Perverso

Con Ernesto asumí el rol de amante desde el principio. Pero asumir otros compromisos se me hizo cuesta arriba. Pero en ese punto él tenía el control.

Despreciaba salir con chavos de mi edad, guapos y atentos conmigo. Estaba para él, pero él no estaba siempre para mí.

Su esposa lo asumía y lo consumía. Lo bueno de nuestra relación se resumía en dos horas de placer y cientos de espera.

Un día, cuando llegue al apartamento en donde lo haciamos, estaba otra chica ahí. No comprendí bien que pasaba, pero todo comenzó a tener sentido cuando el me ordeno que me desnudará.

Pero, le dije, cómo crees, que hace ella aquí. Ella nos hará compañía, dijo y no quiero repetirlo de nuevo, desnúdate.

Al principio me negué. Pero yo estaba dispuesta a darle rienda suelta a sus fetiches. Me lanzo a la cama y me desnudo. Te van hacer el amor, mientras las veo, me dijo y no quiero escuchar ni una palabra más.

Así fue como comenzaron los fuegos más sucios que tuve que jugar. No era amor, lo que me unía a aquel tipo, era mis instintos más sórdidos, los que había abierto la puerta y que sin más también disfrutaba.

La sumisión que me provoco aquella tarde, fue el principio de mí descubrir. Y el acto sexual con una prostituta que fue tan delirante y sabroso que quise repetir una y otra vez.

Asumiendo varios papeles y roles. Fue lo más cercano al gozo infinito.

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