La rutina

Me gustaba llegar al billar. Me sentaba en la barra, tomaba coca cola y comía algo, y observaba a Ernesto jugar poker, a ver a los muchachos como se la pasaban de bien en lugar de ir a estudiar. Había varios horarios, pero el sitio siempre se mantenía con gente. Por las mañanas llegaban jóvenes de colegios. Por la tarde los amantes del billar realmente se daban cita a ese lugar. A media tarde comenzaban a llegar los jugadores de pokar, domino y otros juegos de azar. Por la noche, las mesas de billar estaban con pocos jugadores, había parejas que entraban a tomar, pero todo el movimiento se centraba en los juegos de azar. Había mucho dinero en juego.  Antes de las 4, yo subía por unas escaleras a un segundo nivel. Abría una puerta vieja y grande, me acomodaba en un colchón viejo y percudido, esperando que Ernesto llegará. A veces lo esperaba desnuda, otras veces en ropa interior, pero siempre con ganas de que llegará y me hiciera vibrar. Nunca faltaba, así fuera ganando. Lo hacíamos dos o tres veces. Después me vestía, bajaba y terminaba mi cocacola. Él se tomaba su tiempo, antes de bajar, pero siempre se despedía con un tímido guiño de ojos. Mi novio, desesperado, siempre me esperaba en la esquina de la decima y doce calle para llevarme a casa

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