Mis pies

Dias y noches para comprobar que todo es cuestión de forma.

Pase dos meses con unos zapatos prestados, llegando a una oficina para realizar mis prácticas. Me veía y me comparaba con las otras muchachas que ya trabajaban ahí y que lucían sus zapatos altos, como quién se muestra en una pasarela de moda.

Para la graduación mi madre me compró unos zapatos rojos, con tacón de punta y unas lindas tiras. Los use solo esa noche y me dejaron los pies marcados.

Primero porque baile con le chico más guapo del colegio, sin que sintiera mis dedos presionados. Y segundo porque al final de la noche, mis tobillos se resintieron y evitaron que siguiera cómoda.

El colegio insistió en que debíamos estar bien presentadas, para hacer un mes de prácticas. En esa época no era nada coqueta. Pero los disfrute, en todo.

Fueron unos zapatos de tacón con punta cuadrada que mi hermana mayor me dio. Eran odiosos y por eso me los presto.  Nada cómodos y el trauma para mis pies y tobillos era lo peor de tenerlos toda la mañana.

Cuando regresaba a casa, metía mis pies en una palangana con agua caliente, disfrutando mi libertad de nuevo y andaba descansa el resto de la tarde por la casa.

Pero rápidamente le tome el gusto, primero porque me hacía ver más alta, y segundo porque mi madre, después de ver como caminaba, me compro unos de mi gusto y talla.

En mi fiesta de graduación, unos meses después, me puse unos zapatos rojos con tiras preciosas y no volví a quejarme de mis pies. Baile agarrada toda la noche y mis dedos nunca se quejaron. Es más, cuando esa noche fuimos al carro con el novio, y ahí me toco, sentí como que hubiera hecho sexo en Nueva York.

Con el tiempo el uso de los zapatos altos se convirtió en parte de mi personalidad. Una amiga me decía siempre que los símbolos de la seducción femenina son los escotes y los tacones.

Después de unos años, me di cuenta que mi pechos no seducían tanto como mis tacones. Mi marido, me acaba de confesar que se fijo en mí, por mis pies, o más bien, por mis zapatos.

Con el tiempo me di cuenta que me había casado con un fetichista por lo tacones. Era un fanático y le excitaba verme en tacones, incluso en la casa. Poco a poco me fui dando cuenta que en cama, en las noches, me pedía que no me los quitara.

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