Convivio navideño

matrimonioEran las 9 con 38 minutos cuando por fin logramos entrar al parqueo de Tikal Futura. La fila de autos se mezclaba con motoristas y transeúntes urgidos de llegar a su destino.

Al entrar el salón estaba repleto. Cada quién nos acomodamos como pudimos, en distintas mesas y con compañeros que no conocíamos. Así comenzó algo que prometía y termino en humo.

-Pásame la botella, -me dijo.
Mi reacción de molestia fue con disimulo…..

Anita, mi amiga y compañera, estaba a mi lado y lo noto. Y ese, me dijo.

No lo conozco. Respondí.

Pero te mira insistentemente.

Sus ojos enormes lo delataban. En su rostro hay, además de morbosidad contenida, unos lindos tonos claros que destacan sus facciones.

¿Cómo te llamas? Me pregunto a boca jarro.

Pamela, le respondí.

Eso dio inicio a una plática bastante cordial. Me contó que trabajaba en el departamento de contabilidad, y por eso no tienen mucha relación con el resto de los trabajadores de la empresa, pues sus oficinas se encuentran en otro edificio.

-No fumo, pero se me antojó por el olor……, yo lo hago como si fuera un puro… no le doy el golpe… Además… está bien que no fume, pues estoy viejo, agregaba en una interminable monologo.

Luego agrego: no me hables de usted… por favor.

Bueno, respondí tímidamente.

Anita se fue a bailar y me había quedado solo que él. Un compañero de trabajo que habla hasta de más, no bailaba y con ganas de fumar.

-Y no está tan viejo… No estás… de inmediato corregí.
Y tú tan joven. Me dijo.
Yo también tengo ganas de fumar, le respondí. Vamos a conseguir.
-No espera…

Busco en el bolsillo de su saco y extrajo un paquete de “payasos” y salimos buscando un lugar para fumar.

-En mis tiempos, a tu edad uno era menor -dijo.
-¿Cuáles eran sus tiempos? Pregunte

Dice que eran igual que ahora, sexo, drogas y rock, pero con menos violencia, y exhala.
Entonces me pregunta si tengo novio.

-Mira, -le digo- yo no puedo contar nada sobre mí.

Andas de duelo… -dice e inhala.
Quizás, respondo.

Trato de cambiar de tema. Y le enseño mi lengua. Mira lo que tengo.
-No… yo quería pues mi madre me dijo que uno no debe agujerearse la lengua, pero para llevarle la contraria lo hice y me gusto.

¿Así y…?
¿Te gusta?
Si, tu boca.

No tonto, la argolla en mi lengua.
A ver, deja ver, dice.

Y entonces me dio un beso.
-Eres un milagro, -le digo-. Debes hacer milagros.
-Por qué lo dices, me pregunta.

Bueno tu beso me supo a tabaco, ron y coca cola y aún así me gusto mucho.
Esta noche me acompaña la fortuna. Respondió

¿Cómo puedo decir eso? Eres un milagro…insisti

Regresamos a la fiesta. Tomamos bastante.

Estoy borracho, me dice al oído.

Yo también, le respondo.

Sabes, presiento que esto de los milagros me acerca al fin… A un fin que pudiera desear… O no… Me le insinuó.

El sigue con que tengo una sonrisa bella……

Me animo. Paso mi mano entre sus piernas y toco… toco.

– Eres atrevida, me dice.
– Te molesta, pregunta.
– No, sigue.
Se me ocurre otra locura ya que ando en busca de los milagros… y lo toco directamente.
– Te estás excitando, -le digo.
– Creo que sí, me dice.

Brillan sus ojos. Se agita. No voy tan mal después de…, pero, algo, pero…..
Siempre hay un pero. Los concursos han empezado. Las rifas, los premios, los regalos. Todos regresan a la mesa.

Y todo, todo se congela, para de inmediato me dice antes de estallar.

Me gusta escucharlo exclamar y preguntar y repreguntar. Y volvemos al principio.

El hombre quiere certeza. ¿certeza? De qué, me pregunto.

Hasta que la hora del encanto termina. La fiesta expira.

Extraigo de mi bolsa el paquete de cigarrillos que me dejó y me lo fumo pensando en las cosas que podría haber hecho esa noche, pero el humo se extingue pronto.

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