La casa encantada

Me llevo a una casa alejada de la ciudad. El camino se hacia cada vez más angosto y antes de llegar se convertia en piedra y arena blanca, que como cosa curiosa, no generaba polvadera.

Antes de entrar a la última curva se divisaba unas paredes blancas, unos pinos y una pradera verde intenso. No niego que estaba nerviosa y al mismo tiempo ansiosa. No sabía a donde iba, pero si a qué.

Al llegar una puerta automática nos dio paso y entonces pude divisar la enorme casa, con mármol blanco y negro, con paredes interminables blancas y un sobrio decorado, todo blanco y negro.

En la sala había un largo sillon café, dos  sillones blancos pequeños los franqueaba y una enorme losa de mármol negro. Una enorme ventaja sin cortinas, dejaba ver un lindo jardín, con una mesa lleno de adornos y recuerdos.

La cocina tenía el techo alto a dos aguas y seis o siete ventanales que dejaban iluminado todo el sitio. En el centro una mesa, con 6 sillas y al fondo toda la cocina. Era tan amplia que al verla pensé que era cocina comedor, pero no, detrás de una puerta estaba el comedor.

En esa casa todo era enorme. De la parde opuesta de la sala colgaba una pintura en blanco y negro, algo abstracto, sin sentido para mi poca visión del arte. Pero le daba un toque especial aquel ambiente.

Detrás de la chimenea había un pasillo y al fondo se podía salir al patio y a una piscina, azul con retoques de mármol blanco y negro y unos sillones de cuerina negros que invitaba a tumbarse a tomar el sol.

Me llevo de la mano por todo ese laberinto de cuartos y ambientes finamente decorados hasta llegar a un espacio que utilizaba como oficina. Al centro una mesa, también de mármol, con una pequeña computadora portátil y unos estantes de libros ordenados por tamaño y color que encuadraban aquella habitación a la perfección.

Me impresionó un cuadro colgado al frente, que reflejaba al dueño de aquella mansión y sus gustos por las chicas jóvenes. No sé si era pintura o fotografía, pero era algo muy bien logrado. Una chica, quizás de 16 o 17 años, muy guapa, rubia, empinándose una botella de champane, dejando que el liquido de la botella escurriera por su cuerpo en ropa interior.

Era una metáfora, especial para la ocasión, de lo que haríamos en unos instantes. Quizás me quiere así, pensé de inmediato y me entro la angustia, por no tener la ropa interior tan bonita y cara como la de la foto, o quizás, porque mi cuerpo es más delgado y no traigo los zapatos de tacon punta, que ella lleva.

Mil cosas asomaron de inmediato por mi mente, pues ese día no quería otra cosa más que complacerlo. Eso me había propuesto, eso quería hacer, eso hice.

Pero también sucedió lo contrario. El me complacio en todo sentido. Me activo cada uno de los sentidos, hasta dejarme desnuda suplicando que parara de tanto placer otorgado.

Después de tantas cosas vividas en aquella enorme casa de campo, de las sensaciones experimentadas y de las pasiones vividas, solo pude suspirar y agradecer por tanto

Aquel hombre que me doblaba la edad y la pasión solo se sonrio. Me dio un beso tierno, de esos que dan los padres antes de acostar a los hijos y me dijo que tenía que vestirme.

Y la mejor postal que me lleve esa tarde noche de aquella casa encantada fue ver mi cuerpo reflejado en un enorme espejo circular que colgaba en la sala de estar que dejaba ver mi figura tirada en postura erótica sobre aquel interminable sillón café de la sala, con mis piernas abierta y mi vagina satisfecha de aquel vendabal de ternura y erotismo vivido.

Es una casa encantada. O por lo menos lo fue, en los momentos que la habite, pues ahí, habitaron en mi esos espíritus del placer más sublime que jamás un hombre me ha provocado.

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