Del odio a la ternura hay un paso

Ese día estaba en la sala de juntas. Tenía más de dos horas ahí, observando su celular, enviando mensajes y hojeando la prensa. Note su desesperación, su incomodidad. Reconozco que me intrigaba su presencia, así que entre y le pregunte si necesitaba algo. Levanto su mirada y de reojo me dijo “estoy bien así”, sin un gracias ni nada por el estilo. Me sentí ofendida, me pareció un tipo antipático y mal educado. Me di la vuelta y regrese a mi oficina.

Ese episodio se borro de mi mente hasta ese día, dos semanas después, que lo encuentro sentado en la recepción, esperando a Javier, el encargado regional de la empresa. Cuando entre a la oficina me sorprendió verlo de nuevo ahí, entonces dije buenos días, y me quede con la secretaria a chismear. Él ni se inmuto con mi saludo. Siguió ensimismado con sus mensajes de celular.

Casi era las 10 de la mañana cuando Javier nos envió un mensaje para una reunión en la sala de juntas de inmediato. El tipo seguía en la recepción y su presencia me intrigó bastante, pero apurada con la presencia de Javier deje ese asunto en paz.
Javier entró apurado, dijo algunas palabras, pregunto sobre los resultados obtenidos en la última campaña y cuando todos nos habíamos relajados pensando en una reunión de rutina más, se paró y le pidió a Esther, la secretaria de recepción, que llamará al señor.

Bueno, les quiero presentar a Alberto Borjes, será el nuevo director del departamento dijo sin más preámbulo. Todos nos quedamos viendo. No puede ser, dije entre mi. Yo tengo más experiencia en el puesto y me lo han ofrecido muchas veces y ahora traen a este qué nadie sabe de dónde salió.

Quiero que todos colaboren, dijo antes de retirarse.

Durante los siguientes dos meses la relación entre nosotros fue tensa. Su idea del departamento era errada, y yo hacía que cometiera toda clase de errores. Quería deshacerme de él de inmediato, que fracasará. Lo odiaba. Por su parte, seguía con su actitud altanera, era un cretino con todos.

Un día, sin más preámbulo me dijo que me mira bien con el vestido negro que llevaba. Me sonroje y me enojo al mismo tiempo. En frente de todos le advertí que dejará de acosarme, pues lo denunciaría. En realidad no me acosaba, el comentario era lo de menos.

A finales de año, salimos el grupo de la oficina a celebrar. Nadia lo invitaba, pero siempre hacíamos público que nos íbamos de fiesta. El poco se sentía mal, pero nunca logro que alguien de la oficina lo invitará.

Esa noche, para mi mala suerte, me avisaron que un primo había fallecido. Me fui de inmediato a la funeraria y mi sorpresa fue encontrarlo ahí, esperándome para darme el pésame. Tú qué haces aquí, le dije. Vi el mensaje, y estaba aquí, saliendo de Majadas. Vengo a darte el pésame. Me acompaño a casa.

Una tarde, en la fotocopiadora, llegó y me dijo que estaba muy atractiva. Me sonrojé por sus palabras, pero ya no me provoco enojo. Me miró, sonrió y me dio un beso suave en la boca. Así de atrevido, sin mediar palabra. Me sorprendí muchísimo. Al llegar a la planta baja, me despedí con la mano al aire.

Nunca me habían interesado los hombres más grandes que yo, muchos menos casados, con hijos y menos cuando era mi jefe. Más bien me recordé el año y medio que lo había llegado a odiar por haber sido tan desagradable.

Pero por otra parte, su beso había despertado ese gusanito que todas llevamos dentro y que de pronto, al menor gesto se activa sin darnos cuenta y entonces poco me importó lo recta que había sido hasta entonces con aquello de enredarme con hombres con pareja y lo cuadrada que resultaba mi bloqueo por establecer relaciones dentro del trabajo.

A partir de entonces, me mandaba mensajes, me regalaba dulces y me preguntaba cómo iba con mis labores. Todo muy discreto y con recelo. La mayoría de mis compañeros sabían que lo aborrecía, así que no había forma de que sospecharan ningún tipo de coqueteo entre nosotros.

