Cambio de planes

6655No era cualquier noche de viernes. Pretendía ser algo especial, pero sucedió algo que la hizo más especial. Con un grupo de amigos y amigas fuimos a la discoteca de moda, en las afueras de la zona viva. En el local había un calor sofocante, pese al aire acondicionado del lugar. Adentro todos los ambientes estaban llenos.

Llegamos justo a las 9, Luis ya estaba ahí con otros amigos. Me interesaba él. Me gustaba tanto que había dejado atrás una relación. Ya le había comentado a los amigos en común que a partir de esa noche seríamos novios. Mis amigas lo sabían y habían dado su visto bueno. Ya estaba decidido y según sus amigos él también está más que dispuesto.

Al entrar me recibió muy cariñoso, me dio un beso en la mejilla pero de inmediato le puse mi boca, fue un piquito que me encendió mucho. Le tomé la mano de inmediato y le hice sentir que está dispuesta para él.

Se sorprendió por mi atrevimiento y quizás ese gesto cambio el rumbo de lo que pudo ser nuestra relación.
Vamos a bailar, le dije. Las luces eran intensas. La música estaba a tono. Al fondo, de forma intermitente veo unos labios femeninos que se besan apasionadamente, al otro lado un chico mete su mano entre el pantalón de su pareja mientras ella baila frenéticamente a su lado. Es temprano pero hay uno que se duerme literalmente en aquel ruidoso lugar, quizás por el efecto del licor o de alguna droga mal asimilada.

Advierto que hay dos chicas y un chico que me miran con lascivia, pero me hago la loca. Al otro lado, uno me ofrece un trago y en la barra el cantinero me mira de reojo. Todo por qué llegué provocativa, según dice el propio Luis. Y qué le digo, que les de envidia que sólo tú me puedes tener, le respondo para subir su ego.
El alboroto es mayor de lo que uno se puede imaginar. Las personas van de aquí para allá con prisa, buscando un espacio para quedarse o un lugar más intimo para saciarse. Las chicas sin hombre, corren a las salas más iluminadas para que las vean y las inviten a bailar. El sitio tiene muchos lugares esparcidos por toda la casa. Al fondo hay una barra que da a un jardín, que pronto se convierte en el lugar preferido de quienes están tomando. Al otro lado, un lugar más oscuro, con sillas dispuestas para la plática, el conecte y un poco de droga y sexo previo.

Mientras bailamos le tomo la mano a Luis que solo se sonríe. Me acerco un poco y lo beso, y no lo suelto. Lo vuelvo a besar, me le cuelgo de su cuello y meto literalmente mi lengua hasta fusionar esos labios carnosos que presume con mis ganas por él. Un gesto que lo dice todo. No es un beso apasionado, pero si muy sensual, directo para despertar en él esa sensación de deseo que yo ando cargando desde hace mucho tiempo. Sabe desde hace tiempo que estoy a su disposición, muy presta a cualquier capricho por él. Pero mi provocativo comportamiento le provoca serios dilemas y mucho corte. Se siente intimidado y observado por todo el mundo. Eso le disgusta.

Me jala para afuera. Me lleva a un rincón y me besa, pero sin pasión, como para complacerme. Yo lo resiento. Y a partir de ese momento se siente dueño de mí. Se apodera de todo a mí alrededor, de mis decisiones, de mis gustos y de lo que pueda hacer o dejar de hacer. Lo hace sin sutileza. Le sale lo posesivo y manipulador, aspecto que desconocía y que se muestran en tan poco tiempo, sólo por mi disposición para estar a su lado. Regresamos pronto, pues sus besos y caricias no dan para mucho más.
Nuestro grupo esta apiñado en una pequeña habitación en el segundo nivel, desde donde se puede observar casi todo el lugar. Un chico rubio, guapo y que a veces habla en ingles, pasa muchas veces a mi lado y me giña el ojo. Mis amigas se dan cuenta y me molestan. Luis también y se molesta conmigo. El DJ, nos envía saludos desde lo alto de una cabina, mientras varias chicas se suben a una barra y comienzan a bailar sugestivamente, desaforadas de tanta reverberación pasional. Luis impide que una persona me hable. Lo retira bruscamente. La noche aún es joven y mis ganas de bailar están a flor de piel. Pero ya es tarde para Luis, quién ha comenzado a beber como loco.

De pronto tengo el gringito a mi lado, me invita a bailar y me lleva una botella de cerveza. Aceptó contenta. Me parece un chico simpático, algo tonto, que le cuesta hablar el español, pero que tiene agallas para tratar. Pero le digo amablemente que no tomo cerveza, mientras Luis llega a mi lado, algo nervioso y molesto me jala para que deje de bailar con el gringito. Qué putas haces, me reclama de forma imponente. Me rio y me doy la vuelta, regreso con mis amigos, le digo.
El mesero nos lleva dos cubetazos de cerveza, una invitación del muchacho que se ha hecho amigo de mis amigas. Mientras Matilde baila bastante ebria. Todo está bien, hasta la pareja de muchachas que antes me miraban llegan a la mesa pues conocen a Esther. El grupo se hace más grande y de colada el gringito se suma.

Luis está furioso. Los celos lo están matando y comienza a proferir vulgaridades a todo el mundo. Un mesero llama a la seguridad del local para que nos calme. El Beto lo llama al orden y Esther me jala para tranquilizarme. Es un alboroto. Luis se puso agresivo y violento, así es cuando está ebrio, me confiesa Matilde, además es re-celoso, tene cuidado, me advierte. Pero no creo que haya sido el efecto del alcohol, sino el machismo que se gasta. Y en poco tiempo aquella ilusión se va desvaneciendo y cada gesto, cada palabra y cada arrogancia que sale de él, me provoca el rechazo más profundo.

El gringito observa asustando el asunto, platica con sus amigos y de pronto desaparecen. Asustados por la reacción de mi pareja, poco a poco la calma regresa a nuestra mesa. La música baja un poco el frenesí de antes, pero Luis sigue comportándose como un verdadero imbécil. Ya no lo soporto. Y se lo digo, lo dejo. No quiero ser novia de un imbécil, celoso, malnacido. Eso lo enfurece más. Y sus reclamos suben de tono. Me grita, puta, maldita, qué te crees. Me doy la vuelta, pero me regresa del pelo. ¡¡ mira hija de puta, a mi no me vas a dejar hablando solo ¡¡

Todos se dan cuenta. Forcejeó, pero me golpea fuerte en el pecho y me arrincona contra la esquina de forma amenazante. Los amigos interceden y logran frenar la agresión, no sin antes golpear a Ernesto. De nuevo llega la seguridad del bar. Y lo invitan a marcharse o lo sacarán a la fuerza. Luis está descontrolado, Matilde y Karla me llevan al baño mientras ellos discuten.

Decido irme. No puedo quedarme. Llamaré a don Manuel para que venga de inmediato a traerme. No se preocupen por mí. Yo me voy.

Salgo a la calle para esperar el taxi. Estoy nerviosa, por el tiempo que pasa y don Manuel no llega. Camino unos metros para ver si está en la esquina, pues veo que alguien me hace señas. Es el gringito de nuevo. Va con la pareja de muchachas que antes me miraban fijamente y el otro amigo. Qué pasa? Me preguntan. Quieres que te llevemos. En eso recibo un mensaje de Karla, es corto pero muy claro: “Luis va a buscarte”.

Lo leo nerviosa y no me lo pienso dos veces. Me subo de inmediato al carro.

Qué noche me dice el Bill en su mal español. Así es, respondo aliviada.

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