Ingenua, pero no tonta

En esa época me emocionaba salir con un chavo mayor. Ernesto me atraía bastante. Y su invitación me provocaba muchas sensaciones. Deje todo y me enfunde con un pants negro y me fui sin avisar aún con el pelo mojado.

En la entrada un policía me pregunto la dirección. Le di las indicaciones y luego me pidió el DPI para el registro. Le dije que no tenía, que era menor de edad. Entonces dijo que no podía ingresar, que eran órdenes. Y no había pero que valiera. Enojada hable con Ernesto y le conté la situación y así me dejaron pasar.

Caminé dos cuadras más sintiéndome una tonta. Me daba cólera ser menor de edad y sin identificación. Hasta que llegué a la casa de Ernesto.

Su casa era limpia, amplia, con un jardín enorme, de esos que ya no se ven en los nuevos condominios. Toqué el timbre y salió con una playera blanca, en sandalias y una pantaloneta de los Knicks de Nueva York. Me fije mucho en su pies, estaban mejor cuidadod que los míos, y su look juvenil me encantaba.

Al entrar me presento a su madre. Se me acercó y me dio un beso muy efusivo que no supe responder. Ella es una mujer relativamente joven, que en ese momento olía a canela y miel, porque según me contó estaba saliendo de una gripe fuerte.

Nos dejó un rato en ese jardín para llegar de nuevo y pedirle a Ernesto que fuera a la tienda, a traer un doble litro de coca cola para la cena. Al poco tiempo llegaron sus hermanas y el jardín se lleno de mucha gente. Yo estaba como pollito comprado.

Ernesto sin embargo era muy gracioso y me integraba en todo. Contaba algunos chistes y no tenía problema con el tono de los mismos, era muy desvergonzado y eso me fascinaba.

Su madre me preguntaba muchas cosas. Y al mismo tiempo me contaba que había estudiado en el Americano. En fin, todo se había convertido en una reunión familiar y nada de Neflix estaba a la vista.

Entonces regreso Ernesto de la tienda y llevaba una caja de regalo y me la dio. — ¿Y esto? —le pregunté. Es para ti, dijo. Sin saber que era, le di un abrazo. Me gustó mucho ese detalle. Además de gustarme, podía ser un novio perfecto.

Y cuando vemos la peli, le pregunte. Será otro día, dijo, mi hermana tiene la tele con sus amigas, y hoy no será. Pero podemos ir atrás, dijo él hay un cuarto y podemos jugar algo ahí. Un cuarto dije incrédula. —Vamos un ratito nomás, agrego.

Me tomó de la cintura. Caminamos por el jardín hacia un cuartito en el otro extremo de la casa, al lado de un árbol. Me sudaban las manos y me las pasé por el pans.

El entro y se bajó la pantaloneta de inmediato. Un momentito, dije.

—Acá nadie nos va a ver —dijo él —. Que no van ver qué cosa, conteste incrédula. En ese momento sentí una punzada en mi pecho y comprobé sus intenciones.

Nunca más volví a  esa casa.

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