Fiesta de adolecentes

Hace dos meses tuve una aventura algo rara. Todo comenzó de casualidad, en una cena de trabajo, ahí conocí a Jorge, un chico guapo, metro sexual, que da servicios de informática en la compañía.

Luego de esa cena coincidimos de pura casualidad en un bar de la zona 1, yo iba con una amiga, y el estaba con  un grupo grande de amigos que nos invitaron a acompañarlos. Al principio no le reconocí, y poco me acordaba de haberlo visto anteriormente en algún lugar. Soy tan despistada que ni de los rostros lindos me doy por enterada.

Entre cubetazos de cerveza y ron y luego de cantar a toda voz, terminamos en una gasolinera besándonos. Era el segundo encuentro y nos animo el hecho de andar borrachos ambos. En realidad no fue nada especial, el chico no me despertó más que curiosidad.

Nos invitaron a continuar la fiesta en casa de Jorge, pero mi amiga decidió que el encanto se terminaba ahí. Otro día llegamos, le dije al chico y le di mi número de celular. Su carita de niño bueno, apuesto y bien dotado no puede pasar desapercibida.

El viernes siguiente me llamo para invitarme a una fiesta. Será en mi casa, me dijo. Tienes con que apuntar la dirección, quiero que vengan, tu y tu amiga, te prometo que la pasaremos súper. Convencí a mi amiga para ir. En realidad no quería ir sola, pero tampoco me importaba mucho. Y como dice el dicho, la curiosidad mato a esta gatita.

Llegue temprano y entre de inmediato, porque no me gusta quedarme en el carro a la espera que alguien llegue. Mi amiga me llamó diciendo que al final no podía llegar. En ese momento me pregunte ¿qué hago aquí?

No sabía que hacer. Jorge me coqueteaba sin mucho sentido y un poco con vergüenza. Al inicio tampoco me sentía cómoda, porque el ambiente era más bien de una fiesta de 15 años con aires de depravación juvenil. Les confieso que el ambiente era algo bizarro pero tenía el toque de inocencia carateristico de estas fiestas. Luego poco me importo y dispuse hacerme al ambiente.

Le pedí un cigarro al chico que tenia al lado y le dije que me sirviera un trago fuerte. Muy atento me llevó una copa llena de algún licor desconocido por mi. Eso fue el detonante.

Me hicieron rueda para bailar y cada quién me tomaba entre sus brazos, no tanto por el ritmo de la música, sino por hacer sentir sus presencias. Y eso no me disgustaba, al contrario me animaba más.

La fiesta se fue animando a eso de las doce. Había más gente y cada quién hacia y decía lo que se le daba en gana.

Yo era la novedad de la fiesta. Bailaba como loca desenfrenada. Me divertida sin ningún empacho y claro, estaba enchufada por el alcohol que bebia sin medida.

Los chicos y las chicas murmuraban que yo estaba ahí, en busca de alguién con quién acostarme. Y entre mi estado etílico y mi ansiedad, me desenvolvía adecuadamente sin ocultar que eso era precisamente lo que buscaba.

Me reía con todos, aceptaba lo que me proponían y bailaba con quién fuera. Y cada quién, antes que llegará Jorge a rescatarme, me decía las cosas que me iba hacer. Yo solo reía y les decía ójala que sea así.

Pero lo malo fue que entre los besos y las cervezas que todos me ofrecían, la noche se fue y el amanecer implicaba el fin de la fiesta. Me divertí mucho entre el baile y los seductores gestos de todos los morbosos adolescentes que me intentaron desnudar esa noche.

Ese día no me acosté con Jorge. El chico al final resulto siendo más tímido que un pato y  ni Jorge ni otro quisieron llevarme a la cama. Eso pasa generalmente en las fiestas de adolecentes. Mucho pantalla, para tan poco que se muestra.

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