No te enamores

Amor, me dijo al oído, hoy quiero tenerte. El suspiro fue el preludio de todo lo demás.

Al llegar aquel elegante motel, me tomo de la mano y me guió hasta la habitación como todo un caballero. Deja, dijo, yo me encargo de todo. Tu solo relájate. Tomo el teléfono y pidió algo de tomar. Entre tanto lleno la bañera con espuma y puso música a tono con el momento. Me sirvió un trago y después nos besamos. Como que si hubiera sido la primera vez, un primer beso, de esos tiernos, comprensivos, cariñosos, sin retorno. Fue un segundo suspiro que me llego hasta el alma.

Me llevo a la orilla de la cama, parados frente a una luz tenue pero suficiente para vernos los rostros deseosos. Me dijo lo habitual, sobre mis ojos, mi sonrisa y lo bonita que era. Después algo inusual que me desencajo, pues me pidió que no me enamorara de él. Contradictorio si pensamos que al principio era todo amor, y ahora me pedía expresamente que no fuera más allá del deseo.

Entonces fue el segundo beso que me encendio el corazón. Sus labios dibujaron sus deseos en mi boca y se posaron sobre mis sentidos. Creo haber estado parada ahí, por más o menos media hora. Los labios quedaron secos, los fluidos nos los tragamos de placer. Sus besos fueron el preámbulo perfecto para una noche maravillosa. El sexo continuo hasta el amanecer y cuando por fin salimos de aquel sitio, las luces del sol iluminaban mi rostro radiante de felicidad.

Llegamos a mi casa y lo invite un café. Entonces, le serví un trago para un segundo brindis, pensando en la despedida final, y también para refrescar el cuerpo y humedecer los labios. Salud, por ti amor, dijo entre dientes. Entonces me aferre a su cuello y lo bese sin tapujos y sentí un alivio enorme al escuchar esas dulces palabras pronunciadas por alguien que me acaba de decir que nunca me enamorara de él, pues me dio esa sensación de entrega que solo los hombres enamorados tienen con su amada.

Y lo hicimos todo el día, dormimos por ratos y al despertarnos y vernos desnudos se nos apetecía comenzar el romance de nuevo. Era una especie de espiral continua de pasiones, deseos, orgasmos y coger sin freno hasta que nuestros cuerpos se fundieran en plena armonía. Fue un challanger de sexo y pasión, que pronto se convirtió en amor. Lastima que me advirtió previamente que no me fuera a enamorar. Pues esa tarde, por muy maravillosa que fue, no me despertó nada cuando por fin lo conocí fuera de la cama.

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