Otra más joven

Sus manos me tocaban con sencillez. Sus dedos frotaban mi vagina con atención y su lengua siempre me humedecía de forma cruel, con mordiscos leves y chupones ricos que me abrían el gusto. Después, me colocaba como le gustaba. A veces estando yo arriba, me daba la vuelta y le daba la espalda. Era una agradable sensación sentir su pene entrar desde arriba y como mis movimientos rozando esa parte tan vulnerable de mi vagina que me venía de inmediato. Luego me ponía en cuatro, le encantaba jalarme el pelo, sentir el roce y golpearme las nalgas, luego se ponía encima y me levantada las piernas hasta llevarla a la altura de mis pechos y entonces se deja ir penetrándome limpiamente. De esa forma me hacía gemir de manera incontrolable y eso nos gustaba a los dos. Pero la mejor postura era cuando ya exhaustos me tomaba las piernas y se sentaba a mi lado para penetrarme de manera suave y con ritmo. Cada embestida me provocaba un grito y cuando más rápido lo hacía, más fácil lograba el orgasmo. Todo la valió la pena, hasta que un día, me dejo por otra más joven.

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