso.

Pero fue al contrario, al quitarme el calzón, quede expuesta completamente, entonces su mirada fue discreta y luego cruzamos los ojos y se sonrío, creando un vínculo bastante especial. Entonces su dedo índice me roso y sus labios comenzaron a besar muchas partes de mi cuerpo. Metió sus dedos en medio de mis piernas y mi vagina se humedeció. Me lamió el vientre. Su boca me daba pequeños mordiscos en la pelvis hasta que llego con sus labios húmedos a mis labios vaginales y los fluidos se fundieron. Luego su lengua fue directamente a mi clítoris y estuvo jugueteando por un tiempo. Mis gemidos eran cada vez más fuertes. El me estrujaba el trasero, de vez en cuando uno de sus dedos me frotaba el culo, mientras que con su otra mano metía estos en mi vagina, y su lengua subsionaba mi sexo. Yo jadeaba, mi cuerpo ardía, la piel estaba eriza, todo estaba listo y le advertí que pronto me vendría. Diciendo eso mis piernas comenzaron a temblar. Sus dedos se fueron hasta dentro y su boca se poso directamente en mi, hasta que logre soltar otro flujo que se fundió con una leve risita de gozo en señal de haber llegado a la meta.

No hizo falta nada. Tampoco me pidió nada más. Simplemente fue el mejor sexo oral que jamás alguien me haya dado. Creo que ambos quedamos satisfechos. Yo más, pero seguro que él también. Ya era tarde y tenía que marcha. Lo hice con la promesa de volver, el se sonrió y  con un espero que sea así, me dejo marchar.

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