Nuestro aniversario amoroso

Al sentir el sol en mi rostro, no me quería mover, por condescendiente. No podía creer que estuviera ahí, tirada en aquella cama, desnuda, con alguien que me abrazaba con fuerza, también desnudo.

El sueño profundo de aquel desconocido que se aferraba a mi cuerpo, era la prueba latente de lo vivido unas horas antes.

Era la primera vez que dormía fuera de casa. Y también, la primera vez que amanecía con alguien. Y para redondear, era la primera vez que tenía sexo casual con un desconocido.

Me lo habían presentado unos meses atrás y solo hablamos unos minutos. Después nos vimos en una marcha y algunos mensajes por whatapps era todo.

No sé cómo paso, pero su sonrisa y sus chistes me convencieron de ir con él a su apartamento. Salimos tomados de la mano como si fuéramos novios de toda la vida. Caminamos unas cuadras por la sexta avenida, aún no daban las 10 de la noche, cuando el me abrazo con mucha ternura y le correspondí con un beso. Unos que estaban en la esquina gritaron paguen cuarto y nosotros nos reímos al instante.

Llamo un taxi y cuando llegó, nos subimos aferrados el uno del otro. El taxista pidió la dirección y mientras él le daba indicaciones yo mensajeaba con mi madre.

Durante el trayecto sus besos contagiaban al conductor que en cada semáforo, que alineaba el retrovisor para no perder ninguna escena. Sus manos estaban desvistiéndome. Yo gemía y el taxista disminuía la velocidad cada vez que mis pechos se mostraban.

Al llegar ya no tenía ropa interior, que deje olvidada en el asiento trasero de aquel vehículo. Ya no valía la pena arreglar mis pechos que se mostraban desafiando cualquier mirada. Estaba excitada, más allá de cualquier condicionamiento.

Al pisar su apartamento, sus besos fueron más intensos y ya no existía más que terminar aquello que tan bien había comenzado. Así que me dio vuelta, puse mis manos sobre aquel sillón viejo de la sala mientras el me penetraba con furia y yo gemía como loca. Fue el primer orgasmo de la noche. El más espectacular, pero no el más intenso.

Aún sin quitarme los tacones que tanto le habían gustado, me recorrió el departamento mientras mi cuerpo era despojado de las pocas prendes de vestir que aún me acompañaban. En su cuarto, solo entre con mis zapatos puestos. Entonces llevo su pene a mi boca y me ordeno, así como lo escuchan, ponerlo listo.

Su cuarto estaba adornado de estrellas fluorescentes, como un niño que juguetea con su ternura. Sus sabanas blancas contrastaban con el gris fuerte de las paredes. Fue, ahí entre la penumbra de la luna llena y la luz de las bombillas ahorrados de la sala que divise aquel pene grueso y rojito, que se mostro regocijante ante mi presencia.

Nos hicimos el amor por varias horas, hasta quedar dormidos.

A la mañana siguiente sentí el sol en mi rostro pero mi cuerpo estaba pesado, mis músculos adoloridos, mi cuerpo húmedo aún y mis ganas seguían intactas. No era desenfreno, era más bien la sensación de estar bien y querer más.

No había sido una noche cualquiera. Era mi primera experiencia en esas lides.

Abrace la almohada, tratando de estirar mi cuerpo, encontré el inconfundible aroma del hombre que hasta hace unas horas solo conocía por su apodo. Me di vuelta y estaba desnudo a mi lado.

Entonces no me importo el sol ardiente en mi cara. Su pierna se metió entre las mías mientras me acomodaba mejor. Así divise un tatuaje hermoso en su dorso, con el nombre de Matilde entre unos corazones entrelazados.

Ya con el sol inundando la habitación pude ver su pene más  detenidamente. Así que lo toque con mucha delicadeza, sólo por el morbo de tocar algo tan raro y bonito a la vez. Mi bello durmiente siguió aferrado a mi cuerpo sin despertar.

Lo deje dormir, salí del cuarto y me prepare una café. El apartamento era bonito, sobrio, típico de un nido de amor para un hombre soltero que sabe como disfrutar a las mujeres, pensé. Me senté a ver la calle, los árboles, el lugar.

Luego pase revista hasta fijar mi atención en una foto, en donde estaba con Matilde. A mi amor eterno, se leía abajo con una fecha 17/09/17 en nuestro quinto aniversario.

Hice cuentas y me puse nerviosa. Tome mis cosas, cuando el teléfono sonó. Era mi madre.

Él estaba despierto, parado desnudo en el pasillo. Por un momento me dieron ganas de regresar a la cama. Pero me acorde de la fecha y se me paso.

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