Dudas

Esa noche fue sensacional. Nos quedamos tirados en aquella cama que no tenía un sosten, estaba en el suelo y aún así rechinaba tanto que los vecinos se quejaban constantemente. El cielo negro de la tarde habái dado paso al negro estrellado de una noche maravillosa y la ventana de aquel apartamento en el 5 nivel estaban sin cortinas así que la noches nos iluminaba el rostro y las ganas.

Pero todo cambio de repente. Javier, aquel tipo que había conocido en un bar de mala muerte, enfundado en su bufanda de Palestina y fumando sin parar aquellos porros que lo ponían romántico de vez en cuando, le entro la perseguidora, como decían mis amigas.

Qué dudas tienes de mi, dijo secamente. Pensé dos segundos la respuesta, no por que no la supiera, más bien por qué no intuiá su pregunta.

Ninguna nene, le dije, mientras lo besaba esperando que reaccionará y volviera a cogerme.

Que bueno dijo. El problema es que yo si tengo un chingo de dudas de ti, dijo bruscamente.

Qué dudas tienes, bebe, pregunte intrigada.

No se si valga la pena decirlo. No es fácil, replicó. Intenta, pregunte ahora más intrigada que antes.

Su rosto sin embargo lo delataba, estaba harto de mi, de nuestra relación y quería marcharse pero no se animaba a decirlo. Lo entendí todo cuando comenzó a filosofar y decir cada cosa que no me quedaba duda. Su espacio, su vida, sus ilusiones, sus metas, todo era una cuestión de el ser y el estar. O estas conmigo, dijo, o me dejas ser.

No te preocupes, conteste condecendientemente, mientras tomaba mi teléfono para llamar al uber. Deja, ponme atención, recalmo. Le lance un salvavidas y me reprime, pensé.

Debo irme, dije, Me vesti apresuramente, entonces me dijo que no me podía ir, eran más de media noche. Y qué, dije molesta cuando  búscame mis zapatos en medio de aquel alboroto.

Su rostro estaba desecho, sabía que todo estaba concluido y su mirada estaba a punto de fulminarse en llanto. Sus heridas, sus deseos y sus emociones se juntaron y lejos de darme compasión me dio lastima.

Ven, baja conmigo, le dije. No quiero estar sola esperando el uber. Vete a la mierda dijo con tanta fuerza que me dio pánico.

Bajo contrariada y justo cuando abro la puerta de aquel viejo edificio el taxi me espera, el llega corriendo a pedirme disculpas, ya es tarde, le digo y se monta al carro conmigo. Durante el trayecto no dice nada, solo me toma la mano. Me acabas de decepcionar, le digo.

Me pide perdón, bajamos entra a mi casa y me coge desesperadamente, lo sé, me quiere y no lo puede digerir bien. Asé que me entrego a esa pasión que me genera y entiendo que será la última vez que este con él. Así que le doy la mejor despedida posible.

En la mañana, le pido que se marche, que hemos terminado. El llanto se hizo presente de nuevo, pero ya era de más.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *