No saber cuando parar

He tenido una semana santa de mucho sexo. Con mi novio, claro.

Tomamos rumbo a las playas de pacífico desde el viernes de dolores. En el camino, en pleno descanso, unas cervezas y en medio de un bosque de hule, nos dimos el bautizo de lo que posteriormente fue nuestro frenesí vacacional.

En la piscina del hotel, en el cuarto, en los baños de la disco, en aquella abandonada cabañita y en las escaleras del cuarto piso, justo cuando los chicos de al lado regresaban de su enésima borrachera. El sexo nos invadió por completo.

Aun cuando el placer sea algo íntimo e implícito al ser humano, en ocasiones sentimos un impulso muy grande para dejar atrás nuestras travas psicológicas. Mi novio, tiene sus recelos respecto al sexo, pero quiere darse el aire de hombre de mundo, sin celos y muy seguro de lo que tiene. Yo en cambio, crecí en una familia que me libero desde muy chica de esas inseguridades y no tengo miedo a tomar la iniciativa.

Llevamos saliendo algunos meses y el sexo cada vez es mejor. Pero él todavía desconoce mis zonas erógenas a profundidad. Así que este viaje me ayudo a desinhibirse por completo y a mostrarle mis lados vulnerables y mis ganas por vivir una sexualidad libre de ataduras y complejos.

Hubo momentos chistosos, como cuando mi novio sale de la piscina con una tamaña erección que vio todo el mundo. El pobre no sabia donde meterse, mientras yo, me gozaba a más no poder las miradas de las chicas llenas de envidia.

En la discoteca pasamos un momento excitante, con mi vestido traslucido y mi borrachera provoqué a más de alguno. Fue todo rápido y furioso. Yo fui al baño. Mi chico se quedo en la barra pidiendo más bebida. Al fondo había un grupo de chicos bastantes guapos y tomados. Pude rodearlos pero decidí pasar por allí, provocándoles. Al regreso uno de ellos me toco la nalga. Y eso me excito mucho. El otro se me interpuso y me susurró algo que no supe descifrar.  Mi novio llegó de inmediato a salvarme, pero mi reacción fue contraria. Ellos nos invitan a compartir una cerveza, le dije, mientras un chico seguía con su mano aferrada a mi entre pierna sin que yo hiciera mucho para evitar eso.

Esa sensación me provoco un placer enorme. Ver a mi chico sin saber que hacer, celoso de los chavos guapos que me rodeaban con deseos de tomarme ahí mismo. A ello contribuyeron las luces, el sonido estridente de una canción sexual que sonada en ese momento y la mano del chico que no dejaba de tocarme, sin que yo pusiera resistencia. No se si mi novio se dio cuenta. Pero yo estaba muy excitada para reconocer sus gestos de desaprobación. Aceptamos la invitación dije en medio de una carcajada sensual.

De un sorbo me bebí el vaso de cerveza que me ofrecieron y derramé a propósito el último sorbo. Mis pezones delataron mi entusiasmo por la situación, pero ya mi novio no daba para más.

Así que mejor me despedí con mucha dificultad repartiendo besos a todos. Mi novio se dio la vuelta y se alejo. El chico que seguía aferrado a mi entrepierna me reto a que no le daba un beso en la boca. Eso me toco el alma. Volteé a ver a mi novio y le deje ir el beso más apasionado que di en semana santa. Fue un arranque de adrenalina pura y pasión desbordado. Metí mis manos entre su pantaloneta para comprobar su pene caliente y listo. Y antes que no pudiera parar me aleje riendo de la cara de espanto de mi novio y del chico caliente que había dejado atrás.

Por fin alcance a mi novio y prácticamente le hice el amor en las gradas.

En ocasiones estamos convencidos de que a la otra persona le encanta que le practiquen ciertas cosas y resulta que es todo lo contrario. El enfado de mi novio era muy grande. Luego hablamos y descubrí qué es lo que le gusta y lo que no. Fue una charla sana, divertida y muy picante. Igual, lo vivido no me lo quito nadie.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *