Recuerdo de mis encuentros menos románticos pero más intensos

Le dije que lo esperaba en la cuchilla de la zona 14, a las 10 de la mañana. Si no estaba puntual, me iba. Y llegó diez minutos antes. Mi padre me hizo favor de llevarme, y me dejó sin cerciorar si alguien me esperaba. Baje del carro de papa y me pare en la esquina y un instinto me hizo voltear. Ahí estaba Steve, en su Audi último modelo. Camine despacio para cruzarme la calle y subirme al carro. Note de inmediato la forma en que me desnudo. Le di un beso, para agradecer esa puntualidad. Odio a los tipos impuntuales, dije como saludo, pero tu eres lindo por eso. Se me quedo viendo de pies a cabeza, no podía dar crédito a mi vestimenta. Un vestido de una sola pieza floriado, bastante corto, casi enseñando todo, sin brasier y con tirantes. Y tu, me dijo, vas a la playa. Por qué pregunte desonsertada. Es que vas enseñando todo el culo por la calle, dijo sin menosprecio de sus palabras y su mente. Y qué, conteste. Pero después de unos instantes, su mirada se poso sobre mis pies, algo incomodo pero novedoso, hasta eso momento para mi. Andaba en chancletas blancas de hule, súper cómodas, súper bonitas. Subí mis pies sobre el carro y le pregunte. Te gustan. Sabía que su fetiche podía ser más fuerte que el cuidado que dispensaba de aquel carro. Se sonrió, me dijo que si, pero si los podía poner sobre sus piernas, se sentiría mejor. Durante el trayecto a su casa, sus dedos se entrelazaron con mis pies y fue lo más rico del viaje, pues me relajo y comprendí que lo nuestro, no tendría futuro, pero si un presente intenso. Habiamos coqueteado desde la secundaria, pero nunca se había dado. Pero el gusto estaba presente y después de varias insinuaciones, me dije, y porqué no. Ni amigos con derechos, ni novios con sentimientos. Descubramos que hay entre nosotros.

Vivía en un edificio de apartamentos algo viejo, plagados de telas de araña y ventanas rotas. Era una residencia para universitarios con pisto, pero se había convertido en lugar para quién pudiera pagar. Sin ascensor para joderle la vida a cualquiera, subimos las gradas hasta el cuatro nivel. Un pequeño lugar, con una sola habitación, sala, comedor y cocina integradas. Un sillón viejo y sucio y una cama grande y limpia, pero sin hacer. Era la primera vez que llegaba ahí, según me contó pagaba un dineral por ese lugar. Dos ventanas, una que daba a la calle y otra a otra pared que dejaban entras la claridad y el fresco del día. Un baño algo descuidado pero limpio y un cuarto con ropa y cosas tiradas por todos lados. Una señora le llegaba hacer la limpieza una vez a la semana. Aquí vives, pregunte con desden. Pero no me respondío. Era obvio. Me sente en un sillón viejo y pregunte, cuál era el plan. Su respuesta también obvia, puso una cara de pregunta y sin decir nada eso un gesto de, puta, no me vengas con eso ahora. Me paso un vaso con hielo, limón y ron. Le di un sorbo grande, pensando que era limonada, qué es esto, dije. Esta fuerte. Se sentó a mi lado y me beso. Ese era el plan, pensé. Sus besos eran torpes. Le pregunte si me quería emborrachar para tener sexo conmigo o qué, porqué me había servido esa cantidad de ron. De todas maneras le dije, borracha o sobria, vamos a coger, a eso vine. Se sintió redimido, puso una cara de alegría, de deseo y dejo el mal humor. A penas daban las doce y se me antojo una cerveza fría. No quiero ron, le dije, quiero una cerveza. Se levanto y me llevo una lata de cerveza fría. Luego busco en aquella mini cocina un limón y sal y me lo puso en la mesita. Yo voy a seguir con ron, me dijo. Me levante a buscar algo de comer. Pero no había mucho. Regrese con una bolsa de chuchería y me freno antes de sentarme. Estaba parada frente a él y sus ojos se iluminaron. Sus manos flanquearon mi vestido y tocaron mis nalgas. Llevas algo abajo, pregunto sorprendido. Si, conteste algo picara. Pero es diminuto, dije, mientras se esforzaba por meter sus dedos entre mis gluteos. Vamos, le dije, deja de manosearme. Tomemos algo antes. Pero el plan del día se concretaba. A eso había llegado, por eso estaba. Por eso me quedaba. Sus deseos eran también los mios. No hubo palabras bonitas, ni deseos de futuro, solo ganas de concretar la lujuria que ambos atesorábamos hacia ya mucho tiempo.

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