Relación enfermiza

Ahora comprendo que no fue por amor, sino más bien por una obsesión enfermiza que deje que pasará lo que les contaré a continuación. Yo apenas cumplía los 20 años, cuando descubrí que estaba atraída por un hombre mayor, a quién conocía desde hacía mucho tiempo.

En ese tiempo tenía un comportamiento extrovertido y directo, así que un día le dije que me gustaba mucho. En ese momento ni me pelo. Nuestra amistad siguió como siempre.

Un día, para estas fechas, me dijo que tenía un regalo para mi. Así le dije sorprendida, y eso a qué se debe, pregunte. Es por tu cumpleaños, por que ya viene el día del carinño y porque me da la gana darte un regalo, dijo en tono molesto.

Llegue a su casa para recoger el regalo. Al principio se mostro indiferente y pesado. En cambio yo, iba motivada, me gustaba platicar con él, pues era un tipo inteligente. Cuando entre me escaneo de arriba abajo, con una mirada que encerraba mucho morbo.

“A qué vienes”, me pregunto. Bueno, es que tú me dijiste que viniera, le conteste. Te acuerdas, del regalo. ¡Ah, si tu regalo¡…. Ahí está, dijo.

Me senté en la mesa de comedor como siempre lo hacía. Esperando tener una buena platica. Entonces me pregunto si en serio llegaba por el regalo. Claro, por qué otra cosa vendría, le conteste.

Entonces de una forma directa me contesto, vienes porque quiere que te de una buena cogida. Escuchar eso me sonrojo. Ves, dijo de nuevo, sola te delataste.

De inmediato me puse de pie, tome el regalo y le dije adiós. Pero me intercepto en la sala. Me tomo del brazo y me dio un beso. Estaba nerviosa, las piernas me temblaban y no sabía muy bien qué hacer.

Después del beso, me soltó y me advirtió. Vete, regresa cuando quieras coger conmigo,  dijo.

Después de dos semanas regrese. No tenía excusa para volver. Solo me presente en su casa y toque el timbre. El abrió la puerta como siempre, pero ahora no pregunto el motivo de mi visita.

Lo había pensado bien y quería nadar en los mares de la pasión que aquel hombre me ofrecía, buscando el desenfreno que le hacía falta a mi vida, buscando el sexo atolondrado que no me faltaba. El me atraía, yo ya no era virgen, tampoco ingenua, entonces pensé que era una buen idea.

Cuando entre a su casa, no había necesidad de hablar nada. Y le agradecí eso, que no dijera ni preguntará nada. Ahí estaba, dispuesta y afortunadamente él lo entendió así. Se acerco a mí y me levanto la falda. Mi vio calzón blanco, sin nada sexy. Me estrujo la nalga y me dio un beso. Después me toco el pecho mientras trataba de desnudarme. No lo logro, entonces me dio la vuelta y me empujo sobre aquel sillón negro de su sala.

Con fuerza se poso sobre mi cuerpo y me penetro. Sentí un desgarro descomunal. Apreté la boca para no gritar. Su fuerza me provocaba dolor y angustia, pero al mismo tiempo incrementaba mi deseo y mi excitación. Eso duro unos minutos, hasta que se vino. Sentí su semen escurrir en mis nalgas.

Me fui de esa casa en trance. Sin muchas ganas de nada. Me encerré en mi cuarto y me sentí confundida, un poco ultrajada y no había tenido ningún orgasmo, solo dolor, un dolor que me quedo por varios días.

Después de tres semanas regrese de nuevo, dispuesta a comprobar si esa atracción que sentía por él, se debía a algo mágico, distinto o era simplemente una obsesión. En esa ocasión me provoco un sonoro orgasmo que revitalizó mi apuesta. Fue una tarde de sexo rudo, como él le llamaba a sus locuras. Fue un placer estar esa tarde a su lado, no digo que me enamoré, pero estoy segura que a partir de ahí me enganche en una espiral de deseo y desenfreno.

Luego vinieron más orgasmos, más citas, más locuras. Hasta que me canse y lo mande a la mierda. Justo cuando los excesos me pasaban factura.

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