El amor como historia de fondo

ParejasNos conocimos en una conferencia sobre economía. Alberto me cautivo por su presentación. Ese día vestía un combinado, pero casual, saco azul con un pantalón caqui sin corbata, eso le daba un look más interesante, algo despistado, pero muy inteligente. En esa época la juventud se le notaba por todos lados.

El chico es muy apuesto, comentó mi hermana. Se nota que te gusta. Al final me presente y conversamos un rato, intercambiamos tarjetas de presentación para seguir en contacto.

Pasaron algunos meses sin saber nada de él, hasta que lo encontré de nuevo en la Universidad. Estaba buscando unas investigaciones y me invitó a tomar café ahí en el campus. Ahí nació un interés genuino de su parte por conocerme, pensé. La platica pasaba de temas académicos a temas personales.

Pero siendo yo mucho mayor que él, nunca me paso por la mente que se interesará por mi. Pero lo cierto es que ese fin de semana me llamó varias veces y terminó invitándome a salir. Me extraño bastante, pero acepte. Cuando le conté a mi hermana, ella extrañada se burlo. Seguro que quiere algún favor.

Lo ocierto que esa noche, después de tomar unos tragos y platicar largo rato sobre diversos temas, mi fascinación por él aumento. Lamentablemente no paso nada. De regreso a casa le di un beso. Fue un impulso y me nació hacerlo. Se sorprendío y no reaccionó lo cual me provoco confusión. Yo me sentí bien, pero no pude dormir pensando si había sido lo correcto o  no.
Ingenuamente pensé que me contactaría, pero ni llamó, ni escribió. Pasaron los meses y el mentado Alberto así como llego se esfumó de mi vida, hasta ese día, que coincidimos en una presentación del libro sobre Guatemala. Cuando me vio se sorprendió, pero lo peor fue que se hizo el loco.

Luego me dio unas excusas tontas. Cosa que me molestó mucho. Qué se cree ese estúpido, que uno lo va estar rogando, le dije a mi amiga.

Pero me seguían cautivando dos cosas de él: su barba de varios días y las cosas que hablaba. Decía poco, pero sus palabras eran tan profundas e interesantes qe siempre ponía atención a todo. Me gustaba, era obvio.

En fin, ahí deje las cosas. Hasta que uno de esos días de calor y sofoco, recibí un correo suyo. Me alegro leer su nota, pero ya era tarde. Yo soy muy vengativa así que acepte la invitación que me hacía y lo cite en la noche en un bar de la zona 1, por supuesto nunca llegue. Y al cabo de dos semanas lo volví hacer. Nunca llegué a sus citas, por el solo hecho de divertirme a sus espaldas y vengarme me hacía feliz.

Al cabo de los días me reclamo por qué lo dejaba plantado tantas veces. Me hice la interesante y lo ignore por completo. Luego, por medio de mi amiga, me hizo llegar algunos mensajes, que también ignoré. Cuando uno quiere, la otra persona lo ignora. Ahora que yo no quiero, es necio e insistente.
Yo estaba saliendo con un compañero de trabajo. Así que tampoco me interesaba algo más en mi vida.

Pero hay cosas que suceden sin que uno se lo proponga. En una fiesta de despedida, él llego. Resultó siendo familiar de la amiga que se marchaba al extranjero y al principio me sentí mal, pero la conversación con él y el entorno de fiesta suavizaron su presencia.

Después de dos o tres tragos le dije lo pura mierda que se había portado conmigo. El siempre supo que me atraía un chingo y hasta se dio el lujo de ignorarme. Pero su encanto daba para mucho más. Acepte sus disculpas, no su explicación.

Esa noche nos acostamos. Era ahora o nunca y mi rencor ya se había desvanecido. No fue una noche de sexo pasional, más bien fue una noche de sexo cualquiera. Sin brillo, con pocas sensaciones, pero aceptable. Era normal que me pasará eso, pues salía con un tipo que me lo hacía súper bien y como siempre pasa, las comparaciones eran obligadas.

Al terminar, antes de salir del motel, le conté que tenía una pareja con quién salía y tenía relaciones bastantes seguidas con esa persona. No sé cómo lo tomó, pero le advertía por si quería seguir saliendo conmigo, pues esas eran las condiciones y no pensaba dejar a nadie por él. Se lo dije, pensando que sería la primera y última vez. Tampoco me apetecía repetir.

Pero las cosas dieron un vuelco de 180 grados al poco tiempo. El siguió buscándome y yo aceptando salir. Poco a poco, nuestros encuentros tenían una dosis extra de pasión y sexo fuerte. Además estaba el entorno íntimo que mejoraba con cada salida. Era obvio que se esforzaba y eso me cautivaba. Por esos días tuve sexo casi todos los días del mes. Si no era con uno, era con el otro. Ambos lo sabían, por lo tanto era más fácil para mí acordar mis tiempos y mis ganas con uno y con otro de acuerdo a mis conveniencias.

Al final me di cuenta de dos cosas. La primera era que me gustaba mucho estar con Alberto, además el sexo con él había mejorado notablemente. Y la segunda era que con el otro tipo, no había clic más allá de la cama. Cuando todo terminaba, deseaba que se esfumara lo más pronto posible. No quería ni hablar con él. Su plática no tenía sentido, me sentía cómoda.

Todo se resolvió el día que Alberto se presentó en casa, ya de noche y me propuso matrimonio. En ese tiempo había terminado la otra relación, pero no se lo decía aún. Me sorprendió su determinación y sus motivos. Estaba enamorado de mí. Hablamos con una copa de vino y al final terminamos celebrando nuestro compromiso. Al otro día mi hermana nos encontró desnudos en el sofá de la sala. Fue la primera en enterarse y se sintió tan feliz por mí, que abrazo a Alberto sin importar que estuviera desnudo.

Nos casamos cinco meses después. Fue una ceremonia sencilla, por lo civil, más que todo con familiares y amigos. Fue chistoso que un mes antes de la boda me pidió que dejara de ver al otro tipo. No puedo que sigas con esa relación, me dijo. Me sentiría mal que mi esposa tuviera un amante. Me sonríe y se lo prometí. Nunca supo que hacía más de un año él era el único hombre en mi vida. Hoy tenemos cuatro hijos y pronto seremos abuelos.

 

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