Tatuado en mi corazón

De pronto sentí la necesidad de tatuar mi cuerpo. En ese momento aún no era una obsesión, más bien un sentimiento de rebeldía que pronto se convirtió pasión.

Se lo comenté a mis amigas y ellas me alentaron. Con mis hermanas fue distinto, estaban de acuerdo, pero me recordaron la prohibición que mi madre nos había impuesto. Todo menos tatuajes, nos dijo bastante enojada en una ocasión.

Comencé a buscar una imagen bonita, que me identificará. Revise cientos, quizás miles de imágenes y busque un simulador en el internet, para observar cómo se podría ver en mi cuerpo.

La imagen la encontré de casualidad, fue amor a primera vista. Era un colibrí volando con sus alas extendidas y me recordó un cuento que un profesor nos relataba cuando estudiaba magisterio, el  ilustraba así lo grande que resultaba la tarea de educar y el significado de su pequeño esfuerzo.

Una amiga me recomendó un tatuador. Lo llamé por teléfono para preguntar precios. Pero en ese momento me resultaba muy caro. Pasaron los meses y no lograba juntar el dinero.

Entonces decidí pedirle trabajo. Al principio dijo que no, pero poco a poco lo convencí y de pronto estaba trabajando con él, como asistente, promotora, vendedora y secretaria. De todo un poco. Un trabajo de medio tiempo a gusto con el rumbo que tomaba mi vida.

Eso me permitió observar nuevos modelos, otros cuerpos, muchas ganas de gente contagiada con la fiebre del tatuaje. Claudio me enseñaba los secretos del oficio y encontré en él muchas ilusiones que plasmaba en aquellos cuerpos que se rendía ante su arte.

También observe como las niñas pupis escondía sus tatuajes y las “malas” lo hacían visibles. Como los hombres querían resaltar sus aventuras y desventuras, mientras que los mayores buscaban un parte perdida de su juventud.

Después de darle vueltas al asunto decidí tatuarme una mariposa pequeña, en la parte de atrás de mi cuerpo. El colibrí tendría que esperar. La mariposa estaba de moda, Claudio me convenció que era la mejor imagen para mi cuerpo.

Me gustó tanto cómo quedo el tatuaje que al mes siguiente me hizo uno mayor. Ahí mismo, con mayor detalle y con colores llamativos. Después nada me freno y mi cuerpo se fue llenando de expresiones, frases y diseños que ya no podía ocultar.

Se puede decir que Claudio esculpió mi cuerpo con dedicación y esmero. Su arte la plasmo también con amor. Lo hizo con ternura en la mayoría de las veces, pero también con fuerza y determinación. Por eso, a lo largo de estos años, mi cuerpo lleva su sello.

El día que hicimos por primera vez el amor, se tatuó en mí su ser. El tatuaje del amor floreció entre ambos y ahora llevo con orgullo su cuerpo tatuado en mi corazón volando juntos con determinación.  Como el colibrí.

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