La compañía perfecta para estar bien.

dfgrLa noche era tranquila. Alrededor de las doce nos despedimos con Otto.  

Legué a casa y entre despacio para no despertar a nadie. Pero mi marido estaba en la cocina con un vaso de limonada, las luces apagadas y la refri abierta. Era una escena de película.

¿Qué haces aquí?. Pregunté.

No podía dormir. Y tú, porqué vienes tan tarde.

No es tarde respondí, pero si, pase a la presentación del libro que te comenté, y me quede platicando con los amigos.

Vamos a dormir.   

Subimos a la habitación y me desnudé rápidamente. Tire los zapatos al closet, me quite el vestido y luego el brasiere. Me puse una playera larga y me eche sobre la cama.

Mi marido daba vueltas y vueltas, tratando de encontrar una postura que le permitiera dormir, pero era inútil.

Qué te pasa.

No sé. Estoy inquieto.

Si eso veo, pero que te inquieta.

Un silencio me hizo ruido.  

Me acerqué y lo acaricie. Sentí su cuerpo. Algo que no hacía desde hacia mucho tiempo. Me di cuenta lo distante de nuestra relación. Intente besarlo, pero nada me encendía.

Me acorde, cuando éramos novios, cómo le gustaba que le hicieran sexo oral. Quise retomar esa práctica, pero el cansancio por fin lo había vencido. Yo sentí un alivio y caí dormida placidamente.

Antes del amanecer me despertó un gemido ahogado en llanto que se repetía copiosamente.

¿Qué te pasa? Alcance a decir, antes de encender la luz del cuarto.

Se que tienes otro, me dijo. Lo sé, pero no te quiero perder.

Me dio tanta ternura, que lo consolé diciendo que no era así. Hasta que por fin, se volvió a dormir. 

Eso fue hace tres meses y me recordé del incidente hoy. Son las 6 de la mañana y estoy regresando a casa. Sin excusas, más que solo la satisfacción de estar bien.

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