Los maravillosos viernes

congaTengo muchos motivos para sentirme feliz los días viernes. Ya sé que muchos pensarán que todos se sienten así al finalizar la semana laboral. Pero lo digo por otras circunstancias y no precisamente por eso. Ahora les cuento.

Mi madre me dice que los días viernes me descarrilo. Y ese día en especial, tengo una predisposición a la conga y al pecado, que solo ella comprende y acepta, mientras que a mi padre le enfada dicha situación.

Cuando cumplí los 16 años, en una fiesta de 15, perdí mi virginidad. Fue un viernes. No paso por pasar. Lo tenía planificado desde el lunes. Y paso porque yo quería que pasara. Había llegado la hora y lo único que lamente después, fue el comportamiento del patojo mierda con quién lo hice.

Después de ese encuentro siguieron otros. Yo me volví popular, por el desprestigio que ese chico me causo al decir que era una puta. Pero poco me importó, total no cobraba. Yo tenía a los chicos que más me gustaban los días viernes, cuando mis padres iban al bingo.

Fue un viernes cuando me hicieron el amor de verdad. Ahí vi las estrellas y el universo. Estaba recostada en una silla de playa, a orillas de la piscina. Yo estaba por cumplir los 18 años y días antes había ido con el médico cubano del pueblo, por una infección urinaria. Cuando me preguntó, le dije que nunca había tenido relaciones sexuales. Era una mentira, porque me gustaba mucho.

Ese viernes de fiesta del pueblo se lo dije: “quiero perder la virginidad contigo”.

Fue tan bueno y diferente el sexo con él, que cuando regreso a Cuba, me deprimí. Y convencí a mis padres para que me pagaran un viaje a la isla, lo fui a buscar. Sabía que era casado y con hijos, y seguro que mi presencia en su casa fue patética, que hasta la mujer me atendió muy bien, más por lastima que otra cosa. Pero eso poco me importo.

En Varadero, el último viernes de mi estancia en Cuba, me hizo el amor un negro, alto, fornido, guapo, que me hizo olvidar por completo la misión de cazar al médico. Y regrese más contenta y satisfecha aún.

Estando en la boda de mi primo, en Puebla, México, conocí al padre de mis dos hijos y ahora mi marido.

Llegué al DF el sábado por la tarde. El me fue a recoger, porqué mi primo no podía. Al otro día se ofreció para enseñarme la ciudad. La boda civil sería el miércoles, así que pase toda la semana paseando en su compañía. Y fue el viernes, en la fiesta, cuando hicimos el amor por primera vez.

Lo hicimos en el cuarto donde guardaban los regalos. Casi todos se dieron cuenta. Yo pujaba tan fuerte, que el grupo que amenizaba hizo bromas y mi tía fue a ver la conga que teníamos.

Siempre que salís a fiestas, das el culo, me dijo tía, avergonzada que todo el mundo hablaba de mí.

Lo cierto es, las historias de los viernes son maravillosas.

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