Sumisa

Cuando entre no le dije nada, no hacía falta. Se postró a mis pies, me dio una explicación y ante mi complacencia me subió el vestido. Fue un acto de atrevimiento con mi anuencia, que me alentó a seguir enojada. Sus manos fueron directamente a mis muslos y con su saliva despertó mi deseo. Cuando por fin lo perdone, me despoje el vestido y toda mi ropa interior y me quede parada frente aquel hombre que tenía una mirada sumisa, lo que despertó más mi pasión. Yo ordene y el enloquecio. Y su locura me hizo enloquecer más. Mis piernas flaquearon, pero mi deseo iba en crecimiento. Así que le ordene con fuerza y determinación que me tomara fuerte, sin contemplación. Y chupo mi vagina como un descocido hasta que logro que mi orgasmo se mostrará. Entonces le ordene que me penetrara y me lo hizo una y otra vez hasta que mi alma suplico que parará.

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