Celos de mi madre

efrEran las doce menos cuarto cuando salimos de la Cien Puertas. La idea fue buscan un after para saciar nuestra gana de emborracharnos. Dos amigas se despidieron antes y solo quedamos Javier, el Quique y yo.

Después de vagar sin rumbo por espacio de media hora encontramos un sitio que empezaba a llenarse. Pedimos una botella de vodka y un plato de boquitas. Después un mesero nos dijo que debíamos salir antes de las dos. Eso nos desmoralizó.

En la ruta a casa, pasamos por una gasolinera a comer pollo y sopa instantánea. Luego dejamos a Javier y llegamos a mi casa casi a las 5, cuando el solo comienza a salir y la gente a buscar el bus para llegar a su trabajo.

Nos acostamos sobre la grama de mi casa, que estaba fría por el roció, esperando que se nos pasará la borrachera. Como a las seis y media mi madre salió a comprar el pan, nos vio y me hizo señas de desaprobación por el estado en que me encontraba. A partir de ahí surgió una conversación que me provoco la nausea.

Quique al verla se incorporo para saludar a mi madre, pero está paso rápido sin decir nada. No hacía falta, sus gestos fueron elocuentes. Entonces Quique dijo: “me quiero coger a tu madre”.

Al principio su broma me pareció ofensiva, de mal gusto, pero explicable por el estado etílico en que se encontraba. Pero el asunto siguió, y me dijo que no estaba bromeando.

Me desconcerté. Siempre juré que Quique quería conmigo. Y me había hecho a esa idea. En varias ocasiones nos habíamos besado, sin pasar a más, pero para mí era cuestión de tiempo. El siempre me insistía que no quería tener novia, y eso lo aceptaba, a mi me gustaba mucho y era mi mejor amigo.

Pero su insistencia esa mañana me enojo bastante. Así que le dije que se fuera, que me iba a entrar a dormir. Ya por la tarde, mi madre llego al cuarto y me reprimió por la noche anterior. En esa plática surgió lo del Quique y note nerviosa a mi madre.

Entonces no imaginaba que la cosa iba más allá del deseo de mi amigo. En realidad ellos ya tenían sexo desde hace varios meses. Mi madre me lo confesó de forma natural que me desconcertó de nuevo.

Ambos estaban enamorados. Más mi madre, o tal vez igual, a estar alturas ya no sabía muy bien que pasaba en la realidad. Eso afecto mi auto estima, al grado que enojarme con ambos. Pese a mi enojo, ellos siguen viéndose. Ahora se forma más regular y sin esconderse.

Algunas noches no he podido dormir por los gemidos de mi madre. Entonces salgo a emborracharme para sucumbir en los brazos de cualquier pendejo que encuentre. Cuando regreso, ebrio y desconsolada, ellos siguen cogiendo sin descanso. Que envidia me da.

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