De pronto le subió el tono. “Necesitas un masaje, debes tranquilizarte. ¿Te gustaría que nos conociéramos mejor?”, preguntó en una ocasión.

No tenía nada mejor que hacer, así que le dije que sí.

Me citó un sábado a las 8 de la mañana en Tikal Futura. Me extrañe del lugar seleccionado, pensé que quizás tenía cupones para masajes en el spa del comercial. Llego puntual con un carro lujoso, polarizado y con su sonrisa blanca, algo que hasta ese entonces no había notado.

Llevaba camisa y pantalón de vestir, lentes y un reloj ostentoso. Como quién va a la oficina un fin de semana para una reunión importante. Yo en cambio iba relajada. En fachas diría mi madre.

Ven, dijo, invitándome a entrar en el carro. De inmediato dejamos el comercial con rumbo a la Antigua. Luego ingreso por un camino de terracería hasta llegar a una cabaña, un spa de esos nuevos que surgen de la nada y se convierten en lugares atractivos. El sitio era elegante y olía muy bien. Nos dieron un cuarto con una cama enorme y suave.
Me sentó en la cama y comenzó a acariciarme las piernas, los senos, el pelo. Me dijo que me relajara. Me quitó la playera poco a poco. Esa calma y paciencia me excitó muchísimo. Sus besos eran húmedos.

Me recostó y bajó suavemente mi pantalón. Me costaba respirar. Estaba realmente nerviosa. En ese entonces no acostumbraba depilarme ahí, sólo recortar un poco el vello. No dejaba de pensar en la sorpresa que estaba por llevarse.

Cuando me vio, sonrío. Me rozó ligeramente con el dedo índice, entre los labios y los muslos. Jugó con mi calzón, lo estiraba de arriba hacia abajo. La tela me raspaba deliciosamente. Sintió que estaba bastante húmeda.

De pronto metió su dedo con cuidado. Luego me lamió y mordió mi vientre. Poco a poco fue bajando, chupando cada parte, sintiendo como me erizaba cualquier roce. Para entonces yo estaba en trance, jadeando, lista para soportar una penetración.

Pero en cambio se limito a lamer mi vagina. Primero los labios, después la parte superior y dejo para de último mi clítoris. Chupo cada parte, después con la punta de su lengua me rozaba. Con paciencia pasaba sus dedos por todas partes y su lengua se posaba justo en mi clítoris. Vaya que me preparo de tal manera que explote en un instante.

Entonces mis géminos le dieron un nuevo brillo a sus ojos y a sus ganas. Con sus manos me estrujo mi trasero. Mis piernas fueron a dar en sus hombros y no dejaba de mirar y chupar como un descocido. Le pedí que parara porque estaba a punto de venirme por segunda vez.

Vente las veces que quiera me respondía, mientras mis fluidos se confundían con su baba. Estaba empapada y jadeante. Gritaba de placer, mientras me comía literalmente mi vagina. El cuerpo temblaba, todo era tan rico, que un par de mordidas me frenaban justo cuando estaba por venir.

Cuando menos lo esperaba, estalle y orine en su boca, en las sábanas blancas, en toda la cama. Las piernas me temblaban y mi respiración estaba descontrolada.
Es el mejor sexo oral que he tenido, le dije.

Nos quedamos acurrucados un buen rato, abrazados en ese lugarcito hermoso. Entonces llamó a la masajista y el sueño se apoderó de mi, mientras otras manos me frotaban el cuerpo aún con aroma de pecado.

Salimos por la tarde. Ese día nunca me penetro. Tampoco se vino.
Pero cada sábado regresaba justo a ese lugar. Cogíamos duro, con ganas, con cierta violencia. Pero con bastante placer.

“Me das juventud”, solía decirme.

De lunes a viernes la misma rutina, los mismos gestos, el mismo rencor, la misma distancia. Todo se desvanecía el sábado, cuando el placer daba paso a la ternura.

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