La historia de Ramiro, tercera parte.

sdAna dejó de ser mi amiga, pero seguía llegando a casa a ver a Ramiro casi a diario. Y estaba muy metida en el negocio, consiguiendo nuevas clientas para él. Hizo que su hermana pequeña le presentará a sus amigas, todas ellas unas adolecentes que pronto se ganó, vendiendo muchos pares más. Así conoció a Mía. Está es su historia.

De pronto me invitó a salir. Contó entre lágrimas Mía a sus amigas.

El otro viernes tengo la tarde libre. Podemos ir al cine, si te gusta, le dijo frente al grupo de amigas que se probaban los zapatos en mi casa.

Sus amigas de inmediato asistían con la cabeza para que dijera que sí. Mía, se me hacía de rogar.

– Es qué no sé.

– Pero qué película vamos a ver, y a qué horas regresamos….

Son las típicas cosas que hacen los adolecentes de 17 años cuando un tipo de más de 30 te invita a salir.

Según Mía, al principio se porto como un caballero. Bastante aburrido. Salieron tres veces, los sábados que según su madre estaba en casa de una tía. Pero todo fue en plan bien, comer, ir al cine por la tarde y caminar por la sexta.

Eso rompió el miedo y la timidez de Mía. También le generó confianza en el tipo que acababa de conocer y a quién miraba como un hombre maduro, capaz de enamorar a una adolecente loca.

Después de tres meses Ramiro comenzó a llegar al colegio. Le llevaba rosas, regalos y poco a poco dejo ver sus intensiones. Su mejor amiga le dijo que viviera el momento, que no se preocupara por nada más.

Así fue como Mía se enrolló con Ramiro.

Un beso después del colegio fue suficiente para quedar prendida del vendedor de calzado.

Tú si sabes besar, fue su primera reacción.

Una vez advertido de la inexperiencia de Mía, Ramiro supo tejer todo su encanto para lograr despertar en ella toda su pasión.

Así lo cuenta ella:

– Cuando me toco por primera vez, sentí una dicha enorme. Sus manos se posaron sobre mi pecho y de inmediato este se puso firme, mis pezones se tulleron y una descarga de adrenalina invadió mi cuerpo. A partir de eso, nunca pude frenar aquella avalancha que me vino después.

Efectivamente, ese instinto depredador de Ramiro fue suficiente para Mía.

La primera vez que la llegó a un motel, despertó más su curiosidad. Le fue enseñando todos los secretos que esos cuartos de hotel guardan, de las experiencias de amantes desbordados.

Y durante meses, después del colegio, pasaron revista a todos los cuartos y probaron de todo. Las sillas romanas, el potro, la masturbación en el yacuzzi, los espejos y por sobre todo, la sumisión.

El me enseño a perder el miedo. A descubrir mi cuerpo y dejar fluir mis deseos. Con él, supe extender mis orgasmos, a sentir placer por el pene dentro de mi boca escurriendo semen y por sobre todo a tener seguridad de mis emociones, me confesó el otro día.

Claro que todo ello la llevo a perder por completo el control. Ella estudiaba el bachillerato y su cambio fue radical. Ramiro le regaló sus primeros zapatos de tacón alto para que los luciera en la oficina dónde hacia sus prácticas. A partir de ese hecho su cambio fue radical. Dejo de ser la adolecente de uniforme, sin pintura y con cara de niña buena y paso a ser una chica sexy, atrevida y muy provocativa.

Yo ingresaba al bachillerato, cuando lo conocí. Me regalo mis primeros zapatos de tacón para mis prácticas al año siguiente. Después me compraba ropa sexy, tangas, medias y un sinfín de cosas que usaba para él. Pero debo confesar que tenía un gusto o una debilidad por verme con mi uniforme de colegiala, la falda a cuadros, la blusa blanca y las medias blancas hasta arriba, todo con mis zapatillas negras. Eso lo excitaba muchísimo. Así fue como aprendí a complacer todos sus caprichos.

Después de mi graduación comenzamos a salir con mayor frecuencia. Ahí supe que era casado, y también que tenía una amante. Además siempre sospeche que se acostaba con Ana, la amiga de mi hermana, quién me presentó a Ramiro. Pero nada de eso me importo.

Yo siempre estuve dispuesta para él. Hasta que comenzó a pedirme cosas en las que no estaba de acuerdo. Algunas las hice, por el temor de perderlo. Otras dije que no.

Siempre lo complací, por qué me gustaba lo que hacíamos.

Hasta ese día que me pidió que le hiciera sexo oral a su amigo. Me cito a su casa y me pidió que llevara mi uniforme. Hacía tiempo que lo había dejado de usar, así que metí mis calcetas y la falda en mi bolsa y me fui a verlo. Cuando entre a la sala, estaba un amigo suyo, viejo gordo con expresión de malo. Me presentó y este me tomo la mano y la beso.

Después me pidió que me pusiera la falda del colegio y las medias. Pero hazlo aquí, me dijo, mientras el amigo se sentaba en el sillón, te quieren observar. Al principio no comprendía mucho, pues había decenas de zapatos tirados en la sala. Una vez con la falda y las medias puestas, el tipo me pidió que me pusiera unos zapatos negros, con tacón de punta que me extendía. Para luego sacar su pene y juguetearlo frente a mí.

Ahora debe chupar ese pene, dijo Ramiro cuando te lo pida.

Eso me disgusto mucho y me fui, molesta y frustrada por las cosas que me pedía.
En fin, lo deje.

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