Las apariencias engañan

Siempre que lo veía, sentía contracciones en el estómago. Su forma de mirar me derretía, al grado que me ponía nerviosa cuando me dirigía la palabra. En muchas ocasiones no pude responder y perdía completamente la compostura. Su mirada era penetrante, bastante morbosa y sucia y generaba rechazo e incomodidad, pero a mi me gustaba que me mirará así.

Así que una tarde, no me perdió la mirada durante toda la fiesta. El sabía perfectamente que yo estaba a su disposición. Se lo había contado a mis amigas y más de alguien se lo tuvo que decir. Es más, yo me encargaba de seducirlo a mi manera.

Había pensado que al menor indicio le abriría las piernas y me desnudaría para que me tomara con fuerza y gritaría del dolor que sus gestos me provocarían, para gozar de su pene en mi cuerpo.

Ese día en la fiesta me enfunde de valor, me puse un vestido corto, y cuando me vio entrar me lanzo esa mirada sucia, que causaba rechazo, pero que a mi me supo a gloria. Me saludó de forma discreta, pero su sonrisa morbosa me aviso que estaba atento y dispuesto. Cuando hablamos, nunca me quito la mirada de las piernas y las chiches. Su beso en la mejilla fue más bien un lenguatazo en mi oreja que me provoco un escalofrío rudo.

Así que al final de la fiesta fui y le reclame porque no me había ido a sacar a bailar. El se sonrío, me tomo de la mano y me sento a su lado. Sabes chiquilla, dijo como tono paternal, yo no bailo, al mismo instante tomo mi mano y la coloco entre su pierna a pocos centímetros de su entrepierna.

Nadie nos veía, estando sentados en la última mesa de aquel enorme salón. Mi mano estaba abajo y el mantel y la mesa cubrían, así que no me bastaba que me dijera que no bailaba y que me dijera chiquilla, me encendio el orgullo. Así que lo toque. Extendí mi mano y toque su pene. Este de inmediato se puso erecto. En realidad no se notaba, porque al final comprobé que era tan pequeño e insignificante que me pareció un chiste.

Quiero coger contigo, le dije al oído. Pero en lugar se sentírse alagado, se sintió atacado. No me acuerdo con chiquillas mocosas, dijo excuetamente. Pero su pene lo delataba. Así me metí mi mano entre su pantalón y fue ahí cuando comprobé que era una cosita, dura pero miniatura.

Te daré tu merecido, me dijo. Me dio un jalon de manos que aún me duelo, me llevo atrás del salón, donde hay una piscina, un árbol de mango grande y frontoso y los vestidores. Me metió en uno de ellos, estaba limpio en el área de vestir y me desnudo. Quiero ver qué tienes, antes de comer la fruta, dijo despectivamente.

Lo complací en todo. Me puse como el pidió, suplique que me envistiera y me quitará la maldita gana de coger con él. Hasta que estando recostada sobre la banca, con las piernas abiertas para que ingresará su pene, pude comprobar que en realidad era un micro pene.

Me di vuelta al no sentir nada y entonces apago la luz del baño, quizás para que no me diera cuenta del tamaño, pero poco importaba, el reflejo exterior iluminaba muy bien todo y entonces tome entre mis manos aquel pedazo de músculo y desaparecio entre mis frágiles y pequeñas manos.

Que fiasco, pensé. Qué paso con aquel hombre de carácter rudo, macho espectáculo, morboso y sucio como solo él. Se sintió indefenso y descubierto. Entonces me jalo con brusquedad y sin pedirlo me introduje su pene en mi boca. Pero de nuevo, fue una enorme desilusión.

Pensé que era mi dedo lo que chupaba. Lo introduje todo y aún así quedaba volando en mi boca. Pude hacer de todo, pero se sentía como que si un chupa lups tenía en la boca, era tan poca cosa que me desiluciono todo.

Y lo peor fue que en menos de dos o tres minutos escurria el semen. Se había venido. Si mucha imaginación. Sin destellos de nada. Eyaculo precozmente. Y ni yo quería más, ni el podía con más. Que pena me dio aquel hombre que vive de apariencias.

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