Jugadora experimentada

Deje de jugar el vóley bol cuando me lesione un tobillo. Pasé de promesa juvenil de la selección nacional a espectadora de baloncesto y fanática de un chico de Puerto Barrios que jugaba en la liga metropolitana. Siempre que jugaba lo iba a ver. Él estudiaba ingeniería y tenía una beca deportiva, que le permitía vivir en un apartamento de la zona 2. Hasta ahí llegaba por las tardes para compartir en su casa. Me gustaba mucho. Siempre andaba sin camisa, con sus calzoncillos largos que parecían pantalonetas, en ginas, sin importar si había frio o no. Así no extraño tanto mi casa, me dijo una vez. No salía mucho, le gustaba caminar por la sexta, comer tapado, platicar con las negras que trenzan el pelo y regresar a su casa, para ver la tv. A veces lo acompañaba y me tomaba la mano. Éramos el sol y la luna. Yo blanca, el negro. Ambos de la misma estatura. Nos llevábamos bien. Nos complementábamos. Era un tipo especial, nuestros encuentros eróticos comenzaban cuando el se ponía a mi lado, en la cama, llevaba sus piernas al pecho y lo flojo del calzoncillo que usaba, dejaba ver sus testículos y su pene flácido. Entonces me entraba un morbo increíble y comenzaba a tocárselo hasta que se ponía erecto. Era alucinante ver un pene de esa magnitud. Un pene negro, además. Pero todo su cuerpo era una aventura extraordinaria. Desde sus pies, hasta su boca. Disfrutaba cada centímetro de su humanidad. Pero su pene era especial. Y me gustaba de todas las formas. Cuando estaba en su casa, para verano, me acostumbre andar semi desnuda. Solo en calzón. Me tiraba en su cama y lo observaba hacer el almuerzo. Después llegaba y me ofrecía la comida ahí mismo. Lo que más me gustaba era el postre. Siempre compraba pastelitos de chocolate para toda la semana y había uno para después del almuerzo y después de la cena. A veces, me untaba chocolate en el cuerpo y me chupaba entera. Era maravilloso, sentir sus labios gruesos recorrer todo mi cuerpo y detenerse en mi vagina, logrando que tuvieras varios orgasmos al calor de su lengua. Es una persona maravillosa. Era incansable. Me cogía mañana, tarde y noche. Y lo disfrutaba tanto, que le propuse matrimonio. Se lo dije así, de forma directa y sin recovecos. Sabes, quiero vivir contigo. Creo que me mudaré aquí, le dije. Por su expresión, de inmediato deduje que no le parecía la idea, así que agregué, bueno siempre y cuanto quieras ser mi esposo. El soltó una carcajada sonora y me dijo que no. Cómo crees, me dijo, yo casado y contigo, una blanquita loquita, se muere mi madre, agrego con cortesía. Acaso no estas enamorado de mí, le pregunte. Claro loca, lo estoy, pero casarnos es otro rollo, dijo. Además, tu familia no me quiere. Qué tiene que ver mi familia aquí, le dije, si la que estaré contigo el resto de mis días soy yo. Si, pero igual, me contesto. Unos días más tardes, mi padre con uno de mis hermanos, llegaron a su casa y lo amenazaron para que me “dejara en paz”. Nunca más supe de él. Solo me dejo una nota y las llaves del apartamento, para que se las entregará al dueño. Mi padre racista, hijo de puta, me quito al hombre que mas ame en esta vida. Pero mi novio cobarde, encontró la mejor excusa para abandonar la idea de casarse conmigo. En fin, nos perdimos en la jugada.

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