Ficción

Al cumplir los 22 me desconecte de la rutina y tome mi mochila y partí a otro mundo. Comencé recorriendo el caribe, la cultura garífuna, su forma de vida y todo eso. Ahí conocí a un tipo con quién me embarqué en una aventura de sexo, pasión y peligro. El sexo fue lo primero que surgió. Quizás por ambos nos atrajimos. Y eso nos unió más, pues el deseo desde el primer momento fue tan fuerte que era obvio que no podíamos ser un acostón de una noche y fingir que esos órganos que me provocaba era producto de esa atmosfera que se creada después de tomar gifitin y fumar mota. Así que continuamos el viaje juntos. Lo que nos ahorro dinero, y nos convirtió en deseo. Tomamos con rumbo a puerto Omoa, en Honduras a través de una embarcación que hacia agua por todos lados y después de un jeep destartalado. Llegamos en pleno invierno y nos refugiamos en un hotel de paso. Desprovistos de todo equipaje, nos sumergimos al mar, desnudos para que los poderosos del pueblo se dieran cuenta de aquella pareja que quería convertir su paraíso en un lugar de pecado. Así que a los pocos días salimos huyendo más al norte hasta llegar a las islas más civilizadas. En medio de la ternura que me despertaba aquel acompañante fortuito, una noche me prostituyo por una botella de ron, una habitación de hotel y dos bolsas de coca. No quise portarme mal, ni ser la mala de la película, pero era un gringo guapetón, a quién sin nada de por medio lo hubiera seducido por mi cuenta. Pero si me resultó chocante que fuera él, mi compañero de viaje quién me ofreciera. Pero esa noche encontré al propio diablo, pues lo pervertido iba incluido. Una semana fue suficiente, para entender que no todo era bueno con ese trio depravado que me tocaba soportar. Así que una madrugada, respuesta de una orgía, tome mis cosas y me marche, dejando atrás la depravación hecha realidad. Y me encontré en el camino a unos traficantes de drogas, que en ese momento vieron en mí, otra conquista más para su harem. Deambule de casa en casa, como novia coqueta del señor que quería ser el jefe de un cartel que aún no se formaba, pero que ya tenía su historia y reputación. Me mostraban en el pueblo como la nueva conquista del jefe. Pronto tendría pechos mas voluminosos, caderas más anchas y boca más golosa. Mi cuerpo fino y delgado no era para tanto. El sexo tampoco, a pesar de todo el poder del mundo, el jefe no podía conmigo. Antes de enviciarme en mi nueva vida, salí al pueblo, dejé la finca, los halagos y atenciones de sus lugartenientes y el lujo de la vida peligrosa, para tomar un bus de regreso a casa. No si antes coger con uno de los hijos del señor.

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